Para no perderse: “Transición”, en el Teatro Gayarre

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Vi “Transición” en Madrid, en el María Guerrero, antes del verano. Fui porque me la recomendaron, pese a que ni la sinopsis ni el tráiler que encontré en la página del Centro Dramático Nacional me auguraban nada bueno. La sinopsis argumental: “Un paciente llamado Adolfo es ingresado en una clínica. Convencido de que pudo ser el presidente del Gobierno, recreará los principales episodios históricos de la Transición y su repercusión en nuestra realidad actual”. Uf. El tráiler: varios recortes de escenas excesivamente discursivas y tópicas, con algunos toques de humor que me parecieron ramploncillos, aderezados con canciones de la época, “Rock & roll en la plaza del pueblo”, de Tequila, y “Mi querida España”,  de Cecilia. Si llega a salir “Libertad sin ira” mando las recomendaciones al cuerno y me voy al cine. Afortunadamente, no lo hice. A veces, hay que fiarse de las recomendaciones de los conocidos y desconfiar de la información que encontramos en las páginas oficiales. La excusa argumental del paciente ingresado en el sanatorio, que, al leerla, me hizo enarcar ambas cejas alternativamente, me pareció que funcionaba divinamente, saltando de la realidad de la clínica a los recuerdos del pasado de ese Adolfo que se erige en protagonista de la función. La parte histórica, que me temía complaciente, no me lo resultó tanto. Supongo que una revisión de la Transición a estas alturas no puede ser tan benévola como nos la habrían querido vender hace diez años. Hay una serie de cosas discutibles, y un final un tanto melifluo, pero, con todo, creo que señalaría eso como un posible punto de partida para una discusión sobre el momento histórico antes que como un defecto de la función. Y hasta los momentos de humor me hicieron gracia en directo. Supongo que gran parte del mérito la tienen unos actores estupendos y una dirección que lleva todo a un ritmo trepidante. Bueno, y en realidad, a mí Cecilia me encanta. Y Tequila también, claro. Si os fiais de las recomendaciones, como yo hice, reservaría una entrada para este viernes día 8 en el Gayarre.

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Ploc, ploc… Plik!

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Ropa tendida

Obra: Ploc, ploc… Plik! Idea original, dramaturgia y dirección: Pasadas las 4. Intérpretes: Belén Otxotorena e Inmna Gurrea. Músicos: Francesca Di Nicola, Hélène Billard, Anthony Lafargue, Txus Eguílaz. Lugar y fecha: Casa de Cultura de Villava. 25 y 26/10/2013.

“Haber ropa tendida” es una expresión que suele (o solía: creo que ha caído un tanto en desuso) emplearse cuando no debe hablarse de un tema por haber en las inmediaciones alguien que no conviene que se entere del asunto. En el último espectáculo de Pasadas las 4, Ploc, ploc… Plik!, hay ropa tendida, pero en sentido literal: un tendal con varias prendas secándose ocupa la parte central del escenario. Tampoco se habla. Bueno, solo unas poquitas palabras; apenas tres o cuatro frases que acompañan la acción, que es lo que verdaderamente importa. Al contrario que en el dicho popular, si en este caso no se habla, no es porque trate de ocultarse algo. Si no hay palabras, es por dar prioridad a otra clase de sonidos: en primer lugar, el de la música, magníficamente interpretada por tres representantes de la Orquesta Sinfónica de Euskadi; y también el del agua, que se escurre metafóricamente de la ropa tendida, en un goteo que da lugar al onomatopéyico título y que constituye el eje temático de la función.

La propia compañía asegura que con Ploc, ploc… Plik! busca la comunicación con el público. Con un público muy especial, puesto que el espectáculo está dirigido a niños menores de tres años. Para captar su atención, la palabra es casi una herramienta de segundo orden. Se obtiene mejor respuesta con otros estímulos, y, a tenor del resultado observado, puede decirse que el grupo sabe sacar buen partido de esos procedimientos alternativos. Se avisa al inicio de la función que, en la medida de lo posible, se dé libertad a los niños para que puedan dejarse llevar por sus propias inclinaciones según lo que el espectáculo les sugiera, interactuando así con las intérpretes. Los niños son imprevisibles, desde luego, pero al final todo parece estar más medido de lo que esa premisa pueda hacer temer. El contacto con la respetable chiquillería se produce en momentos puntuales, cuando el hilo narrativo se ovilla para dar posibilidad al juego. Y las actrices se dan maña después para reconducir la situación.

Bueno, lo del hilo narrativo es casi un decir, pero algo hay. Una historia simple, pero efectiva, sobre la búsqueda de una escurridiza gota de agua, que sirve como excusa para hilvanar melodías y ritmos de diversas partes del mundo, que, a su vez, se aprovechan para ofrecer a los niños la posibilidad de jugar y, sobre todo, sentir la música. Seguramente, lo mejor de Ploc, ploc… Plik! es el buen gusto con el que está pensado y presentado, algo ya habitual en los espectáculos de la compañía. El acompañamiento musical es, como ya se ha mencionado antes, de primera categoría. Y la relevancia en el montaje de esta banda sonora, trascendental. Para esta versión completa del espectáculo, se han preparado unas preciosas adaptaciones para arpa, flauta y percusión de conocidas melodías que alternan lo clásico y lo popular. Hacen que el espectáculo pueda ser disfrutado por adultos casi tanto como por los niños. Para la versión reducida, se contará solo con la percusión. Esta tiene un papel preeminente en Ploc, ploc… Plik!, así que su esencia se mantendrá sin duda. Sin contar con que se contará con Txus Eguílaz, de cuyas habilidades como percusionista ya pudimos disfrutar no hace mucho con Majolie D.O.

El régimen del pienso

EL RÉGIMEN DEL PIENSO

Pienso, luego expiro

Obra: El régimen del pienso. Compañía: La Zaranda. Autor: Eusebio Calonge. Dirección: Paco el de la Zaranda. Intérpretes: Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez, Luis Enrique Bustos, Javier Semprún. Lugar y fecha: Escuela Navarra de Teatro, 27/10/2013. Público: dos tercios de entrada.

Las citas con La Zaranda habría que marcarlas en el calendario en rojo. O mejor, en negro: en negro fúnebre, en negro sombrío, trágico y zaino, en el negro crudo del humor negro. En el color que sea, no todos los días nos visita un Premio Nacional de Teatro, así que de algún modo habría que hacer ver que estas ocasiones son fiestas de guardar. Resulta un lujazo disfrutar de las personalísimas propuestas de la compañía jerezana. Un grupo con una voz y una estética propias: descarnadas, rasposas, a tono con los tiempos que vivimos, aunque La Zaranda los lleve viviendo hace ya treinta años. Suele compararse su estilo con el esperpento. Algo de este puede rastrearse en sus personajes despiadadamente deformados. No obstante, en El régimen del pienso, el espectáculo que nos traen ahora a la Escuela Navarra de Teatro, me parece encontrarme más con las máscaras expresionistas de Gutiérrez Solana, reflejo de una España negra a la que la crisis le está quitando la capa de enlucido. También hay sombras de Kafka en el via crucis del protagonista, un empleado de un criadero de cerdos que va recorriendo despachos para que alguien le dé razones de su fulminante despido. Y de Larra, al que se cita explícitamente con su “Vuelva usted mañana”. Y también las encuentro de Orwell, en esa humanización porcina (o porcinización humana) que constituye el eje argumental de la obra escrita por Eusebio Calonge.

Sobre El régimen del pienso planea la sombra de la muerte: la de los cerdos, víctimas de una extraña epidemia que diezma las pocilgas; y la de Martín (nombre obvio, tratándose de cerdos y de muertes), el oficinista despedido y único personaje del que se dice, aunque de pasada, cómo se llama. Esto le restituye un atisbo de humanidad en ese mundo en el que la compasión decrece cuando se trata de ganarse el pienso. Es mejor no pensar demasiado. Tampoco sentir mucho. La idea central se resume en una frase al principio de la obra: “Se matan entre ellos porque se les acaba el pienso; cuando les sobra, se matan solos; y al que está enfermo, lo matan entre todos”. Habla de los cerdos, pero es evidente que esa falta de falta de humanidad es más propia de los humanos.

Hubo algún momento en la función en el que temí que el discurso de El régimen del pienso pecara de excesivamente maniqueo. Hombre, puede que algo de esto haya. Los personajes no son precisamente sinuosos. Tienen más bien el carácter monolítico de los arquetipos, pero lo que se pretende mostrar es la epopeya trágica del marginado, y, en busca de ese propósito, la propuesta de La Zaranda es irreprochable. También lo es en la puesta en escena. La dirección de Paco el de la Zaranda echa mano de un hábil aprovechamiento de los mínimos recursos materiales para construir los espacios de esta oficina casi decimonónica: anaqueles metálicos, flexos de la era del pre-diseño, archivadores, sellos de caucho… Todo desprende un aroma a rancio, como de descomposición de un universo decrépito, pero todavía reconocible. Y a esto se le saca un espléndido partido teatral, transformando las estanterías en mesas, sean de oficina o de disección; o logrando una iluminación mortecina con la tenue luz de las bombillas de las lámparas. Con una sorna nada disimulada, en un momento del espectáculo se permiten incluso ironizar sobre los grandes espectáculos montados a golpe de subvención. La Zaranda demuestra que, para ser grandes, o al menos para sobrevivir tres décadas, creándose una legión de fieles, resulta más importante tener ideas: pensar es existir.

Fotografía: elregimendelpienso.blogspot.com

Telón

En noviembre de 1999 publiqué mi primera crítica de teatro en Diario de Noticias. Era sobre El florido pensil, en versión de la compañía Ttanttaka Teatroa (por cierto, que la casualidad ha querido que precisamente hoy, en el Festival de Teatro del Tercer Sector de Tafalla, otra compañía represente el mismo título). Desde aquella primera vez hasta hoy han transcurrido, por tanto, catorce años y calculo que unas seiscientas críticas más. Tiempo y dedicación suficientes para haber aprendido algo más que lo que sabía de teatro cuando empecé, pero sobre todo para tomar consciencia de lo mucho que todavía me queda por aprender. Si algo han conseguido estos catorce años es que las ganas por saber más se acrecienten. Así que eso es lo que espero hacer: seguir aprendiendo, pero a partir hoy como entusiasta espectador y no como dubitativo crítico. Vamos, que no voy a seguir publicando mis comentarios en las páginas del Diario de Noticias. En cuanto a este blog que inicié hace apenas medio año, espero seguir insuflándole vida de vez en cuando, aunque tal vez en algún otro formato que todavía tengo pendiente de definir. Bueno, ya lo iremos perfilando, también con tiempo y dedicación.

Hoy, víspera del Día de Difuntos, es la festividad pagana de Don Juan Tenorio. Se trata, por tanto, de una fecha muy teatral, amén del día idóneo para matar a un personaje. Que descanse en paz. Espero que, a diferencia de Don Juan, la memoria que deje no sea demasiado amarga, o que, al menos, no lo sea en todas partes. Muchas gracias a todos los que me habéis acompañado en este trayecto: compañeros del periódico, actores, directores, distribuidores, programadores, personal de las salas en general, tertulianos circunstanciales y amigos (categoría esta última en la que por fortuna entran muchos de los anteriores). De todos he tenido ocasión de aprender algo. Nos seguimos viendo en los teatros.