No se elige ser un héroe

heroe_522

La fórmula secreta

 Obra: No se elige ser un héroe. Autor: David Desola. Dirección: Roberto Cerdá. Intérpretes: Juanjo Artero, Carmen Ruiz, Natalia Roig, Patxi Freytez, Xisca Durán. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 23/08/13. Público: media sala.

La puesta en escena de No se elige ser un héroe está pensada para producir una sensación de intranquilidad al primer golpe de vista: un amplio cuadrilátero inclinado unos diez o quince grados, abismándose hacia el proscenio. Para el espectador, una visión perturbadora; para los intérpretes, una probable dificultad añadida a su trabajo: intuyo que no ha tenido que ser cómodo acostumbrarse a moverse por ese territorio desnivelado. Pero el efecto está logrado: si la obra fuera un vaso colmado de Coca-Cola, las palabras rebosarían por el borde, salpicando de emociones al respetable. Este particular  espacio representa la terraza de una casa junto al mar, el lugar donde tiene lugar la acción de un drama familiar edulcorado con toques de humor, con burbujas de misterio y una pizca de saborizantes sobrenaturales.

Una familia se reúne al año de la muerte de su padre, fallecido al salvar a una niña de ahogarse. La Coca-Cola les ha propuesto un buen pellizco por utilizar un vídeo en el que se ve al finado en plena operación de socorro, finalizado por un eslogan sugerente: “No se elige ser un héroe”. Un negocio claro para la calculadora Luz (Carmen Ruiz); una buena oportunidad para Cristina (Natalia Roig), madre abnegada y necesitada; pero una oferta innecesaria para el acomodado Ernesto (Patxi Freytez); y no digamos para Ramón (Juanjo Artero), para el que el ofrecimiento, dice, es una traición a los principios comunistas de su padre;  tampoco es plato de gusto de Mirta (Xisca Durán), una joven misteriosa, solo medio hermana de los anteriores, que tiene además el don de comunicarse con el muerto. El negocio tiene que ser aceptado por mayoría de los hermanos, y la consiguiente disputa para atraerse voluntades es el motor de la pieza.

El punto de partida resulta interesante: un (des)encuentro familiar, terreno abonado para que afloren viejos rencores que han permanecido ocultos como raíces retorcidas, absorbiendo rencor del sustrato de la infancia. De fondo, la pugna entre la moral y el rédito económico. Un material a priori prometedor, cafeína para la atención del espectador, aunque finalmente sus efectos no resulten tan estimulantes. La Coca-Cola basa su éxito (en teoría) en una fórmula secreta guardada bajo siete llaves. ¿Hay también una fórmula para que una buena idea se convierta en un material dramático de primera? Pues, hombre, como suele decirse, si lo supiera iba a estar yo aquí. Pero sí que aprecio cosas que me parece que no funcionan y que terminan por hacer que la obra pierda el gas. Para empezar, no termino de ver la necesidad de partir la obra en escenas sin que haya un cambio de espacio y el de tiempo sea apenas apreciable. Creo que la intensidad se resiente notablemente. Me da la sensación también de que el desarrollo de la trama se estanca. Las posturas de los personajes se nos anuncian desde el principio y permanecen inmóviles casi hasta el final. La acción no fluye y las situaciones terminan por parecerme repetitivas. Planea sobre el conflicto la sombra de un misterio, pero se vislumbra su contorno con tanta claridad que, cuando finalmente se desvela, el efecto queda diluido.

No se elige ser un héroe se apoya en un digno equipo interpretativo. Me gustó especialmente Natalia Roig, en el papel de la pusilánime Cristina. También es cierto que todos los personajes son excesivamente monolíticos y algo estereotipados, sin mucha posibilidad de buscarles dobleces y ambigüedades que habrían beneficiado seguramente a la historia. Y me temo que los actores tienen que pelearse con unos diálogos que parecen a veces más pensados para la lectura que para la interpretación.

Foto: Pedro Díaz
Anuncios