Para no perderse: “Transición”, en el Teatro Gayarre

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Vi “Transición” en Madrid, en el María Guerrero, antes del verano. Fui porque me la recomendaron, pese a que ni la sinopsis ni el tráiler que encontré en la página del Centro Dramático Nacional me auguraban nada bueno. La sinopsis argumental: “Un paciente llamado Adolfo es ingresado en una clínica. Convencido de que pudo ser el presidente del Gobierno, recreará los principales episodios históricos de la Transición y su repercusión en nuestra realidad actual”. Uf. El tráiler: varios recortes de escenas excesivamente discursivas y tópicas, con algunos toques de humor que me parecieron ramploncillos, aderezados con canciones de la época, “Rock & roll en la plaza del pueblo”, de Tequila, y “Mi querida España”,  de Cecilia. Si llega a salir “Libertad sin ira” mando las recomendaciones al cuerno y me voy al cine. Afortunadamente, no lo hice. A veces, hay que fiarse de las recomendaciones de los conocidos y desconfiar de la información que encontramos en las páginas oficiales. La excusa argumental del paciente ingresado en el sanatorio, que, al leerla, me hizo enarcar ambas cejas alternativamente, me pareció que funcionaba divinamente, saltando de la realidad de la clínica a los recuerdos del pasado de ese Adolfo que se erige en protagonista de la función. La parte histórica, que me temía complaciente, no me lo resultó tanto. Supongo que una revisión de la Transición a estas alturas no puede ser tan benévola como nos la habrían querido vender hace diez años. Hay una serie de cosas discutibles, y un final un tanto melifluo, pero, con todo, creo que señalaría eso como un posible punto de partida para una discusión sobre el momento histórico antes que como un defecto de la función. Y hasta los momentos de humor me hicieron gracia en directo. Supongo que gran parte del mérito la tienen unos actores estupendos y una dirección que lleva todo a un ritmo trepidante. Bueno, y en realidad, a mí Cecilia me encanta. Y Tequila también, claro. Si os fiais de las recomendaciones, como yo hice, reservaría una entrada para este viernes día 8 en el Gayarre.

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Ploc, ploc… Plik!

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Ropa tendida

Obra: Ploc, ploc… Plik! Idea original, dramaturgia y dirección: Pasadas las 4. Intérpretes: Belén Otxotorena e Inmna Gurrea. Músicos: Francesca Di Nicola, Hélène Billard, Anthony Lafargue, Txus Eguílaz. Lugar y fecha: Casa de Cultura de Villava. 25 y 26/10/2013.

“Haber ropa tendida” es una expresión que suele (o solía: creo que ha caído un tanto en desuso) emplearse cuando no debe hablarse de un tema por haber en las inmediaciones alguien que no conviene que se entere del asunto. En el último espectáculo de Pasadas las 4, Ploc, ploc… Plik!, hay ropa tendida, pero en sentido literal: un tendal con varias prendas secándose ocupa la parte central del escenario. Tampoco se habla. Bueno, solo unas poquitas palabras; apenas tres o cuatro frases que acompañan la acción, que es lo que verdaderamente importa. Al contrario que en el dicho popular, si en este caso no se habla, no es porque trate de ocultarse algo. Si no hay palabras, es por dar prioridad a otra clase de sonidos: en primer lugar, el de la música, magníficamente interpretada por tres representantes de la Orquesta Sinfónica de Euskadi; y también el del agua, que se escurre metafóricamente de la ropa tendida, en un goteo que da lugar al onomatopéyico título y que constituye el eje temático de la función.

La propia compañía asegura que con Ploc, ploc… Plik! busca la comunicación con el público. Con un público muy especial, puesto que el espectáculo está dirigido a niños menores de tres años. Para captar su atención, la palabra es casi una herramienta de segundo orden. Se obtiene mejor respuesta con otros estímulos, y, a tenor del resultado observado, puede decirse que el grupo sabe sacar buen partido de esos procedimientos alternativos. Se avisa al inicio de la función que, en la medida de lo posible, se dé libertad a los niños para que puedan dejarse llevar por sus propias inclinaciones según lo que el espectáculo les sugiera, interactuando así con las intérpretes. Los niños son imprevisibles, desde luego, pero al final todo parece estar más medido de lo que esa premisa pueda hacer temer. El contacto con la respetable chiquillería se produce en momentos puntuales, cuando el hilo narrativo se ovilla para dar posibilidad al juego. Y las actrices se dan maña después para reconducir la situación.

Bueno, lo del hilo narrativo es casi un decir, pero algo hay. Una historia simple, pero efectiva, sobre la búsqueda de una escurridiza gota de agua, que sirve como excusa para hilvanar melodías y ritmos de diversas partes del mundo, que, a su vez, se aprovechan para ofrecer a los niños la posibilidad de jugar y, sobre todo, sentir la música. Seguramente, lo mejor de Ploc, ploc… Plik! es el buen gusto con el que está pensado y presentado, algo ya habitual en los espectáculos de la compañía. El acompañamiento musical es, como ya se ha mencionado antes, de primera categoría. Y la relevancia en el montaje de esta banda sonora, trascendental. Para esta versión completa del espectáculo, se han preparado unas preciosas adaptaciones para arpa, flauta y percusión de conocidas melodías que alternan lo clásico y lo popular. Hacen que el espectáculo pueda ser disfrutado por adultos casi tanto como por los niños. Para la versión reducida, se contará solo con la percusión. Esta tiene un papel preeminente en Ploc, ploc… Plik!, así que su esencia se mantendrá sin duda. Sin contar con que se contará con Txus Eguílaz, de cuyas habilidades como percusionista ya pudimos disfrutar no hace mucho con Majolie D.O.

El régimen del pienso

EL RÉGIMEN DEL PIENSO

Pienso, luego expiro

Obra: El régimen del pienso. Compañía: La Zaranda. Autor: Eusebio Calonge. Dirección: Paco el de la Zaranda. Intérpretes: Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez, Luis Enrique Bustos, Javier Semprún. Lugar y fecha: Escuela Navarra de Teatro, 27/10/2013. Público: dos tercios de entrada.

Las citas con La Zaranda habría que marcarlas en el calendario en rojo. O mejor, en negro: en negro fúnebre, en negro sombrío, trágico y zaino, en el negro crudo del humor negro. En el color que sea, no todos los días nos visita un Premio Nacional de Teatro, así que de algún modo habría que hacer ver que estas ocasiones son fiestas de guardar. Resulta un lujazo disfrutar de las personalísimas propuestas de la compañía jerezana. Un grupo con una voz y una estética propias: descarnadas, rasposas, a tono con los tiempos que vivimos, aunque La Zaranda los lleve viviendo hace ya treinta años. Suele compararse su estilo con el esperpento. Algo de este puede rastrearse en sus personajes despiadadamente deformados. No obstante, en El régimen del pienso, el espectáculo que nos traen ahora a la Escuela Navarra de Teatro, me parece encontrarme más con las máscaras expresionistas de Gutiérrez Solana, reflejo de una España negra a la que la crisis le está quitando la capa de enlucido. También hay sombras de Kafka en el via crucis del protagonista, un empleado de un criadero de cerdos que va recorriendo despachos para que alguien le dé razones de su fulminante despido. Y de Larra, al que se cita explícitamente con su “Vuelva usted mañana”. Y también las encuentro de Orwell, en esa humanización porcina (o porcinización humana) que constituye el eje argumental de la obra escrita por Eusebio Calonge.

Sobre El régimen del pienso planea la sombra de la muerte: la de los cerdos, víctimas de una extraña epidemia que diezma las pocilgas; y la de Martín (nombre obvio, tratándose de cerdos y de muertes), el oficinista despedido y único personaje del que se dice, aunque de pasada, cómo se llama. Esto le restituye un atisbo de humanidad en ese mundo en el que la compasión decrece cuando se trata de ganarse el pienso. Es mejor no pensar demasiado. Tampoco sentir mucho. La idea central se resume en una frase al principio de la obra: “Se matan entre ellos porque se les acaba el pienso; cuando les sobra, se matan solos; y al que está enfermo, lo matan entre todos”. Habla de los cerdos, pero es evidente que esa falta de falta de humanidad es más propia de los humanos.

Hubo algún momento en la función en el que temí que el discurso de El régimen del pienso pecara de excesivamente maniqueo. Hombre, puede que algo de esto haya. Los personajes no son precisamente sinuosos. Tienen más bien el carácter monolítico de los arquetipos, pero lo que se pretende mostrar es la epopeya trágica del marginado, y, en busca de ese propósito, la propuesta de La Zaranda es irreprochable. También lo es en la puesta en escena. La dirección de Paco el de la Zaranda echa mano de un hábil aprovechamiento de los mínimos recursos materiales para construir los espacios de esta oficina casi decimonónica: anaqueles metálicos, flexos de la era del pre-diseño, archivadores, sellos de caucho… Todo desprende un aroma a rancio, como de descomposición de un universo decrépito, pero todavía reconocible. Y a esto se le saca un espléndido partido teatral, transformando las estanterías en mesas, sean de oficina o de disección; o logrando una iluminación mortecina con la tenue luz de las bombillas de las lámparas. Con una sorna nada disimulada, en un momento del espectáculo se permiten incluso ironizar sobre los grandes espectáculos montados a golpe de subvención. La Zaranda demuestra que, para ser grandes, o al menos para sobrevivir tres décadas, creándose una legión de fieles, resulta más importante tener ideas: pensar es existir.

Fotografía: elregimendelpienso.blogspot.com

Telón

En noviembre de 1999 publiqué mi primera crítica de teatro en Diario de Noticias. Era sobre El florido pensil, en versión de la compañía Ttanttaka Teatroa (por cierto, que la casualidad ha querido que precisamente hoy, en el Festival de Teatro del Tercer Sector de Tafalla, otra compañía represente el mismo título). Desde aquella primera vez hasta hoy han transcurrido, por tanto, catorce años y calculo que unas seiscientas críticas más. Tiempo y dedicación suficientes para haber aprendido algo más que lo que sabía de teatro cuando empecé, pero sobre todo para tomar consciencia de lo mucho que todavía me queda por aprender. Si algo han conseguido estos catorce años es que las ganas por saber más se acrecienten. Así que eso es lo que espero hacer: seguir aprendiendo, pero a partir hoy como entusiasta espectador y no como dubitativo crítico. Vamos, que no voy a seguir publicando mis comentarios en las páginas del Diario de Noticias. En cuanto a este blog que inicié hace apenas medio año, espero seguir insuflándole vida de vez en cuando, aunque tal vez en algún otro formato que todavía tengo pendiente de definir. Bueno, ya lo iremos perfilando, también con tiempo y dedicación.

Hoy, víspera del Día de Difuntos, es la festividad pagana de Don Juan Tenorio. Se trata, por tanto, de una fecha muy teatral, amén del día idóneo para matar a un personaje. Que descanse en paz. Espero que, a diferencia de Don Juan, la memoria que deje no sea demasiado amarga, o que, al menos, no lo sea en todas partes. Muchas gracias a todos los que me habéis acompañado en este trayecto: compañeros del periódico, actores, directores, distribuidores, programadores, personal de las salas en general, tertulianos circunstanciales y amigos (categoría esta última en la que por fortuna entran muchos de los anteriores). De todos he tenido ocasión de aprender algo. Nos seguimos viendo en los teatros.

El diccionario

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El oxímoron

Obra: El diccionario. Autor: Manuel Calzada Pérez. Dirección: José Carlos Plaza. Intérpretes: Vicky Peña, Helio Pedregal, Lander Iglesias. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 25/07/2013. Público: dos tercios de entrada.

Un oxímoron es, según el Diccionario de Uso de María Moliner, una “figura retórica que consiste en la unión de dos palabras de significado opuesto; por ejemplo ‘dulce derrota’ o ‘soledad sonora’”. Se menciona esta definición durante la representación de El diccionario, la obra sobre la filóloga y lexicógrafa escrita por Manuel Calzada. Su texto parte de lo que es, en cierto modo, un oxímoron vital: una diccionarista (Diccionarista: persona que hace diccionarios.) que pierde progresivamente el lenguaje debido a una enfermedad cerebral. Como si hubiera volcado todo su conocimiento de las palabras sobre el papel, dejando su cerebro vacío.

El diccionario está contenido entre dos escenas que forman una especie de signos de paréntesis de la narración. En la primera escena, María Moliner se dirige al público como si fueran los asistentes a un acto académico y procede a leer un discurso. En la escena final, un epílogo que actúa como contrapunto más pausado al clímax del deterioro mental y físico del personaje, se revela que el discurso está dirigido a los miembros de la Real Academia Española, que le negaron el acceso a la institución que “limpia, fija y da esplendor”. Moliner les lee su definición de la palabra “libertad”: “Facultad del hombre para elegir su propia línea de conducta, de la que, por tanto, es responsable”. Ella escogió su entrega a la compilación y clasificación de las palabras como una tarea existencial, arrostrando las consecuencias que eso tuvo en su vida, especialmente en su matrimonio. ¿Para qué? Bueno, la obra nos muestra que hacer un diccionario es más que recoger palabras. El lenguaje define la realidad. “Como bien saben los poderosos”, nos recuerda el personaje. También se dice en la obra que tiene su matiz decir sacerdote en vez de cura; en vez de fascistas, nacionales; y llamar a Franco “el Generalísimo”. Fijar el significado de las palabras es un acto de rebeldía contra la falsedad, el único acto posible para una represaliada como la Moliner.

La familia, la represión franquista, la lucha contra la enfermedad, y, sobre todo, la  obsesión de la protagonista por terminar su diccionario conforman los pilares sobre los que Manuel Calzada construye su texto. No es un biopic y, sin embargo, creo que nadie diría que falta algo sustancial de la vida de la lingüista. Calzada muestra la esencia, a veces con leves apuntes, con trazos sintéticos, pero con precisión de diccionarista: la vida (de María Moliner) era esto. La dirección de José Carlos Plaza acrisola las palabras vertidas sobre el papel para conseguir espléndido teatro, de una notable intensidad en la mayor parte de las escenas, tal vez con algún leve descenso de voltaje dramático hacia el final. Hay momentos magníficos: en general, todo ese duelo que mantiene la protagonista con el neurólogo responsable de su tratamiento, y, especialmente, cuando el examen médico de este último se confunde en la cabeza de ella con el interrogatorio que sufrió en las purgas franquistas. O la escena que muestra a la Moliner en el momento álgido de su decadencia mental, capaz de conmover al más pintado.

Por supuesto, una tremenda parte del mérito de la función hay que atribuírselo a su actriz principal, una Vicky Peña que demuestra estar en estado de gracia interpretativo. Su María Moliner transmite un abanico de matices: serenidad, ironía, obstinación, temor, y muchos más, hasta llegar al desvalimiento más absoluto. Aunque Peña se lleva la mayor parte de la atención, tampoco es justo no subrayar la excelente labor de Helio Pedregal, en el papel del médico, y la de Lander Iglesias, encarnando al marido de la lexicógrafa.

Fotografía: Ros Ribas.

Juan Salvador Tramoya

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Un hombre sin historia

Obra: Juan Salvador Tramoya. Dirección: Miguel Bregante. Intérprete: Diego Hinojosa. Lugar y fecha: Escuela Navarra de Teatro, 19 y 20/10/13.

La compañía chilena La Mona Ilustre nos visitó hace un par de años con Los peces no vuelan, una historia con un punto de ingenuo romanticismo, muy bien presentada, con una puesta en escena rigurosa que evidenciaba un buen conocimiento del medio y unas encomiables ganas de arriesgar en busca de nuevos modos de mostrar su trabajo. Regresan ahora a la Escuela Navarra de Teatro con un espectáculo muy diferente: una obra para un solo personaje, sin palabras salvo alguna frase convencional, basada (obviamente) en el gesto y la mímica, sin desechar tampoco el juego con los objetos que forman parte de la escenografía. Juan Salvador Tramoya es la historia de un hombre sin historia. Un gris empleado de un teatro (podría ser también un gris empleado de banca o un gris oficinista; importa sobre todo esa calidad grisácea), que barre un camerino mientras sueña con llegar a ser un artista. Imaginación no le falta: cualquier cosa le sirve para evadirse de su tediosa tarea y transportarse (y transportarnos) a un extraño planeta desconocido donde le persiguen amenazadores alienígenas, o a lo que parece el fondo de un acuario, donde los movimientos son lentos y se habla con gorgoteos. Los objetos comunes se convierten en sus manos en otras cosas, como si tuviera el don de transformar la realidad a su antojo. En cierto modo, sí que tiene ese poder. Es la magia de la convención: las cosas son lo que él y nosotros establezcamos que sean.

Juan Salvador Tramoya es, por tanto, un espectáculo personal. Unipersonal. Y gran parte de su éxito o su fracaso descansa sobre la capacidad del único actor, que tiene a su cargo convencernos del interés de la propuesta y mantenerlo durante algo más de una hora. En este sentido, las capacidades interpretativas de Diego Hinojosa están fuera de toda duda. Hace gala de una excelente vis comica, encarnando a un personaje apocado pero entrañable, cuyas acciones tienen algo de un absurdo sentido práctico. Un poco al estilo del inolvidable Mr. Bean, salvando las distancias y sin pretender establecer comparaciones absolutas: es solo un parentesco lejano. Asimismo, Hinojosa demuestra un dominio más que considerable de las claves del teatro físico y del clown, que son los rasgos predominantes en el tono del espectáculo. Sin olvidarnos tampoco de su capacidad para acompañar las acciones con sonidos, en una exhibición de precisión y, por qué no decirlo, de derroche corporal.

Establecido el mayor de los reconocimientos para la labor del actor, habrá que señalar, no obstante, el punto débil del espectáculo. Para mí, a este personaje sin historia le falta precisamente eso, una historia. Lo que tenemos es un punto de partida, una situación prometedora, pero al espectáculo le falta un cierto desarrollo para convertirse en algo más que una colección de sketches. Eso sí, la ejecución de estos es magnífica y eso hace que el montaje tenga momentos muy buenos, que consiguen que la visión de este Juan Salvador Tramoya merezca la pena.

Fotografía: de la web de la compañía.

Espacio vital (Lebensraum)

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Sin palabras

Obra: Espacio vital (Lebensraum). Dirección: Jakop Ahlbom. Música: Alamo Race Track. Intérpretes: Yannick Grewendiger, Reinier Schimmel,Silke Hundertmark, Leonard Lucieer, Ralph Mulder. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 23/10/2013. Público: media sala.

El Teatro Gayarre ofrece una de esas contadas ocasiones de ver en Pamplona a una compañía internacional y esto es algo que no hay que dejar pasar, aunque sea un todavía cálido miércoles de octubre. Lebensraum (Espacio vital) es una creación del autor, actor y director Jakop Ahlbom inspirada, según afirma, en las comedias clásicas de cine mudo. Cita a Buster Keaton como influencia principal. Con ese modelo, construye una historia tan divertida como extraña, de un surrealismo onírico, sobre dos hombres que viven juntos en paz y armonía hasta que introducen en el hogar a una autómata femenina. Lo que en principio debería servir para organizar mejor ese espacio vital, acabará desembocando en el caos, la enemistad y la ruptura. Bueno, y como efecto colateral, también en el amor.

Todo el juego de teatro físico con el que se construye la obra, con el recurso al preceptivo slapstick, recuerdan efectivamente al cine de Keaton y de otros grandes maestros de la comedia sin palabras. Supongo que por ese robot femenino que actúa de catalizador del desastre, me viene a la cabeza otra referencia del cine mudo: Metrópolis, la obra maestra de Lang. Seguramente también por ese mencionado tono de irrealismo que preside la historia y que me parece más cercano al expresionismo de Lang que a los geniales divertimentos del cine de humor. También me acuerdo de Coppelia, el hermoso ballet sobre una muñeca que cobra vida. Y de una cosa más: Lebensraum era también el término que se empleó como excusa política para justificar el expansionismo alemán durante finales del XIX y la primera mitad del XX. Supongo que esto no tendrá nada que ver, pero me acojo al método de la asociación libre de ideas, que también es muy del surrealismo.

En fin, referencias más o menos alucinadas aparte, Lebensraum es un espectáculo con una personalidad especial; todo un universo concentrado en una sala de aire vintage, en la que las cosas no son lo que parecen o son más de lo que aparentan a simple vista: camas se transforman en pianos, paredes que se traspasan, o ventanas que devuelven al mismo lugar del que salen, como si ese cosmos estuviera conectado por agujeros de gusano en bucle. En este Espacio vital, la vida tiene otra textura.

Contribuye también a ese ambiente de mundo soñado la banda sonora que, como en toda película de cine mudo, interpretan en directo Ralph Mulder y Leonard Lucieer. No están fuera del espacio, como el clásico hombre del piano, sino que se integran en él; se mimetizan con él, más bien, con esos trajes idénticos al dibujo del papel de las paredes. Están, pero no están. Ceden todo el protagonismo a los actores, que dan una verdadera lección de precisión y de portento físico en la ejecución de todos los gags con los que se construye el montaje. Algo de dejar al espectador mudo y con la boca abierta. Y por encima de todo, la visión de Ahlbom integrando música, movimiento y humor en un todo coherente. Un espectáculo magnífico.

 

El nombre de la rosa

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Todo por un libro

Obra: El nombre de la rosa. Autor: Umberto Eco. Adaptación: José Antonio Vitoria y Garbi Losada. Dirección: Garbi Losada. Intérpretes: Karra Elejalde, Juan José Ballesta, Pedro Antonio Penco, David Gutiérrez, Cipri Lodosa, Jorge Mazo, Koldo Losada, José María Asín, Miguel Munárriz, Javier Leoni, César Novalgos, Inma Pedrosa. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 18/10/2013. Público: lleno.

Hace ya más de treinta años que Umberto Eco publicó El nombre de la rosa. No hace falta recordar la popularidad que cosechó el semiólogo y filósofo turinés con su primera novela. Un éxito que acrecentó notabilísimamente la versión cinematográfica dirigida poco después por Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Sean Connery. A diferencia de lo que ha podido suceder con otros libros publicados por aquellas fechas, la fama de la historia compuesta por Eco se ha mantenido intacta a lo largo de estas tres décadas. Por eso, una adaptación teatral de El nombre de la rosa me parece, más allá de otras consideraciones, un buen punto de partida para atraer al público a las salas y garantizarse (si tal cosa fuera posible) un buen resultado comercial.

Así que todo empezó por un libro. En la historia de Eco, todo se hace también por un libro: un manuscrito misterioso por el que se muere y se mata. En esta versión realizada en coproducción por varias compañías (Ados Teatroa, Al Revés Producciones, Tres Tristes Tigres y La Nave Producciones: una experiencia modélica), también hay un libro que preside el espacio escénico como un signo ominoso. Las páginas de ese libro que conforma la esencia de la escenografía se abren, se pliegan, se segmentan para sugerir los diferentes lugares de esa abadía “cuyo nombre sería más prudente y piadoso omitir”. Es un concepto interesante: los muros del edificio convertidos en papel; un papel que encierra a todos los personajes, como una prisión sin salida posible, sin huida de la cadena de crímenes, pero también como el propio volumen que contiene su historia.  Técnicamente, también es una solución visualmente atractiva. No obstante, me pasa algo paradójico: tanto cambio de escenografía, en lugar de añadir dinamismo a la escena, me parece que le resta continuidad a la historia. Entiendo que momentos como las escenas finales en la laberíntica biblioteca piden una escenografía móvil, y casi proteica, si pudiera ser. Pero también me parece que hay otros momentos en los que tanto cambio me resulta superfluo.

Supongo que parte del problema está en mirar más a la versión cinematográfica que al escrito original. No hablo ya de sobreescribir la adaptación sobre el guion de cine, como en un palimpsesto del que este, y no el libro de Eco, fuera el texto primigenio. El problema, creo, está en esa división de la historia en escenas breves y aisladas. Una forma de presentar la trama casi natural en cine, pero que en teatro me plantea más problemas. Entiendo que es difícil hacerlo de otro modo, y no le resto mérito a los intentos de la dirección de Garbi Losada por hilvanar las acciones mediante la música, la luz y el movimiento de los actores, pero aún me parece que la trama no termina de correr como debiera.

Lo que sí merece el mayor de los elogios es la labor interpretativa. No tanto, quizá, la del dúo protagonista. A Juan José Ballesta lo vi cumplidor, pero todavía algo envarado ante su primer desafío teatral. Y en Karra Elejalde percibí un intento de dar a su Guillermo de Baskerville un aire de escéptica astucia, de distancia socarrona a veces, pero que no me termina de funcionar, como si hubiera un desapego de un personaje que termina por parecerme poco matizado. Donde sí disfruté fue en la labor de los secundarios; de todos sin excepción, desde el Jorge de Burgos de Cipri Lodosa, pasando por el Salvatore de Koldo Losada, y llegando al Ubertino da Casale de José María Asín, y perdón por no citar al resto. No me voy a extender sobre cada uno de ellos. Me parece que a todos se les da la personalidad adecuada, con un puntillo de exageración en algún momento, quizá, pero que cuadra muy bien a unos personajes de peculiar naturaleza.

Fotografía: Pentación Espectáculos

Emilia

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¿Amor con amor se paga?

Obra: Emilia. Autor y director: Claudio Tolcachir. Intérpretes: Gloria Muñoz, Alfonso Lara, David Castillo, Malena Alterio, Daniel Grao. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 12/10/2013. Público: tres cuartos de entrada.

A Claudio Tolcachir le ha salido con Emilia un melodrama casi puro, sin los ramalazos de comedia que marcaban gran parte del tono de sus obras anteriores. Comedia bárbara en La omisión de la familia Coleman; más amable y sentimental en El viento en un violín. Recuerdo también alguna concesión al humor en Tercer cuerpo. No la hallo, sin embargo, en esta cuarta obra del autor argentino. El quinteto de personajes que integran la historia son figuras dolientes, incluso aunque traten de disimularlo con una desmedida expresividad, como Walter (Alfonso Lara); con un anhelo de ausencia, como Carolina (Malena Alterio); o tras la máscara de la serenidad, como la propia Emilia.

Emilia fue la niñera de Walter. Ambos se reencuentran por casualidad muchos años después, cuando Walter y su familia están en plena mudanza. Emilia es la encarnación del amor incondicional: alguien a quien se pagaba con dinero por cuidar a un niño y que, más allá de sus obligaciones contractuales, termina por querer a su pupilo como la más devota de las madres. Pero no es la única relación de amor que encontramos en la obra. Todos los personajes se aman o se dejan de amar. Emilia se convierte así en una pequeña sinfonía de palabras sobre el amor y, especialmente, sobre cómo se retribuye (o no) el amor que se entrega. Lo primero que me provoca una reflexión sobre la obra es un cierto sentimiento de injusticia: no importa cuánto se invierta en el amor por otro; nada garantiza que se vaya a recuperar lo invertido. Y, sin embargo, es inevitable amar. Y es un prodigio hacerlo como lo hace Emilia: generosamente, sin esperar nada a cambio.

Esta es mi reflexión tras ver la obra. Supongo que cada cual tendrá la suya. Espero que la tenga, porque Emilia me parece una obra para reflexionar. Tal vez esa sea su mayor virtud, pero también el mayor de sus defectos. Veo Emilia como un puzzle en el que solo el final nos da una indicación de cómo es el retrato que debe servir de referencia para colocar las piezas. Con la resolución, todo (o casi) cobra un sentido. Se levanta uno de la butaca con la satisfacción de pensar: “Bueno, pues ahora entiendo esto y lo otro”, y eso está bien. El problema es el largo rato en el que uno ha estado sin entender. Emilia tiene una larga preparación y una resolución rápida. Me resulta algo descompensada. Especialmente porque, durante esa extensa parte de la obra en la que se van presentando los personajes y se ponen los pilares del drama, la acción es más bien escasa y las situaciones, banales. De acuerdo, tal vez solo en apariencia, hasta que se desvelen las claves que les dan sentido, pero la horita de rascarse la cabeza y mirar un poco inquieto el reloj no me la devuelve nadie.

Por supuesto, echo de menos a los magníficos actores de Timbre 4, la compañía argentina con la que hasta ahora habíamos visto los montajes de Tolcachir. He leído que el propio autor y director decía que con el reparto de actores españoles con el que ha montado esta versión, los personajes habían adquirido rasgos distintos, lo que hace lamentar todavía más no poder ver el montaje de Buenos Aires. Me gustaría, especialmente, comparar el personaje de Walter (aquí, Alfonso Lara), por ver otras posibilidades de expresar esa tensión, ese estado de efusividad permanente con el que se le caracteriza. Eso sí, no creo que la Emilia del montaje argentino sea superior (aunque seguro que será igual de buena) que la que construye aquí Gloria Muñoz, natural y contenida, irradiando compasión como una encarnación de la Piedad. Bien también Malena Alterio, aunque el aire de alejamiento al que le obliga su personaje no deja mucho espacio para el lucimiento. Más difícil lo tenía el joven David Castillo con un personaje complicado y creo que lo resuelve con nota. Daniel Grao completa el reparto y, aunque su personaje resulta más episódico (un par de intervenciones casi en off y una escena de la que es protagonista solo a medias), no desentona del buen nivel general.

Fotografía: Producciones Teatrales Contemporáneas

Los hijos de Kennedy

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Cinco rostros del desencanto

Obra: Los hijos de Kennedy. Autor: Robert Patrick. Dirección: José María Pou. Intérpretes: Emma Suárez, Fernando Cayo, Ariadna Gil, Maribel Verdú y Álex García. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 4 y 5/10/2013. Público: lleno.

Es la falta de ideales la que llena los bares. Al menos, el bar en el que transcurre la acción de Los hijos de Kennedy. Robert Patrick escribió la obra a mediados de los 70. Son los años del Watergate, de las postrimerías de la Guerra de Vietnam… Hitos que marcan el fin de la inocencia, de la ilusión por lograr un estado de cosas distinto: un estado mental que Patrick  identifica con la era de Kennedy. Todo se truncó un 22 de noviembre de 1963 en la plaza Dealey de Dallas. Una década después, los herederos de esa época recogen la amarga cosecha de desencanto.

Cinco personajes en un bar cuentan su historia. Sus historias: Los hijos de Kennedy se presenta como un cruce de soliloquios. No podemos saber si realmente comparten tiempo ni espacio. Solo sabemos que comparten desilusión. Hablan a un interlocutor invisible, no entre ellos. José María Pou ha querido en determinados momentos enriquecer la puesta en escena con unas sutiles pinceladas de interacción, pero lo cierto es que cada personaje lanza su discurso al aire: the answer and the questions are blowin’ in the wind. Un bar es el lugar universal donde contar, donde contarse, historias. A conocidos o a desconocidos, tanto da. En esta obra, se constituye como un espacio simbólico, y los personajes como arquetipos de la decepción. A ratos, más bien como estereotipos, me temo.

Tenemos un actor gay especializado (porque no le queda otro remedio) en producciones ínfimas (Fernando Cayo); una aspirante a reemplazar a Marilyn Monroe que termina su carrera (o, más bien, la empieza) prostituyéndose (Maribel Verdú); una activista que ha pasado por todas las luchas callejeras sin obtener más resultado que los golpes de la policía y un novio yonki (Ariadna Gil); un soldado de la Guerra de Vietnam enloquecido por el horror (Álex García); y una joven secretaria que añora los tiempos de Kennedy (Emma Suárez). Es un muestrario variado, pero le veo varios problemas. El primero, que encuentro que el interés de los personajes está algo descompensado. Me cautiva la historia de Sparger, el actor de medio pelo que encarna Fernando Cayo, y sigo con razonable curiosidad las vicisitudes del personaje de Ariadna Gil. Pero me resultan algo superficiales y un pelín tópicos los relatos del soldado y de la aspirante a Marilyn. Y al personaje de Wanda, la nostálgica mujer de clase media a la que da vida Emma Suárez, no le veo más función que la de ubicar temáticamente la acción y ofrecer una especie de contrapunto al resto de los monólogos.

He leído que Pou asistió al estreno en España en 1977. Es curioso: aquí, en esos años, todo parecía posible. La obra podía tomarse más bien un vaticinio ominoso del desencanto que nos esperaba y que no ha hecho sino crecer desde la década siguiente. Podría parecer que este es un buen momento para recuperarla. Sin embargo, no consigo ver nuestra realidad en los personajes de Patrick. Y este es el segundo de los problemas: que esos hijos de Kennedy son para mí como un primo segundo en América. Familiares, sí, pero lejanos.

Supongo que el interés en estos familiares estará precisamente en la familiaridad de los rostros que los encarnan. Desde luego, el elenco es de llamar la atención. Tras los nombres, no obstante, también acecha un cierto desencanto. La obra lleva todavía muy poco tiempo de rodaje, días apenas, y supongo que a eso pueden atribuirse algunos levísimos tropiezos con el papel y, sobre todo, ciertas interpretaciones que tiran a veces de cliché emocional, o esa es la sensación que me produjeron. Ya digo que alguno de los personajes no da tampoco para mucho más. Me gustaron, no obstante, la Rona de Ariadna Gil, contenida y con buenas dosis de verdad. Y también, y especialmente, el polo opuesto: el desaforado Sparger que compone Fernando Cayo, un pedazo de actor; se deja la mesura en el camerino, pero su visión del personaje lo reclama. Aún es pronto, estos hijos de Kennedy crecerán y se harán mayores, sin duda.