El hijo del acordeonista

20121039910kartela_soinujolearen_semea

La trama clandestina

Obra: El hijo del acordeonista. Autor: Bernardo Atxaga. Adaptación teatral: Patxo Telleria. Dirección: Fernando Bernués. Intérpretes: Mattin Apaolaza, Aitor Beltrán, Joseba Apaolaza, Vito Rogado, Anke Moll, Mikel Telleria, Iñaki Rikarte, Patxo Telleria, Mikel Losada, Asier Hernández, Amancay Gaztañaga, David Pinilla, Mireia Gabilondo, Iñaki Salvador. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 26 y 27/04/2013. Público: tres cuartos de entrada (en la función del 27)

Hay en El hijo del acordeonista, adaptación teatral de la novela homónima de Bernardo Atxaga, un agujero camuflado en el suelo de un caserío. Uno de esos escondrijos que muchos fugitivos durante la guerra civil emplearon para burlar las pesquisas de sus perseguidores, aunque también recuerda inevitablemente (al menos a mí me pasa) a los infames zulos en los que más tarde se encerró a otra gente contra su voluntad. En la obra, es el protagonista el que se oculta allí para esconderse de sus padres, o sea, de su pasado, para salir luego renacido, como de un útero excavado en la tierra. En cualquiera de esos casos, la función del refugio es la de mimetizarse con el entorno y camuflar lo importante, haciendo que quien busca se distraiga con lo accesorio del entorno.

Creo que algo así me sucedió con esta pieza producida por Tanttaka: me entretuve con la prolija sucesión de escenas que componen el relato de la historia de David, hijo de un antiguo delator durante la guerra (amén de acordeonista), y pasé algo por alto. La ficción urdida por Atxaga es rica en recovecos en los que centrar la atención: la relación de David con Lubis, representante de una especie de ruralidad arcádica; sus idas y venidas hacia y desde el personaje de Teresa, hija de otro confidente de los franquistas que, sin embargo, se sitúa por encima del bien y del mal, amparada por su condición de rara avis; la rebeldía hacia la figura del padre y el amor por una madre silenciosa y doliente; y, sobre todo, la amistad con Joseba, con quien David da el salto a la clandestinidad de la lucha antifranquista, hasta que la detención de su talde, sobre la que cae la sombra de una posible delación, separa a los dos amigos hasta muchos años después. Todo esto, a grandes rasgos, conforma la decoración de esta casa por la que transita uno en ameno paseo, saltando de suceso en suceso y de personaje en personaje. Y sin embargo, me parece que lo fundamental me ha pasado desapercibido en la sombra de algún rincón: ¿de qué trataba esto? ¿Qué era lo que se pretendía contar? ¿Qué le pasa a David (y que le pasa a Joseba)? Pero qué le pasa de verdad, por dentro, más allá de su peripecia externa.

Tampoco soy partidario de que me lo den todo mascadito, y asumo que, como espectador, me corresponde el papel activo de completar aquello que no se ha dicho de manera explícita, pero que se desprende de lo que hacen y dicen los personajes (o de lo que no hacen o no dicen). Pero me sucede que, pese a asistir a todo lo que les pasa, no logro conectar con sus sentimientos. En esta historia de traiciones, se diría que el adaptador, Patxo Telleria, no se ha atrevido a darle la puñalada al texto original y ese exceso de fidelidad satura la función de situaciones secundarias (toda la relación de David con Teresa y, hasta cierto punto, la que tiene con Lubis), cuando no de escenas irrelevantes (la de la escuela, el monólogo inicial, el primer encuentro con Mary Ann), mientras lo esencial de la trama sigue escondido en algún agujero.

Aunque me queda un leve poso de insatisfacción por la gran obra que podría haber sido y no llega a ser, el resultado me pareció, ya digo, entretenido. Sobre todo, por ese carrusel de episodios que conforman la pieza y que, en general, me parece que están bien llevados a las tablas. Se aprecia un buen aprovechamiento de una escenografía versátil, con un primer término a pie de escenario y un segundo en altura que permite mostrar y ocultar selectivamente las acciones. Los distintos cuadros se hilvanan bien, tal vez con algún oscuro superfluo que la música contribuye a disimular, hay soluciones imaginativas en la dramatización, y el reparto de actores resuelve su labor de manera solvente.

Foto: Manuel Díaz de Rada (tomada de la web de la compañía)
Anuncios

André y Dorine

andre y dorine

Amor se escribe con hache

Obra: André y Dorine. Compañía: Kulunka Teatro. Dramaturgia: Garbiñe Insausti, José Dault, Iñaki Rikarte, Edu Cárcamo, Rolando San Martín. Dirección: Iñaki Rikarte. Intérpretes: Garbiñe Insausti, José Dault, Edu Cárcamo. Lugar y fecha: Casa de Cultura de Zizur Mayor, 19/04/2013.

Con hache intercalada. Como en Alzheimer. A lo largo del vivir, se van intercalando en el amor elementos extraños. A veces, su presencia es como una hache muda, que no lo perturba. Otras, esos elementos lo embarullan hasta hacer que su sonido sea inarticulable. André y Dorine, de la compañía Kulunka Teatro, ofrece una visión de un amor en el que se ha empotrado uno de esos visitantes indeseados: la enfermedad. El punto de partida del que extraen la trama es la historia real del filósofo André Gorz y su mujer, Dorine Keir. Ambos, octogenarios, se suicidaron en 2007 con una dosis letal de fármacos. El último libro de Gorz, publicado unos meses antes, llevaba por título Carta a D. Historia de un amor, y comienza así: “Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, sólo pesas cuarenta y cinco kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca”. Dorine padecía una enfermedad degenerativa.

Haneke también va con hache. No sé si han visto su película más reciente, Amor. Es una de esas cintas europeas en las que no pasa nada. Salvo la vida. Casi nada. Lo menciono porque Amor recoge también una historia calcada a la de André Gorz y Dorine Keir. Me gustaría aclarar que el filme de Haneke es de 2012, mientras que la pieza de Kulunka se estrenó en el 2010. De todos modos, el director austro-alemán desarrolla la trama en un tono de crudo, aunque enternecedor, realismo, mientras que la compañía vasca tiñe el relato con la presencia de otro elemento precedido también por la omnipresente hache: el humor. Se diferencian también en el desenlace, en el que Kulunka ha preferido la sugerencia antes que la mirada directa y descarnada.

Y más haches: hay también horror y grandes dosis de humanidad. Kulunka presenta el deterioro causado por la enfermedad de Alzheimer sin esconder sus estragos. Se aprecia una investigación en el desarrollo de la dolencia, que se plasma en la minuciosidad y el verismo con el que se van mostrando sus síntomas, desde los olvidos iniciales, las repeticiones y apraxias, hasta la invalidez total. Pero las escenas suelen estar matizadas por un sentido del humor siempre oportuno, que hace más digerible para el espectador la dureza de las situaciones, sin restarles realismo. La obra camina en equilibrio sobre el límite entre el drama y la comedia, entre la emoción y la sonrisa. En este último lado se sitúan las escenas que muestran los años de juventud de la pareja, y que están dibujadas con un excelente sentido narrativo (en las elipsis, en la presentación de objetos que reconoceremos en su futuro…), amén de con un extraordinario cuidado por el detalle.

Además de haches, André y Dorine también tiene efes: las de Familie Flöz, la compañía alemana de teatro de máscaras con la que los miembros de Kulunka se han formado y de la que han tomado la estética para esta creación. Igual que las piezas de Familie Flöz, André y Dorine se construye exclusivamente con el gesto (vamos, que es muda, como las haches), y sorprende cuánta intención puede encontrar el espectador en la expresión inalterable de una máscara cuando el actor sabe emplear el resto de su cuerpo para transmitirla. Un espectáculo más que notable desde cualquier punto de vista.

Foto: Gonzalo Jerez. Tomada de la web de la compañía.

Grease

grease

Brillantina y hormonas

Obra: Grease, el musical. Guion original: Jim Jacobs y Warren Casey. Dirección artística y coreografía: Coco Comin. Dirección musical: Manu Guix. Intérpretes: Edurne, Víctor Gómez, Diana Roig, Albert Martínez, David Moreno, Didac Flores, Esther Peñas, Marina de No, Marta Tomasa, Bernat Mestre, José Antonio Moreno, Julia Ortínez, Sergio Franco, Clara Casals, Sandra de Victoria, Noli Ramos, Sheila López. Lugar y fecha: Baluarte, 18-21/04/2013. Público: lleno (en la función del 18).

Lo desconocido produce temor. Bueno, no siempre: a veces el desconocimiento del riesgo nos hace osados, inconscientemente atrevidos. Como en la adolescencia, cuando la ignorancia nos hace ver el mundo como un bocado de comida rápida: todo sabor, facilidad y nulo desperdicio. Grease destila esa adoración por el instante tan adolescente: el amor es deseo urgente (You’re the one that I want) y la amistad, plena e indestructible (We go together). Los productores de espectáculos, sin embargo, son perros viejos y lo desconocido no les inspira confianza. Hombre, siempre queda la posibilidad del castañazo y, de hecho, son unos cuantos los musicales que se lo han dado, pero la apuesta por lo popular minimiza los riesgos. Más vale lo conocido: lo que la gente conoce y quiere reconocer, sea en la trama o en la música.

Y mejor si es en ambas. ¿Quién no conoce Grease? Un clásico: la historia de amor entre Danny, el chico duro que sucumbe a los encantos de la tierna y dulce Sandy, y de cómo ambos intercambian sus roles para parecerse a lo que creen que el otro busca. ¿Y quién no conoce las canciones? Cierto es que, como suele pasar, la mayor parte nos las sabemos a través de la adaptación cinematográfica, lo que hace que en versiones recientes se incluyan temas que no figuraban en el musical original. Entre ellos, Grease o You’re the one that I want. Canciones que reclamaríamos si nos las escatimaran: el poder de lo conocido. Me resulta una coincidencia curiosa y algo paradójica que hormonas que revolucionan la adolescencia, como los estrógenos y la testosterona, parezcan tener también un papel en la preservación de la memoria.

En fin, que nos sepamos el argumento ayuda a cubrir lagunas cuando la historia se presenta de un modo un tanto esquemático, aunque seguramente no debería ser así. Convendría que se prestara tanta atención a la parte narrativa como la que se le concede a la musical, para que, por ejemplo, clímax como la transformación de Sandy no dieran esa impresión de sobrevenido descuido. O para que el humor se sustentara en algo más que en la exageración histriónica de una Patty hiperactiva, o en chistes del tipo “Tengo más cardenales que el Vaticano” o “Antes de que tú embragues, ellas ya habrán desembragado”.

Pero los musicales son sobre todo eso: musicales, y perdón por la perogrullada. Y en lo tocante a presentar las canciones como un verdadero espectáculo, es difícil buscarle algún pero a esta versión de Grease. Bueno, tal vez podría decirse que las condiciones para la interpretación y para el canto del protagonista masculino (Víctor Gómez) no están a la altura de las de su contraparte femenina, la cantante Edurne, que cuaja una Sandy muy convincente en el terreno actoral, además de realizar un trabajo impecable de voz (lo que ya se le suponía) y baile. Mención especial merece la dirección artística y coreografía de Coco Comin, tanto por el dinamismo de los números musicales como por su originalidad y buen diseño. Me parecen magníficas la idea y la ejecución de Summer nights, por ejemplo, con los dos grupos de chicos y de chicas separándose y mezclándose en una grada que ocupa la mayor parte del escenario. O el toque de sorpresa en el cambio de vestuario de Grease lighting, muy bien cantada por David Moreno (Roger). Me gustaron también la frescura y el puntillo de malicia con el que se presentan temas como Freddy, my love, con prácticamente un comando del ejército americano entrando por sorpresa en el dormitorio de las chicas, o la celestial Beauty school dropout (Joven frustrada), donde brilla José Antonio Moreno en el papel de Teen Angel, otro de los nombres destacables de un reparto, por lo demás, bien equilibrado y sin fisuras.

Foto: de la web del espectáculo

El Buscón

Buscon300

Compro (Siglo de) Oro

Obra: El Buscón. Autor: Francisco de Quevedo. Versión de Alfonso Zurro. Dirección: Alfonso Zurro. Intérpretes: Pablo Gómez-Pando, Manuel Monteagudo, Manuel Rodríguez, Antonio Campos, Juan Motilla, Mª Paz Sayago, Paqui Montoya. Lugar y fecha: Casa de Cultura de Burlada. 12/03/13.

Seremos de nuevo un imperio. Así empezaba el festivo estribillo de la canción más conocida de los inolvidables Los Nikis. Una oda gamberra e irónica a aquellos tiempos en los que en las posesiones españolas no se ponía el sol. El sol tiene, no obstante, sus sombras. Por muy luminosos que puedan parecer, los destellos literarios del Siglo de Oro, y muy especialmente los de la novela picaresca, son reflejos de la cara oculta de ese sol. Una cara que a menudo no interesa alumbrar demasiado: Quevedo desmintió toda su vida la autoría de El Buscón, probablemente por no crearse líos con la Inquisición. Pero hasta hoy llega su luz invisible, como rayos X, estampando una radiografía precisa de las entrañas imperiales. Hace muy pocos años parecía que España era de nuevo un imperio. Hoy, tras pasar de jugar en el cuidado césped de la Champions de las potencias al barrizal de las pocilgas de los PIGS, resbalamos en ese mismo sustrato pastoso de miseria, amoralidad y necesidad en el que se movían los personajes de Quevedo. Del honrado metal nacido en las Indias a los omnipresentes carteles de “compro oro”, nos ilumina la misma oscuridad.

En esta tesitura, la compañía Teatro Clásico de Sevilla realiza una pertinente revisión de El Buscón. Una adaptación bastante libre que recoge la idea mil veces repetida de que España es un país de pícaros y trata de aplicarle la prueba del nueve para demostrar que, más que un lugar común, lo que resulta común es el tiempo, el pasado y el presente. Las escenas del texto original se alternan con otras en las que Pablos, o su trasunto, se traslada a los tiempos actuales, estableciendo un paralelismo con el personaje quevediano. Suele incomodarme un poco que se subraye lo evidente. Creo que casi siempre es mejor dejarle al espectador un reguero de miguitas para que sea él quien descubra los sentidos (más o menos) ocultos de la obra, premiándole con la gratificante impresión de sentirse inteligente. Si tan clara es la relación entre el antes y el ahora, ya la pillaremos. Bueno, asumo que es mi gusto personal. De todos modos, me parece que las escenas, digamos, contemporáneas no siempre están al mismo nivel que sus siamesas barrocas, y que, en algunos casos, el vínculo entre ambas es un tanto forzado. La insistencia en este juego especular me parece un tanto reiterativa, aunque, a cambio, ofrece momentos muy buenos, como una de las escenas finales, en la que las dos épocas se dan la mano para suceder al mismo tiempo, en el momento que marca el punto álgido en el crescendo de corrupción de Pablos: el asesinato (si bien el compromiso del protagonista con un improbable Ejército de Liberación del Bierzo me produce algún cosquilleo de incredulidad, pero en fin). Después de esa escena, el remate, también actual, de Pablos lanzando un discurso electoral se carga de un sentido bastante desasosegante.

Pese a las reticencias expuestas, El Buscón resulta un espectáculo estimable, bien concebido, con una puesta en escena sencilla y práctica: un semicírculo de colgadores repletos de ropa que tapan las entradas y salidas de los personajes, como si eso, la ropa, fuera la única barrera entre los pícaros del antes y del ahora. Hay un buen sentido de la dirección en la composición de las escenas y en las transiciones entre ellas, algo vital cuando la obra se presenta como un conjunto de cuadros aislados, poniendo en cierto riesgo la continuidad del relato. Y, sobre todo, lo que tenemos son unas interpretaciones estupendas, con un punto grotesco a veces, pero sin abandonar el realismo de carne y de sangre que piden los personajes.

Foto: de la web de la compañía

Murmurs

murmurs

Esto no es una casa

Obra: Murmurs. Concepción y dirección: Victoria Thierrée Chaplin. Intérpretes: Aurélia Thierrée, Jaime Martínez y Magnus Jakobsson. Lugar y fecha: Teatros del Canal (Madrid). 4-7/04/2013. Público: lleno.

O también: Aurelia en el País de las Maravillas. O sea, de cómo Magritte conoce a Lewis Carroll en un teatro. No son referencias explícitas. Son simplemente nombres (o conceptos) que me vienen, casi como en un ejercicio de escritura automática, al evocar el regusto que me deja Murmurs, el espectáculo de Aurelia Thierrée, sucesor del espléndido El oratorio de Aurelia, con el que hizo parada en el Festival de Otoño a Primavera (Madrid) de hace tres años. Ese ilusionismo estético que rezuman los montajes de la nieta de Chaplin me trae ecos del imaginario magrittiano, especialmente en Murmurs, un lugar en el que habitan hombres sin rostro, donde nos topamos con muros que se desvisten para desvelar otras realidades, o con una mujer con cabeza de pez, conceptualmente tan parecida a uno de los cuadros más conocidos del surrealista francés que cuesta pensar que sea casual.

Los personajes de Murmurs, y otras figuras con forma humana que tal vez no llegan a esa categoría, se mueven por un espacio abierto y cerrado al mismo tiempo: una casa sin límites, en la que las habitaciones pueden sucederse de modo infinito o en la que podemos aparecer varias veces en el mismo sitio siguiendo caminos diferentes. Sin que haya un camino, en realidad: pasamos de un espacio a otro sin precisar una explicación, con la naturalidad con la que nos movemos en los sueños. Murmurs se construye sobre una sucesión aparentemente caótica de escenas sin un hilo argumental evidente. Solo esa vaga unidad espacial y la sensación de que los personajes (al menos los que pueden merecer ese nombre, la protagonista encarnada por la Thierrée y el joven Magnus Jakobsson) están buscando algo; o, más exactamente, están buscándose el uno al otro, tropezándose sin encontrarse, y moviéndose entre una curiosa galería de tipos que no desentonarían en la nómina de los que Alicia se encontró al otro lado del espejo.

Si alguien había visto El oratorio de Aurelia antes de entrar a Murmurs, el universo de la Thierrée le resultará familiar. Lo cual no significa que no haya ocasión para la sorpresa. Ofrecer lo inesperado es la clave sobre la que parece construirse la obra entera. Hay mucho, ya lo hemos comentado, de ilusionismo. De un ilusionismo que no pretende ser efectista, sino que se subordina a la composición de la escena. No busca la perplejidad del público, el “cómo lo ha hecho”. Aquí, el mago no oculta sus trucos, que quedan a la vista. Pero eso no les resta un ápice de belleza. El quid no está en la complejidad de su ejecución, sino en lo imaginativo de la propuesta, y en su propia sencillez.

Murmurs lleva la firma en la dirección y en la creación de Victoria Thierrée Chaplin, la madre de la protagonista. Victoria ha creado junto con su marido, Jean-Baptiste Thierrée, espectáculos como Le Cirque Imaginaire o Le Cirque Invisible, que aúnan las técnicas circenses con el teatro, amalgamando el conjunto con tremendas dosis de fantasía. Su espíritu impregna también Murmurs, en una sugerente mezcla de circo, danza, ciertas dosis de humor y muchísima imaginación.

Foto: Richard Haughton

Divinas palabras

divinas palabras

El arte de teletransportarse

Obra: Divinas palabras. Autor: Ramón María del Valle-Inclán. Compañía: Teatro el Bardo. Dirección: Paco Ocaña. Intérpretes: Pablo Asiáin, Javier Chocarro, Noemí Alcalá, Imelda Casanova, Fernando Eugui, Elena Uriz, Carmen Nadal, Txuma García, Inma Gutiérrez, Itziar Andradas, Javier Briansó, Manolo Almagro, Paco Ocaña, Iñaki Esparza, Ana Zabalza, Urko Ocaña, Amaia García. Lugar y fecha: Casa de cultura de Villava, 22 y 24/03/13. Público: lleno (en la función del 24).

La compañía de teatro amateur El Bardo parece haberle cogido el gusto a los dramas rurales. Después de Bodas de Sangre, nos trae ahora su versión de Divinas palabras. De la Andalucía profunda, a la Galicia negra: un auténtico viaje espacial y mental (no tanto temporal: apenas una docena de años separan la edición de ambas obras). En la suya, Valle nos traslada a un mundo lleno de tipos peculiares, de charlatanes que recorren las ferias y caminos adivinando porvenires; de bárbaros que se ganan los cuartos exhibiendo a un enano deforme como si fuera algo sobrenatural; de mujeres que van a los bosques a conjurar demonios; o de villanos ignorantes que agachan las orejas ante el hechizo de los latines. Ante todo este abanico de superchería, el teatro es capaz de ofrecer magia de la buena, de la de verdad. Porque pocas artes como el teatro poseen la prodigiosa capacidad del teletransporte, de llevar al espectador de un sitio a otro sin que lo sienta, y mostrarle allí no sucesos extraordinarios, sino la vida misma, que es algo todavía más portentoso.

Cierto es que, para que funcione la magia teatral, hay que ser muy minucioso en la preparación del mecanismo con el fin de que el espectador no detecte el truco. Y no me refiero a la abundancia de medios. Al revés: funcionan mejor las soluciones simples e imaginativas que, por simpatía, estimulen también la imaginación del público. Por el contrario, lo que resulta un lastre para el vuelo de esa imaginación es solucionar las transiciones entre escenas con oscuros que encubran el traslado de utilería. Matizo: puede ser plausible en una obra de tres actos, pero, en una pieza que consta de veinte cuadros, cercena cualquier sensación de continuidad. En lugar de un viaje por teleportación psíquica, es como meter nuestra atención en un autobús de los que para por los pueblos.

Este me parece el principal problema de una versión que, a mi parecer, mejoraría considerablemente repensando el modo de ejecutar esos cambios de escena. Entiendo que no se trata de un empeño fácil. De hecho, esa dificultad ha alimentado mucho tiempo la falacia de que el teatro de Valle era irrepresentable. Por lo demás, este montaje de la compañía de teatro El Bardo cuenta con unas interpretaciones trabajadas con mimo, de mérito en algunos casos. Hay también un buen sentido en la composición de las escenas, que mantienen su ritmo interno y resultan visualmente dinámicas. Y un trabajo de vestuario en el que se aprecia que se ha invertido dedicación. Razones diversas, en suma, para alcanzar un resultado apreciable.

Foto: Eduardo Buxens (de la página web de la compañía).