El sueño de una noche de verano

el sueño de una noche de verano

Engaños honestos

Obra: El sueño de una noche de verano. Autor: William Shakespeare. Compañía: Kilkarrak. Dirección: Ion Barbarin. Intérpretes: Raúl Urriza, Rakel Sampedro, Pedro Echávarri, Elsa Preciado, Pablo Lisarri, Ángel Hervás, Yolanda García, Cristina Lisarri, Javier Hernández, Ander Osés, Paola López, Carlos García, Judith López, Bárbara Zabalegui, Lucía Echávarri y Natalia Lisarri. Músicos: Iñaki Ainzua, Pantxo Cairo, Iker Txasko, Egoitz Zabalegui. Lugar y fecha: Escenario de La Cava de Olite. 29/07/14. Público: rozando el lleno.

Kilkarrak guarda en su baúl más de tres décadas de existencia, lo que lo convierte en uno de los grupos de teatro aficionado más longevos de nuestra comunidad. Quien ha dirigido el montaje que han presentado en el Festival de Olite, el actor y balarín Ion Barbarin, dio sus primeros pasos sobre las tablas en su seno. En el programa de mano, Barbarin hace una declaración de agradecimiento hacia la compañía que le alumbró como intérprete y le enseñó el amor por el teatro. Cuando comenzó a colaborar con el grupo estellés estaba, dice, en su preadolescencia (la mía vivía yo cuando el primer montaje de Kilkarrak; mejor no entrar a comprobar fechas). Y ya se sabe, los amores en esa edad son más intensos y difíciles de olvidar.

Amor, teatro y un punto de efervescencia adolescente contiene la obra de la que toca hablar: El sueño de una noche de verano, la archiconocida historia de Shakespeare. No por sabido el argumento resulta menos entretenido encontrarse de nuevo con los amoríos de Hermia, Lisandro, Helena y Demetrio, y perderse con ellos por el bosque de Atenas. Y ser cómplices de los embrollos causados por Puck, el duende travieso e irresponsable como un púber desenfrenado. El díscolo Puck, aunque obediente a la autoridad de Oberón, es quien desbarata los lazos que unen a los jóvenes amantes para anudarlos en un enredo no previsto. Aunque, finalmente, será también su magia la responsable de unirlos de modo que el asunto quede a satisfacción de todos y se alcance un desenlace feliz. Bueno, tal vez pueda interpretarse que está forzando un poco la voluntad de los enamorados, pero se trata de un engaño honesto. Como también lo es el propio teatro.

Los personajes comienzan y terminan su obra rompiendo la cuarta pared para mezclarse con el público, como si, de algún modo, también el engaño teatral quisiera participar de la realidad. Mientras, en la escena final, sobre el escenario, la troupe dirigida por Membrilla representa la fábula de Píramo y Tisbe. Engaño dentro del engaño que muestra una verdad: la de las cuitas de los actores para preparar sus montajes. Kilkarrak ha pretendido con esta ampliación de los límites de la escena convertir su espectáculo en algo dinámico y atractivo, a tono con el texto representado. Resulta una buena carta de presentación y una sugerente despedida, aunque en el arranque peligraran mis cervicales de tanto mirar a un punto y a otro de la grada. Se percibe la mano de Barbarin en esa huida permanente del estatismo. Intuyo que en parte por su formación como bailarín, todas las escenas tienen por detrás un cuidado trabajo de movimiento, algo que reclaman a gritos las intervenciones de Puck o la pelea entre Lisandro y Demetrio. Barbarin se lo proporciona y lo extiende al resto de la función. La propia compañía define el concepto de teatro de su director como “plástico”. Y le va bien. Yo al menos lo interpreto por el lado de la búsqueda estética. Hay un bonito trabajo de vestuario, fresco y colorido, adecuado para una obra ligera como esta. Y también contribuye al resultado final la música folk de Klof. Todo esto hace que el montaje tenga un envoltorio resultón y atractivo. A la música le puedo poner el pero, eso sí, de que no siempre ayuda al desarrollo de la acción. A esto también acompaña que las transiciones podrían ser más fluidas, y algunas réplicas y parlamentos, un pelín más veloces para procurar un mejor ritmo.

El trabajo de los actores es bueno. Como corresponde a un grupo con tan larga trayectoria, sus componentes demuestran tener oficio. Destacaría al cuarteto protagonista, especialmente a su parte femenina, Elsa Preciado (Hermia) y Yolanda García (Helena); la entrega demostrada por Lucía Echávarri en su encarnación de Puck; y el resultado conseguido con el sexteto de artesanos que ofrece la representación de Píramo y Tisbe.

Foto: Ricardo Galdeano
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Fuenteovejuna

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El silencio de las ovejas

Obra: Fuenteovejuna. Autor: Lope de Vega. Adaptación y dramaturgia: Rocío Bello. Compañía: José Estruch-RESAD. Dirección: Pedro Casas. Intérpretes: Ricardo Teva, Víctor Coso, Luis Sorolla, Salvador Bosch, Christian Vázquez, Iván Serrano, Alejandro Pau, María Llinares, Marta Cobos, Guillermo Muñoz, Paula Iwasaki, Cristina Bucero, Jesús Gago, Alberte Viveiro, Irene Calabuig. Lugar y fecha: Escenario de La Cava de Olite, 28/07/14. Público: rozando el lleno.

Iba a decir que corren malos tiempos para la gente que vive del teatro, pero no sé si alguna vez los ha habido buenos. Y menos para los nuevos intérpretes. Con unos índices galopantes de paro juvenil en cualquier sector, podemos imaginar que en uno en el que la precariedad resulta casi proverbial la situación ha de ser, en el mal sentido, dramática. Por eso cobran más valor iniciativas como la de la Asociación José Estruch, destinada a promocionar el aprendizaje continuado y la inserción laboral de los graduados de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD), sin duda el centro español de referencia para la formación de los profesionales de la escena. A través de la compañía homónima, la asociación lleva veinte años largos produciendo montajes de género clásico para ofrecer a los exalumnos una plataforma desde la que mostrar su talento. Una manera positiva de enfrentarse a una situación difícil.

Los montajes de la José Estruch se estrenan tradicionalmente en Almagro, el festival de clásico por excelencia (para mí, por delante del de Mérida). No son habituales del de Olite, aunque ya habían estado en alguna ocasión. Han traído este año su espectáculo más reciente, su versión del clásico de Lope, Fuenteovejuna. Una historia también de rebeliones (un tanto más violentas, eso sí), vista tradicionalmente también como ejemplo de solidaridad colectiva contra el poder. Leo que el nombre del pueblo cordobés sería originalmente el de Fuente Abejuna, y me da por pensar que el espíritu de colaboración de las abejas (y su agresividad ante los ataques) podría cuadrarle mejor a la historia lopesca que el instinto gregario del ganado. Esta versión, sin embargo, ofrece una mirada distinta. Siguiendo con la toponimia, veo que la oficial es Fuente Obejuna, y esa ambigüedad entre la b y la v me hace pensar que pueda no ser una errata la frase que aparece en el programa de mano: “Fuenteovejuna se revela”. No se rebela (o también), sino que asimismo se muestra de un modo distinto al comúnmente aceptado. En la obra de Lope, el pueblo se subleva contra los tiranos para aceptar la autoridad de unos soberanos más justos, los reyes. En la versión dirigida por Pedro Casas, solo se sustituye a unos gobernantes crueles por unos dirigentes de carnaval. Fuenteovejuna no lucha para hacerse dueña de su destino, sino que todos siguen girando en torno a un carrusel ovino en el que solo cambia el nombre del feriante.

Me resulta interesante y, por descontado, más actual el sentido que le da la versión de la compañía. No me lo parece tanto la forma en la que se muestra. Creo que para hacerlo comprensible no era necesario caricaturizar en tal grado a los personajes de los Reyes Católicos. Lo veo como un subrayado excesivo y, además, incoherente con el tono del resto del montaje, como si fuera un injerto de otra obra distinta. Es tan evidente que supongo que la dirección ha tenido que ser consciente de ello, así que entiendo que han tenido sus razones para mantenerlo así, pero a mí me chirría. Al resto de la puesta en escena poco tengo que oponerle. La dirección de Pedro Casas alterna bien los momentos de alegría y de brutalidad que tiene la obra, y hay ocasiones en las que la tensión casi se palpa, como en la escena en la que se retiene y fuerza a Jacinta. El famoso momento del “Todos a una” quedó un poco más deslucido, a mi parecer, no tanto por un casi irrelevante problema con el atrezo (bien resuelto, además), sino porque la organización de la escena y los vítores de los villanos ante el silencio de sus vecinos resultaban un tanto convencionales, teatralmente amañados.

El trabajo de los actores mantiene una buena línea media. Destacaría a una estupenda Paula Iwasaki, muy convincente en el papel de Laurencia, en todos sus registros. También a Jesús Gago, el alcalde de Fuenteovejuna, al que la igualdad en la edad ha obligado en convertir en hermano de la anterior en lugar de padre. Igualmente, a su antagonista, el perverso Fernán Gómez encarnado por Ricardo Teva. Y especialmente, a Christian Vázquez, que, con su papel del gracioso Mengo, se hace con cada escena en la que interviene.

En un lugar del Quijote

en un lugar del quijote

En un lugar del recuerdo

Obra: En un lugar del Quijote. Compañía: Ron Lalá. Versión: Ron Lalá. Dirección: Yayo Cácerres. Intérpretes: Juan Cañas, Íñigo Echevarría, Daniel Rovalher, Álvaro Tato, Miguel Magdalena. Lugar y fecha: Escenario de La Cava de Olite. 25/07/14. Público: lleno.

La del ocaso sería (o un pelín más tarde) cuando hace un año Ron Lalá puso el pie por vez primera en el Festival de Olite. Lo hicieron con Siglo de Oro, siglo de ahora, una función que, lejos de glorificar los oropeles de aquella centuria, centraba su mirada en el crepúsculo de la época imperial. Oscuridad en la que todavía permanecemos, según se desprendía del espectáculo, sin que se vea el resplandor del alba o, como se dice ahora, la luz al final de túnel. Siglo de Oro, siglo de ahora tenía un fondo satírico y unas formas ligeras y populares, aunque de resonancias deliberadamente clásicas: uso preponderante del verso, piezas breves (al estilo de las jácaras, las loas y otras composiciones) y una presencia fundamental de las canciones ejecutadas en directo.

Aquella obra dejó un inmejorable recuerdo, y supongo que eso tiene su eco en las gradas llenas del escenario de La Cava de Olite para ver la actual creación de la compañía. En un lugar del Quijote es de nuevo Ron Lalá: un espectáculo en el que la compañía vuelve a mirar atrás, hacia el clásico, se lo apropia y nos lo presenta en un envoltorio actual, pero intacto en su esencia. También permanecen inalteradas las señas ronlaleras: decir que “se apropian” del Quijote podría parecer un poco atrevido, pero en cierta manera es así. Es su Quijote, su mirada, sin traicionar el alma de la obra cervantina.

¿Representar el Quijote es posible? ¿Un tomazo, con perdón de la herejía, de un millar de páginas (según la edición) concentrado en poco más de hora y media? Pues sí. Ya se justifica la compañía, si tal cosa hiciera falta, en el epílogo de la representación, una divertida parodia cantada de las notas al pie con las que los eruditos suelen glosar los textos clásicos, amén de una irreverente mofa de la tradicional petición de clemencia al espectador: si alguien echa a faltar algún episodio de la obra, dicen, que la compre y que la lea. Pero resulta suficiente con ver el espectáculo para tomar consciencia de ese canto a la libertad y a la imaginación que es el Quijote; de cómo la ensoñación y la locura pueden vivificar una existencia destinada a la mediocridad, y de cómo puede preferirse la muerte a la cordura y a la monotonía de una vida sin aventura. Ese viaje literario está en las alforjas de Sancho, en la silla de Rocinante y en todos los recovecos de la función.

Ron Lalá superpone a la acción de la novela de Cervantes otro plano en el que vemos al autor creando su obra. Ambas líneas se cruzarán y se mezclarán, en un sube y baja de la realidad a la ficción y de lo imaginario a lo real, que se torna también así en invención. Los personajes del cura y del barbero acompañan a Cervantes para convertirse luego en su reflejo novelesco, y más tarde disfrazarse (y travestirse) para componer otras figuras de la obra. El propio escritor traspondrá también ese umbral de tinta y papel. ¿Es Quijote el que sueña e imagina o es el propio Cervantes? Autor y personaje compararán sus almas en un soliloquio en paralelo que los muestra no muy distintos uno del otro.

Ron Lalá funde todos estos materiales en un producto compacto y de brillantísima factura. Podríamos señalar su extraordinaria capacidad para dar continuidad a un espectáculo compuesto de escenas diversas y, como hemos dicho, planos distintos. Todo fluye a través de distintos mecanismos dramáticos sin que se noten, además, las costuras que empalman los retales. El espectáculo se desarrolla con una atractiva sensación de unidad y de ritmo. Contribuye de manera decisiva la gran labor de todos los intérpretes, profesionales con un extraordinario dominio tanto de la interpretación actoral como de la musical. Saltan sin ningún problema de la prosa al verso y de ahí a las canciones, con total naturalidad. Aparte del cierto en la síntesis de la obra cervantina, los textos creados por la propia compañía son de muy buena factura, y los pequeños guiños a la actualidad para provocar la risa están bien traídos y no pretenden convertirse en el principal mecanismo de la función. Si con Siglo de Oro, siglo de ahora se ganaron un lugar en nuestro recuerdo, este En un lugar del Quijote revalida ese carácter de espectáculo memorable.

Foto: Iñaki Porto

El pleito de Areúsa o Gallina vieja hace buen caldo

el pleito de areusa

Sopa de letras

Obra: El pleito de Areúsa o Gallina vieja hace buen caldo. Autor: L..e .. V.ga. Compañía: La Nave. Dirección: Miguel Munárriz. Intérpretes: Ricardo Romanos, Marta Juániz, Virginia Cervera, Ángel García. Lugar y fecha: Escenario de La Cava, Festival de Olite. 21/07/14. Público: dos tercios de entrada.

La compañía navarra La Nave presenta en el Festival de Teatro Clásico de Olite El pleito de Areúsa, subtitulada Gallina vieja hace buen caldo. Un título de resonancias clásicas que, sin embargo, no consta en ningún catálogo de literatura áurea. ¿La razón? Bueno, la han explicado los miembros de La Nave en la promoción del espectáculo, y figura también en el programa de mano: el texto es un hallazgo, un inédito encontrado en un desván de una casa de pueblo. Faltan, según nos dicen las primeras hojas y también las últimas. No obstante, en la primera página conservada, como si hubiera previsto esta pérdida, el autor consignó su nombre para mantener su memoria en el futuro. Sin embargo, el cruel destino ha querido jugarle una broma y arrebatarle la gloria o, al menos, hacer que la atribución de esta sea dudosa. Faltan letras: según La Nave, en el manuscrito, del nombre solo puede leerse “L..e .. V.ga”.

La obra comienza precisamente con uno de los actores (Ricardo Romanos) que se presenta como el jubilado profesor de literatura que halló los folios que han dado origen a la pieza. La explicación forma, por tanto, parte del propio espectáculo y su utilización fuera de este no es más que un pequeño y sugerente desbordamiento de la ficción, que se derrama de la olla donde se ha cocido este artilugio dramático para caer sobre el mantel de la realidad y mezclarse con su tejido. El texto de El pleito de Areúsa, sin principio ni final (casi sin planteamiento ni desenlace, todo nudo), queda enmarcado por el prólogo y el epílogo del personaje del profesor; un poco como una obra dentro de otra, o, más bien, como dos niveles de ficción dentro del mismo montaje.

La Areúsa del título es una referencia reconocible a otro libro, La Celestina. Una obra cuya filiación también ha sido objeto de controversia. Hoy parece establecido que su autor fue Fernando de Rojas, pero en su primera edición no constaba nombre alguno, y en la segunda, el propio De Rojas jugaba la carta de la ambigüedad, afirmando haber completado una historia que halló empezada. El recurso de compañía navarra acerca del autor  de su montaje resulta un deliberado reflejo paródico de La Celestina. Como lo es el conjunto de la pieza, por la que desfilan diversos personajes del clásico. Y curiosamente, a través de la parodia se llega también a una cierta lección moral, aunque distinta de la de su modelo. La obra redime a las prostitutas Areúsa y Elicia, mientras que representantes de la buena sociedad son presentados como venales y mentirosos.

El texto revela, por tanto, el saber literario de su progenitor, tanto por el juego de ambigüedades en la autoría como por el buen estilo en el que está escrito el libreto. Me pasa, no obstante que, si faltan letras en el autor, me sobran algunas en el texto. O por mejor decir, me faltan acciones. El planteamiento (el juicio a Areúsa y Elicia por el robo de unas gallinas, con el consiguiente desfile de testigos) es algo estático y daría más para un bocado rápido, un entremés, antes que para una pieza de noventa minutos. No hay mucha intriga, además, una vez que, tras el primer testimonio, queda claro que las dos meretrices son por entero inocentes.

Si la gallina vieja hace buen caldo, el perro viejo, que me perdone la expresión, de Miguel Munárriz ha de ingeniárselas para hacer buena sopa con estas letras. Donde el texto pierda fuelle, le aplica ritmo en las réplicas y dinamismo en la puesta en escena. Con criterio, con oficio de hombre de teatro. Tiene, además, pinches de categoría: Ricardo Romanos compone un buen alcalde y juez del pleito (aunque su justificación para mantener el libreto en escena suene endeble); Marta Juániz y Virginia Cervera son actrices más que solventes; y Ángel García hace gala de versatilidad en sus múltiples papeles. Creo, no obstante, que en la dirección de actores a veces se carga en exceso las tintas en busca de una comicidad que no siempre ofrece lo escrito. Creo que para el futuro habría que modular y matizar más unas interpretaciones un punto sobrecargadas.

Foto: Iban Aguinaga

La banda de Lázaro

La Banda de Lázaro, de La Cantera 4

La banda sonora del hambre

Obra: La banda de Lázaro. Compañía: La Cantera Producciones. Autor: dramaturgia de Antonio Serrano basada en el Lazarillo de Tormes. Dirección: Antonio Laguna. Intérprete: Pedro Miguel Martínez. Música: Banda Municipal de Olite. Lugar y fecha: Escenario de La Cava, Castillo de Olite. 18/07/14. Público: lleno.

España, años cuarenta. Lázaro González, actor y cantante, recorre los pueblos de la península para llevar el entretenimiento y la alegría, que tanto escasean y tanta falta hacen, y ahuyentar, aunque sea por un breve rato, los pesares y la miseria, que siempre sobreabundan y ahogan como la mala hierba los brotes verdes de esperanza. Lo hace, lo de entretener, cantando sus canciones y contando historias que diviertan a la concurrencia, aunque sus protagonistas no puedan presumir de tener una vida bienaventurada. Pero el mecanismo funciona siempre que la historia sea interesante y esté bien narrada. La materia prima es inmejorable: hecha la introducción del espectáculo, Lázaro González se despoja de su blanca americana de vocalista, se encasqueta un sombrero raído de alas torcidas, y queda ante el público como otro Lázaro; el nacido hace cinco siglos no en las orillas del Tormes, sino en el mismo río; aquel que también paseó su hambre y su desdicha por muchos pueblos de España: el inmortal Lazarillo.

Precisamente por ser inmortal, a nadie debería sorprender que el personaje haya pasado por todos los siglos que ha habido desde el de Oro hasta reaparecer mediado el XX. Ni, por la magia del teatro, que el espectador actual retroceda varias décadas hasta producirse el encuentro con aquel. Este último salto es producto de la convención del género y no requiere más labor. Pero el primero, el del personaje, tal vez sí que podría haberse explorado más desde un punto de vista textual. Quiero decir, que la identificación entre ambos Lázaros no va más allá de la coincidencia nominal. No hay un desarrollo narrativo de este punto de partida. El Lázaro moderno cuenta la peripecia de su tocayo antecesor, y queda a decisión del espectador la fusión de ambas figuras. No se da este ejercicio metaliterario (como sí sucede, por ejemplo, en el Ñaque, de Sanchis Sinisterra, que también podrá verse en este Festival de Olite), y tampoco pretendo decir que sea necesario. Simplemente, es una posibilidad no tanteada, aunque la obra pueda disfrutarse igualmente sin ella. Lo que sí me resulta más difícil de asumir son los discursos críticos con la situación social que el personaje de Lázaro González, el cantante, realiza para abrir y cerrar la pieza. Ni en broma podrían haberse dicho esas palabras en público en los años cuarenta. Por mucho que ese pretenda ser el mensaje de la función, rompen por completo la verosimilitud de la propuesta. Creo que un sermón laudatorio en el que pueda  detectarse una intención irónica habría resultado más propio del momento y habría cumplido igualmente su misión.

Aparte de este pequeño punto negro, poco más puede reprocharse a La banda de Lázaro. Pedro Miguel Martínez es un actor avezado y todoterreno que sabe cómo desenvolverse en soledad sobre un escenario y dar vida al Lazarillo y a su cohorte de amos, amén de a otros personajes que pueblan las páginas de esta novela picaresca. Realiza una interpretación contenida, apuntando matices sin subrayados excesivos allí donde la situación lo requiere.

¿He dicho “en soledad”? Mal empleo esa expresión. Más bien lo hace bien acompañado: sobre el escenario, la Banda Municipal de Olite pone música a las desventuras de Lázaro, matizando melodiosamente los borborigmos de su estómago hambriento. Lo hace con las canciones que habría podido conformar el repertorio de una orquesta en la posguerra española, años también de hambre: Rascayú, La casita de papel, Angelitos negros. Canciones cuyas letras vienen además bien traídas por el relato de Lázaro (y cuando no, se adaptan con gusto, como en la versión de A la lima y al limón). Canciones tan conocidas como la propia historia del protagonista, que contribuyen a cimentar un espectáculo entretenido y bien presentado.

Fotografía: La Cantera Producciones

Se sale

THEHOLE

The hole

Obra: The Hole. Creación: Paco León, Yllana y Letsgo. Dirección artística: Yllana. Textos: Secun de la Rosa y Paco León. Intérpretes: Quequé, Marta Torres, Nacho Sánchez, Donet Collazo, Julio Bellido, Arantxa Fernández, Mónica Riba, Adrián García, Bruno Gulo, Alex Forriols, Toni Vallés, Dúo Flash y Abdulaeva Dilorm Dilya. Lugar y fecha: Tetro Gayarre, 2-13/07/14. Público: rozando el lleno (en la función del 2)

Los Sanfermines son para salir. Por las mañanas, por las tardes, por la noche, según el gusto (y las posibilidades) de cada cual.¿Entrar al teatro? Si nunca hay nada que merezca la pena.  Bueno, el año pasado el Gayarre se la jugó con La Cubana. Una apuesta de riesgo con casi una veintena de funciones que salió estupendamente. ¿Motivos? Una compañía conocida, un humor festivo y para todos los públicos, y, especialmente, un espectáculo de calidad que el boca a oreja contribuyó a consagrar como una alternativa de ocio para las tardes de la Fiesta. Este año, la sala pamplonesa redobla el envite con una propuesta en parte distinta, pero igualmente atractiva y que a buen seguro se verá beneficiada por el precedente del año pasado.

La calidad se le presupone. The hole se ha mantenido con éxito durante dos temporadas en la cartelera madrileña; la buena acogida ha motivado una secuela del espectáculo; y el montaje original sale ahora de gira con la intención confesa de “poner patas arriba” las ciudades por donde pasa. Casi literal: basta echar un ojo a la fachada del Gayarre estos días. Su campaña de promoción tiene un punto provocador que ha funcionado a completa satisfacción de sus productores. Esto será, no obstante, materia para la sociología. A mí me interesa más el eslogan que acompaña a sus anuncios: “Hay que estar en el agujero para salir del agujero”. Un lema ambiguo, adecuado para tiempos duros como estos; también con un matiz canalla, si se mira desde otro punto de vista. Como el pensamiento de un vividor que echase la vista atrás.

Esa es la ética de The hole: el punto frívolo, atrevido, de celebración de la vida hasta el último trago. La estética es la de un género que también ha habitado el agujero de la decadencia durante bastantes años y al que ahora iniciativas como esta y otras, como la de El Plata en Zaragoza, tratan de devolver el brillo perdido: el cabaret. Bueno, cabarets hay muchos y variados. The hole prescinde de recreaciones historicistas, bucea en el espíritu del género y crea un cabaret para este tiempo, aunando números musicales, momentos de circo, humor desvergonzado y, por supuesto, ciertas dosis de erotismo.

La cosa funciona muy bien. La presencia de Yllana en la creación del espectáculo es una garantía. Poca gente como ellos trabaja el humor entendido como espectáculo, la comicidad de cada detalle y, especialmente, el ritmo del conjunto. The hole está concebido para que no decaiga ni durante el descanso. Cada pieza deja paso a la siguiente sin tiempos muertos. Todo se sucede de forma natural, con el apoyo de la continuidad marcada por el Maestro de Ceremonias, Quequé en este montaje. Sus intervenciones, firmadas por un solvente escritor de comedia como Secun de la Rosa, son descaradas y divertidas. ¿Dónde está el límite entre el descaro y la vulgaridad? Pues seguramente donde uno quiera ponerlo. A mí me resultaron cómicamente irreprochables. Quequé centra la atención del espectáculo, pero habrá que destacar también las canciones a capela de Los Mayordomos: un repertorio popular y resultón, soberbiamente interpretado. En los números de circo, tal vez haya una sobrepresencia de los números aéreos, aunque sí que es cierto que resultan espectaculares en este recinto y que estaban soberbiamente ejecutados. Los de Las Supernenas fueron extraordinarios, así como el de Donet Collazo. El Pony Loco le inyecta el punto de locura y provocación a su parte. Y Abdulaeva Dilorom, presentada como una oronda Marilyn de Botero, hace que el suyo resulte especial. Tal vez no tan lucidas resultaron las acrobacias en suelo del Dúo Flash. En cualquier caso, todo el conjunto funciona como un mecanismo de relojería. En Sanfermines, esto se sale.

Fotografía: http://www.theholeshow.com/web/