Ubu roi

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Chez Ubu

Obra: Ubu roi. Autor: Alfred Jarry. Dirección: Declan Donnellan. Escenografía: Nick Ormerod. Intérpretes: Christophe Grégoire, Camille Cayol, Xavier Boiffier, Vincent de Bouard, Cécile Leterme, Sylvain Levitte. Lugar y fecha: Théatre National de Bordeaux en Aquitaine (TNBA), Burdeos. 26-29/03/2013. Público: lleno (en la función del 28).

Salón comedor de una familia de clase media alta. Preparativos de una cena. Un adolescente juega con una cámara de vídeo para sacudirse el mortal aburrimiento de unos compromisos sociales que ni le van ni le vienen. Seguramente, preferiría estar leyendo manga o jugando al Call of Duty o al God of war. Sale de la sala y la cámara recorre la (supuesta) casa que oculta el decorado. Últimos retoques de los anfitriones antes de que lleguen los invitados. El joven entra en el cuarto de baño e introduce la cámara en el retrete. Zoom. La imagen nos grita ahora el mismo grito zafio y provocador con el que Alfred Jarry inicia Ubú rey, su obra más conocida e influyente: ¡Merdre!

Declan Donnellan (acompañado por su compadre Nick Ormerod) se ha puesto por segunda vez al frente de un elenco de actores franceses para revalidar el marchamo de internacionalidad de la compañía de la que es alma mater: Cheek by Jowl, uno de los mejores grupos de teatro del mundo. La obra de Jarry escogida para esta ocasión está, por forma y contenido, en la frontera entre lo clásico y la vanguardia: conjuras nobiliarias, luchas sangrientas por el poder, codicia, traición, avaricia… Ahí están los temas que darían aliento a cualquier personaje de Shakespeare. Y, sin embargo, en Jarry todo es exageración y caricatura. Una parodia gamberra de lo clásico cuando la carga de profundidad de ese teatro había sido desactivada por quienes decidían qué era cultura y qué no. A ellos, Ubú les suelta ese ¡Merdre!, el grito desvergonzado de un adolescente con ganas de bronca.

Jarry tenía quince años cuando escribió la primera versión de Ubú rey, inspirándose para el personaje, parece, en un profesor suyo. Donellan refleja en su versión ese hálito creador pubescente a través del muchacho mencionado más arriba. Como si fuera una reencarnación de Jarry, su imaginación transforma a sus convencionales padres en los grotescos Padre y Madre Ubú; y a sus formales amigos, en el rey Venceslas, la corte polaca y en toda la larga nómina de personajes que pueblan la geografía de la obra. El propio chaval se reserva para sí el papel del joven príncipe Bougrelas, el héroe (de haber alguno) de la historia. A una orden no pronunciada de su voluntad, los comensales son sustituidos por los personajes de Jarry, en una transformación que tiene algo de súbita posesión por parte de un espíritu que ya les habitaba, un doppelgänger interior como Hyde lo era para Jekyll. La intención (o la que yo capté) de Donellan parece ser la de sugerir lo poco que cuesta hallar en nosotros mismos un fondo de codicia, de crueldad, de depravación, a nada que se rasque la fina pátina de la civilización. Tal vez la intención de sátira política contra el poder que tradicionalmente se asocia con Ubú rey quede algo escondida detrás de esta interpretación más psicológica, pero interesante, y que, sobre todo, permite a Donnellan exhibir toda su maestría teatral para cubrir la amplísima lista de personajes de la obra original con media docena de actores; para hilar la extensa retahíla de escenas en las que se divide la acción sin salir del comedor familiar; y para convertir este, por obra y gracia de la santísima convención teatral, en los  numerosos espacios de esta farsa épica.

Foto: Johan Persson
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Olivia & Olivier

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El sabor no ocupa lugar

Obra: Olivia & Olivier. Compañía: Majolie D.O. Intérpretes: Edurne Arizu y Txus Eguílaz. Lugar y fecha: Hegan & Dream, 24/03/2013.

Como espectador, me gustan los montajes híbridos, en los que géneros variopintos pasan sin llamar y se despiden a la francesa, como una visita inesperada, pero agradable y que, además, trae pastas. Caminan sobre el filo de la oportunidad, pero, cuando vienen a cuento, estos experimentos de mestizaje enriquecen la pieza y me dan sensación de haber recibido algo extra, una especie de dos por uno teatral. Ahora, confieso que, si tengo que escribir sobre ello, me quedo más tranquilo con la cosa pura, a la que se le pone la etiqueta para que todo el mundo sepa de qué estamos hablando. Olivia & Olivier es, como su título presagia, un espectáculo dual. ¿Es más Olivia o es más Olivier? Bien, en el reparto de protagonismo entre sus intérpretes, la cosa está compensada, pero ¿es más teatro o es más música? Saquemos la caja de las etiquetas: Olivia & Olivier es, sobre todo, un concierto. No obstante, los integrantes del dúo Majolie D.O. no han querido hacer un recital al uso. Han incorporado sobre el repertorio el armazón de una historia, esquemática tal vez, pero tangible. Una vez introducida, su sabor impregna la actitud de los músicos, define la selección de temas y les dota de un sentido subordinado al esquema narrativo. Concierto será, mas concierto dramatizado.

Olivia & Olivier no ocupan apenas lugar, y el poco que ocupan puede ser variable. En esta ocasión, traen su espectáculo a Hegan & Dream, un coqueto espacio en la pamplonesa calle Mayor, cuyas dimensiones abocan a artistas y público a una convivencia íntima, que es precisamente la distancia que el montaje precisa. Probablemente, pueda caber en cualquier otro sitio, siempre que sea lo suficientemente pequeño. Bueno, es un decir, porque Olivia & Olivier se ha representado incluso en la calle, pero es de esas obras cuyo sabor se incrementa con la cercanía.

En la cuarta dimensión, también mantiene su espíritu de síntesis: apenas sesenta minutos, pero en los que cabe una amplia variedad de sabores musicales, desde clásicos del swing como Shine  hasta composiciones actuales como Ta douleur de Camille. También en los idiomas, el abanico es amplio: hay temas en inglés, francés, portugués y castellano. No obstante, fieles a una estética con cierto aroma a cine mudo, los intérpretes no hablan entre ellos. La regla de este juego dramático es que lo que no pueda decirse por la expresión o el gesto, ha de comunicarse por medio de la música. Y así, Olivier le toma prestadas a Ben E. King la letra y la melodía del Stand by me para declararse a Olivia; y cuando ambos discuten, lo hacen a ritmo agresivo y cortante de hip hop.

Olivia & Olivier es, como se ve, muchas cosas en cantidades mínimas, un conjunto de trazas que conforman un recital diverso y original. Contribuye a darle coherencia una unidad en el sonido muy marcada por el acordeón de Edurne Arizu (que dota al conjunto cierto aire de bohemia parisina), y por la extraordinaria habilidad de Txus Eguílaz para el ritmo, sea con instrumentos sencillos como el cajón o los bongós, con los zapatos de claqué, con su voz o con su propio cuerpo, en una brillante muestra de percusión corporal.

Foto, de la página web de la compañía

Fisterra

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Culpable

Obra: Fisterra. Autor: Ferrán González. Dirección: Víctor Conde. Intérpretes: Eva Hache, Ángeles Martín. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 15/03/2013. Público: lleno.

Ferrán González, el autor de Fisterra, cosechó hace un par de años un notable éxito con Pegados, obra que también coprotagonizaba. Bueno, seguramente no sea muy apropiado emplear el pasado, porque creo que la obra sigue todavía de gira. Se trataba, se trata, de un musical de pequeño formato, tres intérpretes y un pianista-actor, construido sobre la pintoresca historia de una pareja de jóvenes que se quedan literalmente enganchados mientras realizan el acto sexual. Una propuesta de humor desprejuiciado y, en cierta medida, gamberro, en cuya estela, aunque partiendo desde puntos en principio diferentes, se sitúa también Fisterra.

Fisterra se construye sobre el encuentro de dos personajes: Paz (Eva Hache), una taxista de Pontevedra, y Antonia (Ángeles Martín), una mujer catalana que emplea los servicios de la primera para que le lleve hasta la localidad gallega del título para lanzar allí las cenizas de su marido, recientemente fallecido. En realidad, Antonia se ha cepillado a su esposo y a su propia hermana tras pillarlos in fraganti en plena infidelidad. Desvelo esto porque, aunque, en apariencia, a partir de aquí la historia debería girar hacia algún sitio, en realidad, no tiene una relevancia real en el desarrollo argumental. De hecho, nos enteramos de este hecho supuestamente trascendental pasada la media hora de función, después de asistir a una buena sucesión de triviales diálogos de taxi, cuya única aportación a la trama sería la de dejar bien clarito, por si alguien no se ha enterado a los cinco minutos, el choque de personalidades entre las dos protagonistas. Choque que constituye el verdadero material con el que se construye la comedia. La revelación de Antonia se queda en un ominoso suceso que sobrevuela la relación de los personajes, pero que realmente no mueve la acción hacia ningún lado. Hay alguna otra sorpresilla que no voy a descubrir aquí, pero que, de todos modos, no resulta difícil de anticipar a lo largo de la función.

Más allá de ese sucedáneo de historia, Fisterra  carece de un verdadero argumento vertebrador. Consiste solo en una sucesión de diálogos en los que insertar chistes y gags que buscan la risa a cualquier precio. Y conforme avanza el montaje, esto se hace de manera cada vez más descarada, amparándose en la filosofía del todo vale: lo mismo la exageración, como en la escena del colocón que se agarran este remedo de Thelma y Louise, que los toques de humor casi surrealista, que un injerto de stand up comedy en el speech de Eva Hache en los últimos compases de la obra, o que la pelea casi de slapstick que remata la pieza antes de un final en falso.

Bien, enunciada la lista de acusaciones, viene la confesión: yo me reí. Con una risa un poco culpable, lo reconozco, porque no son maneras, qué demonios, de construir una comedia que merezca ese nombre. Esto es más bien un sketch estirado de un dúo de humoristas. Pero no voy a ser tan cínico como para no reconocer que, con mayor o menor originalidad, hay momentos que tienen gracia. Y, sobre todo, la obra se beneficia de la participación de dos actrices que se implican en un juego al que saben jugar muy bien. Ambas tienen una excelente vis comica para decir sus diálogos, para colocar ágilmente las réplicas, o para provocar una risa con un gesto bien traído. Eva Hache es, seguramente, el nombre con más tirón del cartel, pero me gustó el reencuentro con Ángeles Martín, a quien hacía tiempo que no veía, y que me parece una excelente actriz de comedia. Tal vez digna de mejor causa, eso sí.

Palabras encadenadas

palabras encadenadas

Sorpresa, sadismo, movimiento

Obra: Palabras encadenadas. Autor: Jordi Galcerán. Dirección: Fermín Cariñena. Intérpretes: Jaione Urtasun, Xabier Flamarique. Lugar y fecha: ENT, 9 y 10/03/2013. Público: dos tercios de la sala (en la función del 10).

No recuerdo si Palabras encadenadas, el (casi) estreno de la carrera literaria de Jordi Galcerán, había sido representada antes en Navarra. Como diría un miembro de la Ejecutiva popular, “no me consta”, y soy seguidor bastante fiel del dramaturgo barcelonés. Palabras encadenadas es un texto estimable, un anticipo de la maestría que ha demostrado después su autor con Dakota, El método Grönholm o Burundanga (que tampoco ha aterrizado por aquí. Todavía está en cartel. Mantengamos la esperanza). La obra que nos ocupa, que le valió a su autor el Premio Born, no me parece todavía una obra tan perfecta como las citadas. Tiene a veces un andar algo vacilante sobre la línea que separa la comedia del drama, una indefinición que le perjudica en cierta medida; y alguno de los giros de la trama provoca un cierto cosquilleo incómodo en la credulidad del espectador (al menos, en mi sentido de la verosimilitud). Pero, en lo demás, contiene todos los ingredientes que hacen una pieza atractiva. Especialmente, un enredo repleto de virajes inesperados, en los que descubrimos que nada es lo que parece (o sí). Un poco como en el juego que sirve para titular la pieza, las líneas argumentales giran y se quiebran, encadenando el final de una con el principio de la precedente, avanzando en  direcciones inesperadas. Si hablamos de palabras encadenadas, sorpresa, sadismo y movimiento conformarían una tríada que le cuadraría a este montaje.

La compañía navarra La Piel ha tenido el acierto de rescatar este texto: un duelo para dos intérpretes, un actor y una actriz, ubicado en un espacio cerrado, con cierto aire de ratonera. No estoy seguro, pero creo que en el original se trataba de un sótano o alguna otra clase de local aislado. Aquí se ha situado en un teatro abandonado. Bueno, igual es un poco traído por los pelos, pero viene bien esta ubicación para incrementar el realismo de la acción, con el espectador sentado en mitad de un conflicto en el que a veces se invade el patio de butacas, como si fuera un voyeur invisible. También está bien aprovechado lo del teatro para justificar que los cambios de luces se hagan desde el propio escenario, a la vista, con una mesa que maneja uno de los actores. Un recurso original, interesante, y, aunque sea lo de menos (o no), adecuado a estos tiempos de economía de medios. Incluso me parece que podría sacársele más partido para incrementar la sensación de tensión y misterio.

Fermín Cariñena, director surgido de las promociones recientes de la ENT, igual que los dos intérpretes de la función, le imprime a esta versión un buen ritmo. El necesario para conseguir que el interés no decaiga en ningún momento. Esto es tener gran parte del camino andado. El resto, lo marca el trabajo de los actores. Creo que este es bueno, en líneas generales. Señalaría, en todo caso, cierta tendencia a subrayar los momentos de tensión con gritos. Me parece que sería adecuado buscar otros modos. Tanto Xabier Flamarique como Jaione Urtasun son actores de recursos, capaces de comunicar ira o enfado sin elevar la voz, o reservando esta opción para momentos puntuales. En lo demás, los encontré naturales y creíbles. Los personajes guardan todavía posibilidades para ahondar en el trabajo interpretativo; especialmente, el de Jaione Urtasun, que, del miedo a la ira, pasa por un amplio abanico de vaivenes emocionales, mientras que el Xabier Flamarique es algo más monolítico y el actor demuestra tenerle bien cogida la medida. En cualquier caso, la labor de ambos está a un buen nivel y consiguen que llevar prendida de sus palabras la atención del espectador.

Antígona oriental

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Gana (por esta vez) la realidad

Obra: Antígona oriental. Dramaturgia: Marianella Morena. Dirección: Volker Lösch. Coro: Anahit Aharonian, América García, Ana Demarco, Cecilia Gil Blanchen, Carmen Maruri, Carmen Vernier, Gloria Telechea, Irma Leites, Laura García Arroyo, Matilde Coirolo, Micaela Larriera, Mirta Rebagliatte, Nelly Acosta, Nibia López, Susana Castro, Tatiana Taroco, Violeta Mallet. Actores: Sofía Espinosa, José Pedro Irisity, Sergio Mautone, Victoria Pereira, Bruno Pereyra, Fernando Amaral. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 09/03/2013. Público: un tercio de la sala.

El tiempo pasa para todos y para todo, pero no de la misma manera. A las grandes obras, el tiempo las enriquece. Las dota de matices, de nuevas interpretaciones que no solo no traicionan el sentido que las originó, sino que además les añade otro u otros que las conectan con la realidad de ese otro tiempo posterior.  En el convulso tiempo en el que Sófocles escribió “Antígona”, Atenas acababa de salir de la Primera Guerra del Peloponeso. Es posible también que el contexto de contienda civil que rodea la tragedia de Antígona trajera a los atenienses el eco del enfrentamiento que vivían en su propia ciudad entre partidarios de la oligarquía y de la democracia. En el Uruguay de hoy, alguien se acordó de la tragedia de Sófocles al hilo de la revisión emprendida recientemente de la Ley de Caducidad, que establecía la imposibilidad de perseguir procesalmente a los responsables de la dictadura militar. A su vez, esta revisión de Antígona relacionada con los crímenes impunes de un régimen dictatorial provoca nuevas conexiones en el espectador de estas latitudes.

No obstante, el tiempo ejerce también otra clase de papel sobre los hechos: una labor erosiva que provoca su olvido paulatino. Contra ese efecto, se construye Antígona oriental (oriental es, entre los habitantes del paisito, un gentilicio con más raigambre incluso que el de uruguayo). El programa de mano habla del “derecho a la memoria” y a contar la verdad. La verdad es también un componente sustancial del teatro: la presentación de una mentira, de una invención narrativa, capaz de mostrarnos el auténtico ser de las cosas y provocarnos esa purificación del espíritu llamada catarsis. Es cuando la ficción supera (o al menos iguala) a la realidad. Precisamente, la realidad irrumpe en esta Antígona oriental. Trenzada con la representación más o menos fiel del texto de Sófocles, una veintena de mujeres que sufrieron prisión, tortura o exilio durante el régimen de los milicos adopta el papel reservado al coro. No hablan del futuro trágico que aguarda a los personajes; hablan del terrible pasado que ellas mismas padecieron. Imposible no conmoverse, mejor, imposible no estremecerse ante su verdad. Más todavía cuando la exponen de manera directa, mirando fijamente a los ojos del público, sin gesticulaciones ni alharacas, como una confesión íntima, aunque voluntaria, tan distinta de la que hicieron bajo tormento.

Frente a esta exhibición de autenticidad, palidece la revisión de la fábula de Antígona. Entre otras razones, porque la verdad no necesita ser gritada para resultar convincente. Creo que hay un exceso de decibelios en unas interpretaciones que tratan así de ganar fuerza y consiguen, en cambio, perder verosimilitud. Demasiado movimiento, demasiada agitación, demasiada conmoción en una historia que pide en muchos momentos recogimiento y contención para que se establezca una corriente de empatía. Se intenta transmitir intensidad, pero compararía el resultado al sonido saturado de un altavoz cuando se sube el volumen en exceso. Hay algún momento en el que se vislumbra la grandeza de la tragedia, tal vez en esa escena en la que Ismena quiere unir su destino al de Antígona, pero son débiles fogonazos. Otra consideración estaría en que la propia textura de la verdad es más rugosa, tiene más aristas que esta simplificación que establece una línea tan marcada entre el bien y el mal. Y esto es algo que el propio texto de Sófocles y revisiones posteriores, como la de Anouilh, supieron transmitir. Sus personajes tenían sus razones: acertadas, equivocadas, más próximas al espíritu humano, o a la voluntad de los dioses, pero unas razones que los hacían complejos, contradictorios, humanos. Aquí, no encuentro eso. La realidad le gana esta partida a la ficción.

Los hijos se han dormido

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Más que Chéjov, frenesí

Obra: Los hijos se han dormido. Versión de La Gaviota de Antón Chéjov. Dirección: Daniel Veronese. Intérpretes: Malena Alterio, Diego Martín, Miguel Rellán, Pablo Rivero, Marina Salas, Malena Gutiérrez, Aníbal Soto, Alfonso Lara, Susi Sánchez, Ginés García Millán. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 02/03/13. Público: lleno.

El argentino Daniel Veronese es ya un viejo conocido. Hemos tenido ocasión de apreciar su estilo aplicado tanto a textos propios como a adaptaciones de otros grandes autores: Ibsen, Chéjov o Mamet. En todos los casos, el director agita la escena con un temporal de palabras; una mar gruesa que, al retirarse, deja los sentimientos sobre las tablas como los restos de un naufragio. Y, sin embargo, todo está cuidadosamente medido: las meteóricas entradas y salidas, las réplicas engarzadas, o esos barullos aparentes que se forman como una tormenta de verano, pero que dejan escapar entre sus truenos la información justa que el respetable necesita. Son montajes exigentes, aunque gratificantes para el actor, y cautivadores para un espectador al que se le lleva al galope por la trama, sin dejarle casi un respiro. La reflexión, para la salida.

No puedo decir, por tanto, que enfrentarse así a Chéjov constituya ahora una sorpresa. Sí que lo es, en cierta medida, que mis personales sensaciones no hayan sido las mismas en esta ocasión que cuando Veronese nos lo mostró en Espía a una mujer que se mata, versión del Tío Vania; o cuando hizo lo propio con la Casa de muñecas de Ibsen en El desarrollo de la civilización venidera. Me convencieron, mucho, aquellas revisiones: viví el clima de amenaza que se cernía sobre Nora, o la angustia sin escape en la hacienda de los Serebriakov. En buena lógica, la receta debería funcionar también en La gaviota. Y, sin embargo, algo me falla. Chéjov presenta la obra como un lago de aguas tranquilas bajo las que circulan corrientes subterráneas y remolinos turbulentos, y donde se pierde pie en pozas traicioneras. Veronese lanza piedras a este estanque, para agitar su superficie y para mezclar sus aguas con el fango del fondo. Lo oculto se explicita, todo queda desvelado, a la vista, pero yo no lo siento. Cada escena se arma como una acumulación de fuerzas, que se agolpan, descargan y dejan una calma pasajera, preludio de la siguiente tempestad. Una sucesión de clímax en los que me parece que la tensión ha sustituido al sentimiento.

La destreza técnica de Veronese, no obstante, sigue funcionando. Hay que reconocer su dominio de la escena, o su habilidad para usar en beneficio propio las convenciones del teatro, con esa escenografía neutra capaz de absorber todos los espacios de la acción como si fuera un agujero negro; ídem con el tiempo, que queda comprimido en un presente continuo que borra los lapsos entre las escenas. Todo sucede aquí y ahora. Veronese también se las ingenia para colar de rondón ideas sobre el teatro, o referencias oportunas a Hamlet para definir implícitamente la relación materno-filial de Irina y Kostya. Y, sobre todo, no falla en una magnífica dirección de actores que los hace funcionar como mecanismos de precisión. Todo el reparto ofrece una actuación sólida. Por señalar tal vez algún punto débil diría que en la escena final de Marina Salas (Nina) flojeó un poquito la convicción en su desesperanza. Pero creo que lo demás funciona a las mil maravillas en líneas generales: Miguel Rellán demuestra lo buen actor que es y que ha sido siempre; me gustó también la frívola Irina de Susi Sánchez; o la Mascha de Malena Alterio y el Boris de Ginés García Millán, personajes en los que sí me parece que se trasluce un tormento interno bajo la capa de palabras.