Otro gran teatro del Mundo

otro gran teatro del mundo

Otro mundo es posible

Obra: Otro gran teatro del Mundo. Compañía: Uroc Teatro/CNTC. Dramaturgia: Antonio Muñoz de Mesa, basado en la obra de Pedro Calderón de la Barca. Dirección: Olga Margallo.  Intérpretes: Antonio Muñoz de Mesa, Nines Hernández, Rosa Clara García, Víctor Ullate Roche, Celia Vergara, Víctor Gil, Manuel Mata, Nuria Sánchez, Iván Villanueva. Lugar y fecha: escenario de La Cava de Olite. 25/07/2013.

Uroc Teatro, grupo especializado en teatro familiar,  presentó en el Festival de Olite su particular versión de El gran teatro del Mundo, de Calderón. En Otro gran teatro del Mundo, obra realizada en coproducción con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, el auto sacramental calderoniano queda transformado, según la cosmovisión de la compañía, en una fiesta de cumpleaños. El Mundo cumple 4554 millones de años y su amigo Calderón quiere darle una sorpresa celebrando este aniversario con una representación teatral en la que no faltarán las canciones. Con este punto de partida, la seriedad ceremoniosa del texto original queda, al menos en apariencia, subvertida por la alegría festiva con la que Uroc ha querido acercar el clásico a los niños. Bueno, no solo a los niños, porque la calidad y la calidez del montaje hacen que este pueda ser disfrutado por público de cualquier edad.

En El gran teatro del Mundo, Calderón mostraba su idea de la existencia como representación: a cada persona, el Creador le adjudica su papel y a él ha de permanecer fiel hasta el fin de sus días. En función de sus obras, recibirá su premio o castigo, pero debe conformarse con el lugar en la escala social que la providencia le ha asignado. Un modo de ver las cosas muy de la época, aunque con algunas aristas si intentamos encajarlo en un puzzle junto al albedrío. Ya se encargó Calderón de intentar limar esos incómodos salientes en La vida es sueño. En fin, lo cierto es que, desde nuestra perspectiva actual, seguramente no sea el modo más adecuado de ver las cosas. Por eso, Uroc Teatro sustituye ese “Obrar bien, que Dios es Dios”, que constituye casi el leitmotiv del texto calderoniano, por un giro argumental en el que los personajes se rebelan contra los designios del Autor y prefieren seguir sus propios sentimientos en pos de una situación más justa. Otro mundo es posible. De hecho, se nos dice, es el único modo en que el Mundo podrá sobrevivir. Ya he dicho antes que la seriedad está trastocada solo en apariencia. Bajo la apariencia festiva, Uroc introduce un mensaje de calado.

Fondo aparte, lo cierto es que Otro gran teatro del Mundo es también una delicia en la forma. Una función llena de gracia, que los temas compuestos por Antonio Muñoz de Mesa, con orquestación de Roberto Bazán, conducen con ligereza hacia  un clímax de ternura. Las canciones son fantásticas, muy melodiosas, con unos arreglos de viento y órgano un tanto soul a veces, y unas armonías vocales que, en otras ocasiones, me trajeron a la memoria a los temas de Hair, aunque este Otro gran teatro del mundo suena también en algunos momentos a music hall y a musical clásico. Una partitura ecléctica, pero coherente, muy bien cantada por un elenco que demuestra moverse con igual soltura por el terreno interpretativo y por el musical.

Me gustó también el vestuario, vistoso e imaginativo, que consigue que, sin más escenografía que un estrado escalonado, la función entre también por los ojos, además de por el oído. Y hay que mencionar también al personaje más relevante de la función, que sustituye en importancia al Autor del texto calderoniano: Alma, la niña cuya inocencia reescribe el sino de este gran teatro mundial a través de su visión inocente. Uroc Teatro ha preferido reservar este papel no para un personaje de carne y hueso, sino para una marioneta; un títere muy bien manejado e interpretado por Nines Hernández que termina por adquirir una presencia tan real como cualquier otro de los personajes.

Foto: Cultura Navarra
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La dama duende

la dama duende

Poltergeist barroco

Obra: La dama duende. Autor: Pedro Calderón de la Barca. Dirección: Miguel Narros. Intérpretes: Chema León, Iván Hermes, Diana Palazón, Mona Martínez, Marcial Álvarez, Emilio Gómez, Eva Marciel, Paloma Montero, Antonio Escribano. Lugar y fecha: Escenario de La Cava, Olite. 24/07/2013. Público: rozando el lleno.

Creo que es de justicia comenzar un comentario sobre este montaje de La dama duende dedicando unas palabras de homenaje a su director, el recientemente fallecido Miguel Narros. Hombre de teatro hasta la médula, Narros hizo su definitivo mutis de la escena a los pocos días del estreno de esta obra de Calderón, pudiendo considerarse así prácticamente como el trabajo póstumo del realizador madrileño. A lo largo de sus casi sesenta años de dedicación a la profesión, Narros tocó la mayoría de los palos teatrales, aunque en su currículum destaca su intensa dedicación al clásico. La dama duende guarda muchas de las señas de identidad de Miguel Narros, como son una brillante dirección de actores, una cuidada presentación de vestuario y escenografía, y un ansia constante por insuflar energía y dinamismo a cada momento de la obra. No me agrada tener que señalar, no obstante, que hay cosas en esta versión que no terminan de rodar a plena satisfacción, y que tal vez Narros, de haber podido ver su evolución, habría ido corrigiendo al correr de las funciones.

La dama duende entra dentro del género de la comedia de capa y espada, con sus lances amorosos, sus galanteos y su fulgir de aceros a la menor diferencia. Calderón le incorporó, además, un divertido recurso: un pasadizo que comunica dos estancias, la de Doña Ángela y la de Don Manuel, el caballero del que la primera se ha prendado y que está hospedado en su casa merced a su amistad con el hermano de la dama. No es un ingenio inédito: me acuerdo, al menos, de haber visto algo más o menos similar en la excelente versión de Todo es enredos Amor, de Diego de Figueroa, que la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico llevó a escena hace un par de años. Pero, en La dama duende, Calderón le da el atractivo matiz de lo misterioso, al hacer que Don Manuel y su criado no alcancen a comprender el origen de las extrañas visitas que realiza a su cuarto algún ente desconocido cuya naturaleza creen sobrenatural. Esto le sirve a Calderón para construir la obra sobre una serie de encuentros y desencuentros en la tercera fase, por así decir, entre Doña Ángela y Don Manuel, a los que el matiz de lo prodigioso dota a priori de un montón de posibilidades de enredo, hasta desembocar en el consabido bodorrio final. Eso sí, tal vez le falten al argumento algunos otros incentivos, obstáculos de más fuste que muevan la acción por senderos inesperados y reaviven el interés. Creo que llega un momento en que el tema del pasadizo se agota y lastra la trama. Los fantasmas son incorpóreos y el montaje termina por acumular demasiado volumen y peso. Un poco de poda no le habría venido mal.

Por otra parte, creo que hay momentos en los que la compañía confunde el enredo con el barullo. Bien está que los personajes anden perplejos sobre el modo en que la enigmática dama o duende accede a las dependencias de Don Manuel, pero no creo que ese desconcierto haya que trasladarlo al espectador. Bastante es que haya una entrada secreta como para que los personajes accedan a la escena por lugares donde supuestamente no hay puerta alguna. O tal vez yo me perdí. De hecho, hay alguna escena en la que no sabría decir con certeza en qué lugar se encuentran los protagonistas. La magia del teatro se vio también un tanto comprometida en la función de Olite por la exposición (total o parcial) de los tramoyistas en un par de ocasiones durante la acción. No fue el día más afortunado para la compañía, desde luego.

He destacado al principio el trabajo de Narros con los actores. Aquí sí que creo que el resultado es al menos satisfactorio. A veces, eso sí, me satura un tanto el barroquismo del movimiento, que obliga a los intérpretes a contorsiones y posturas inverosímiles o a saltar sobre el mobiliario para alcanzar una puerta. Pero poco tengo que alegar a la labor actoral, especialmente la de la pareja protagonista, Doña Ángela (Diana Palazón) y Don Manuel (Chema León), ni tampoco a la de sus respectivos criados, Cosme (Iván Hermes) e Isabel (Mona Martínez). Los dos primeros logran transmitir la necesaria sensación de tensión amorosa en sus encuentros, mientras que la pareja de sirvientes borda con humor sus parlamentos. Correctos me resultaron también Emilio Gómez (Don Juan) y Eva Marciel (Doña Beatriz). Más escamado me dejó la labor de Marcial Álvarez para dar vida a su Don Luis, un personaje de cuyas reacciones no logré captar a veces el sentido.

Foto: Cultura Navarra

La venganza de Don Mendo

DON-MENDO

Venganza en la granja

Obra: La venganza de Don Mendo. Autor: Pedro Muñoz Seca. Adaptación y dirección: Ángel Calvente. Actores manipuladores: David García-Intriago, Susana Fernández, Monti Cruz, Noé Lifona y Susana Almahano. Lugar y fecha: Escenario de La Cava, Olite. 23/07/13. Público: rozando el lleno.

Pasando por alto su ambientación medieval, me pregunto, seguramente sin mucho sentido, si La venganza de Don Mendo entra dentro de los límites del concepto de teatro clásico. Hombre, le faltan cinco añitos para cumplir el siglo, lo cual es una edad respetable, aunque tal vez la contrastada elasticidad del concepto de clásico pudiera no dar para tanto si nos ponemos puristas. Sin embargo, como parodia de los dramas históricos románticos, es un fiel reflejo de sus formas y argumentos y, en ese sentido, podríamos entenderla tan clásica como ellos.

Claro que La venganza de Don Mendo entraría también dentro de lo que suele etiquetarse como clásicos contemporáneos: obras más o menos recientes (tomando también este calificativo con criterios elásticos) destinadas a prevalecer en el futuro como un modelo de su género. Leo que la obra maestra de Muñoz Seca es el cuarto texto más representado en España después del Tenorio, Fuenteovejuna y La vida es sueño. El primer puesto será probablemente indesbancable, pero no apostaría a que, con el tiempo, no pudieran darse variaciones en ese podio. Y pese al largo historial de representaciones, resulta casi paradójico que La venganza de Don Mendo se ponga en escena siempre de modo tan fiel, ahora que está tan de moda renovar (algunos dirán que subvertir) el modo de presentar a los clásicos. Tal vez un modo distinto de acercarse a esta obra podría suponer una nueva vuelta de tuerca a la parodia. Aquí lo dejo apuntado.

El Espejo Negro aporta un modo creo que inédito de presentar la pieza. La compañía malagueña, especializada en el teatro de títeres, se ha llevado el texto a su terreno. Y por cuanto las propias marionetas son en sí una caricatura de lo humano, parece un formato coherente para presentar una historia que lleva en su ADN la deformación humorística. También para añadir elementos a una obra que tan bien acepta (y casi demanda) interpolaciones y anacronismos. Algunos funcionan estupendamente y refuerzan la comicidad del argumento. Otras me dejan un poco más escéptico.

El Espejo Negro no se queda solo en las habituales referencias que el texto hace a las cornamentas de los personajes, sino que aprovecha la versatilidad formal de los títeres para transformar la corte de Alfonso VII en una suerte de granja, en la que Don Nuño Manso del Jarama y Don Pero, el conde de Toro, además de sus apellidos y títulos, comparten rasgos faciales con las respectivas especies vacunas; el propio Don Mendo hereda de su marquesado de Cabra cara y dicción caprinas; y Magdalena parece inspirarse en una versión medieval y desglamourizada de la Peggy de los Teleñecos. Completa la animalización un perro, personaje introducido por la compañía, que hace funciones de narrador en algunos momentos, además de presentar y cerrar la obra con un prólogo y un breve epílogo que me resultan innecesarios. En otro animal, pero esta vez de escenario, transforman al juglar Bertoldino, al que caracterizan como Raphael (Raphaelindo le bautizan). Su intepretación de Mi gran noche y de La canción del trabajo casi hace olvidar que se haya podado de su texto la historia de los cuatro hermanos Quiñones. Y la transformación del buen abad Don David en Darth Vader también queda resultona.

En el otro lado de la balanza, pondría que, pese a la encomiable labor de los cinco manejadores para dar vida a todo el catálogo de personajes de la comedia, hay momentos en los que la acción, si no emborronada, sí me resulta un tanto deslucida. En la escena de la cueva, por ejemplo, a mi parecer se pierden algunas de las posibilidades que en el juego de entradas y salidas les darían unos intérpretes de carne y hueso. Y las marionetas tienen también una evidente limitación en la comicidad gestual. No obstante, el humor de La venganza de Don Mendo reposa sobre todo en los versos de Muñoz Seca, y estos, recortes aparte, están y están bien dichos. Una pieza más, y bien digna, sobre la que cimentar “la perduranza de la vengaza de Don Mendo”.

Foto: de la web de la compañía.

Siglo de Oro, siglo de ahora

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Siglo de Oro: Voto a Dios que me espanta esta grandeza…

Ya ha llovido

Obra: Siglo de oro, siglo de ahora (Folía). Compañía: Ron Lalá. Texto y música: Ron Lalá. Dirección: Yayo Cáceres. Intérpretes: Juan Cañas, Íñigo Echevarría, Miguel Magdalena Perilla de la Villa, Daniel Rovalher Boli, Álvaro Tato. Lugar y fecha: escenario de La Cava (Olite), 19/07/13. Público: tres cuartos de entrada.

Ya ha llovido desde aquel siglo llamado de Oro. Cuando amainó, el chaparrón de riqueza y gloria procedente de las Indias dejó un solar enfangado donde han estado chapoteando las generaciones que nos han precedido. En un tiempo más cercano, alguien debió de tener la idea de cocer ese barro para hacer ladrillos. Y de nuevo cayeron del cielo los dineros, antes maravedíes, ahora euros. Ya ha escampado. Y en el lodazal resultante, Ron Lalá ha buscado en los charcos el reflejo de la España del siglo veintiuno para descubrir que guarda bastante parecido con aquella del diecisiete: Siglo de Oro, siglo de ahora.

Ron Lalá, compañía especializada en un teatro que amalgama música y humor, abre el Festival de Teatro Clásico de Olite con esta pieza que han subtitulado Folía. O “folla” que, aunque de sonoridad menos fina, es la voz que recoge el diccionario de la RAE para designar una diversión teatral en la que se mezclan piezas breves de comedia y canciones. Es decir, un popurrí de aquellos géneros, como los entremeses, las loas, las jácaras y otros, que se han considerado menores en la producción teatral áurea. Dentro de esa aparente pequeñez, Ron Lalá se estira como un gigante para apoyar un pie en las formas teatrales del Barroco y el otro, en la actualidad más rabiosa (y rabiante) con la que llenan de contenido los versos de sus composiciones.

Ambos siglos se dan la mano de modo evidente en piezas como Discurso, en la que un funcionario de los Austrias y un politicastro actual de cargo kilométrico e irrepetible se suben al estrado para, en paralelo, soltar al respetable una perorata sobre las estrecheces de sus respectivas épocas y los tiempos futuros en los que volverán a florecer los brotes verdes. Es más pesimista que un informe de perspectivas del FMI, pero incomparablemente más divertida. Desde luego, cualquier mal tiempo puede afrontarse con buena cara cuando se examina a la luz del ingenio del que hacen gala Ron Lalá en prácticamente todos los números del espectáculo. No encuentro casi ningún momento en el que afloje algo la tormenta de (buenas) ideas con la que deleitan al personal durante hora y media. Si acaso, el Entremés de los autores, en el que Hamlet y el Quijote emparejan su destino con los escritores de su elección, después de que un capricho de las musas entrecruzara su nacimiento. Tal vez no se le saque todo el jugo a un punto de partida lleno de posibilidades. Eso sí, la ejecución resulta impecable, llena de ritmo y precisión dramática, como el resto de los sketches del montaje.

Sobre la mayoría de los entremeses de Siglo de Oro, siglo de ahora planea una intención satírica que los conecta con algunos escritos cervantinos o, especialmente, de un Quevedo que podría estar dando ánimos a los actores entre cajas. Pienso especialmente en la Jácara sacramental de la partida final, un auto alegórico en el que cuatro personajes que representan al Dinero (Don Parné), a la Justicia (Doña Justina), a la Guerra (Don Peleón) y al Sexo (Don Sexote), se juegan el dominio del mundo a diversos juegos de azar. Gana la Justicia, pero el Dinero poderoso caballero es para amañar resultados y comprar voluntades. De parecida mordacidad es el Entremés del sastre, por el que desfilan diversos personajes para satisfacer sus pretensiones íntimas mediante el retoque de su estilismo. Una visión irónica sobre la importancia de la apariencia, aderezada con un atinadísimo empleo del recurso de los apartes. Más momentos brillantes: como buenos cómicos, Ron Lalá se preocupa especialmente de la precaria situación del teatro en su Loa a Talía; y en Nihil obstat, de los riesgos de la autocensura de los artistas para sobrevivir a las posibles suspicacias de los poderosos.

Me dejo cosas, pero es que cada número de esta obra daría para un comentario: el graciosísimo uso del verso ecoico, una figura de notable solera clásica, en el Entremés del eco eco; o la traca de versos, áureos y contemporáneos (de nuevo esa unión de ambas orillas temporales), con la que se cierra esa pieza; o el fin de fiesta en el que un remedo de los tercios imperiales aúna a Lope con el flamenco. En fin, un diluvio de agudeza con el que sobrellevar el sofoco de estos tiempos. Llovió también en Olite, por cierto, pero tampoco ese (relativo) mal tiempo hizo torcer el gesto de un público entregado.

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Siglo de ahora: …Fuesen y no hubo nada. (O sí.)
 
Fotos: David Ruiz (de la web de la compañía) y Olga Goñi.

Voces y silencios. Pamplona 7 de julio de 2008. Fotos

La crítica, aquí: https://oscurofinal.wordpress.com/2013/07/07/voces-y-silencios-pamplona-7-de-julio-de-2008/

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Voces y silencios. Pamplona, 7 de julio de 2008

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Calle y no calle

Obra: Voces y silencios. Pamplona, 7 de julio de 2008. Idea original, producción, dirección artística y vestuario: Sandra Arróniz. Co-dirección y coreografía: Marie-Gabriele Rotie. Intérpretes: Sally E. Dean, Maddi Barber, Julio Terrazas, Maeva Lamoliere, Irantzu Sánchez, Garazi San Martín, Maider Araguas, Luna Pérez Visairas, Leti Galeano. Lugar y fecha: varias calles del Casco Viejo de Pamplona. 3/07/2013.

Muchísima gente se reunió para asistir a Voces y silencios. Pamplona, 7 de julio de 2008, la obra de teatro creada por Sandra Arróniz como homenaje a Nagore Laffage. Más gente de la que esperaba, lo confieso. Me alegra en estos casos equivocarme para bien. Cuando pienso que estuvimos a punto de quedarnos sin este montaje me invade una amarga desolación. Benévolamente, quiero pensar que se debió solo a la ignorancia de alguna mente obtusa. No me gustaría equivocarme para mal.

Voces y silencios nació en 2010 como proyecto de Sandra Arróniz para el Máster de Diseño de Vestuario de la London College of Fashion. Posteriormente, ganó con él, en la categoría de Artes Escénicas, los Encuentros de Jóvenes Artistas de 2012, organizados por el Instituto Navarro de la Juventud. En ese momento, la pieza constaba de una sola escena de unos diez minutos, que combinaba el dramatismo de la interpretación con la singularidad del trabajo de vestuario: su parte más llamativa era una especie de megáfono o bocina gigantesca que parecía estar unida a la boca de la actriz, como un modo de amplificar un simbólico grito de agonía. El elemento tenía también otras aplicaciones dentro de la representación. En fin, no voy a entrar ahora en eso. Lo comento porque me parece relevante que la pieza pivotara sobre el vestuario, un elemento al que suele prestársele solo una atención secundaria y que Arróniz ponía en primer plano.

Y lo digo también por otro aspecto en el que muchas veces no reparamos demasiado: el espacio de representación. En aquel momento, Pamplona, 7 de julio de 2008 se presentó como una performance en una sala. La artista ha decidido ampliar la obra y, de manera muy significativa, sacarla a la calle. Tiene mucho sentido. O por mejor decir, le añade otro sentido: el crimen contra Nagore sucedió en un espacio cerrado, privado; pero, a la vez, en medio de una de las celebraciones más universales del mundo. De algún modo pasó a la vista de todos y todos hablamos durante esos días del suceso como algo que nos concernía comunitariamente. Sacarlo a la calle le devuelve ese carácter público.

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También acarrea consecuencias sobre la propia obra. En una sala, el eje de la atención se encuentra en la acción representada, y el espectador experimenta esa representación como una vivencia personal. En la calle, el propio público se pone en un primer plano, es parte de la obra, y esta se vive como una experiencia colectiva. En la función de Voces y silencios, sentí esto precisamente con el silencio de la multitud en la escena representada en la plaza Consistorial (muy significativamente entre las estatuas de la Justicia y la Templanza), solo roto por el golpeteo de un tambor y el repique de las campanas de San Saturnino, que parecía hecho de encargo.

Pesa a que lo simbólico de las acciones obliga a abordar Voces y silencios con un enfoque cerebral, la obra contiene momentos muy emotivos. De hecho, me parece que tienen más carga pasajes más sugerentes o interpretables que otros más obvios, como el momento en el que el personaje de Yllanes se riega en vino o su paroxismo en la escena inicial. Me llega mucho más la turbadora presencia de esa figura enlutada de los pies a más allá de la cabeza, hasta la punta de algo así como una estratosférica peineta de metro y medio de altura. Una figura que desplegará luego su ropaje para acoger a parte del público, que, de este modo, acompaña físicamente el duelo. O los misteriosos personajes coronados por un halo, que cubren sus brillantes ropajes con una especie de velo y que la autora identifica como “Los que intentan silenciar”. Un fantástico trabajo de vestuario, complementado también con el sonido, especialmente el violín en la plaza del Castillo y la voz de una cantante de ópera en la escena final en el callejón. Me parece imprescindible que haya nuevas representaciones de esta muy interesante propuesta teatral. Y aunque el contacto con el público es consustancial a este montaje, me gustaría verlo adaptado también a un espacio cerrado, donde creo que los sonidos y algunas acciones de los personajes ganarían en relevancia.

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Campanadas de boda

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Saludables excesos

Obra: Campanadas de boda. Compañía: La Cubana. Guión y dirección: Jordi Millán. Intérpretes: Xavi Tena, Toni Torres, Maria Garrido, Meritxell Duró, Anabel Totusaus, Alexandra Gonzàlez, Babeth Ripoll, Bernat Cot, Montse Amat, Oriol Burés, Àlex Esteve, Ramón Rey. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, del 27 de junio al 13 de julio de 2013. Público: dos tercios de la sala (en la función del 27).

¿Casi veinte funciones seguidas de un mismo espectáculo en el Gayarre? Pues así, a bote pronto, parece un exceso. Pero, de vez en cuando, los excesos son buenos. En Pamplona sabemos de eso: son trescientos cincuenta y pico días de contención entre un desparrame sanferminero y el siguiente, pero, desde el seis a las doce hasta las doce del catorce, que nos echen un galgo. Las bodas también son una magnífica oportunidad para el exceso tolerado: una ocasión en la que tirar la casa por la ventana no solo está bien visto sino que es casi socialmente obligado. La Cubana, también excesivos ellos, han encontrado en el universo temático nupcial un filón del que extraer un buen número de lugares comunes que les sirvan para componer su último espectáculo, Campanadas de boda. Hasta el día 13 de julio, se han montado sus particulares Sanfermines en el escenario de la avenida Carlos III. Ver este montaje durante las fiestas pamplonesas es algo así como el exceso del exceso, una sobredosis de superabundancia. Pero una vez al año no hace daño, dicen.

Las bodas tienen algo de teatral. Es una ceremonia, como seguramente en origen lo era el teatro, y en cierto modo lo sigue siendo: un conjunto de ritos, una escenificación pública, un reparto de roles, un vestuario específico. La Cubana ha recogido estos elementos y les ha impreso su sello característico. Campanadas de boda tiene los rasgos habituales de los espectáculos de la compañía catalana, fundamentalmente esa mezcla de humor con canciones hasta formar algo así como un género híbrido entre la revista y la comedia de situación. Como “vodevil costumbrista” han definido esta última producción, y le va bien la etiqueta. Añadámosle esa interacción con el espectador, llevada al máximo en montajes como La tempestad o Cubana maratón dancing, y la ruptura de la cuarta pared o su ampliación mediante la interacción con imágenes proyectadas. Ese era el rasgo dominante en Cegada de amor, y, aunque en menor dosis, lo tenemos también aquí con una conexión con Bombay para la celebración de una boda por poderes.

La impresión general al ver Campanadas de boda es una cierta sensación de exceso: en el movimiento de las entradas y las salidas, en el volumen de la voz de los actores, y hasta en los colores del vestuario y la escenografía, diseñados con la saturación como objetivo. La Cubana adapta el espectáculo al lugar de cada representación y lo llena de referencias locales. Pero no solo eso: hasta los actores disfrazan su hablar con el acento y expresiones de la tierra de un modo tan marcado que a uno le parece asistir al nacimiento del überPTV. Y, sobre todo, hay una veneración de lo kitsch, de la exageración burlesca de lo cotidiano. Sin embargo, La Cubana se apaña para ser precisa en la desmesura, para que toda esa barahúnda aparente se condense en una pieza de relojería teatral, donde el ritmo no desfallece un instante y se logra un estado de atención permanente y una sensación de sorpresa siempre acechante. Campanadas de boda puede ser un canto a lo excesivo, pero de vez en cuando también hay que darle una alegría al cuerpo.

Foto: de la web de la compañía.