El sueño de una noche de verano

el sueño de una noche de verano

Engaños honestos

Obra: El sueño de una noche de verano. Autor: William Shakespeare. Compañía: Kilkarrak. Dirección: Ion Barbarin. Intérpretes: Raúl Urriza, Rakel Sampedro, Pedro Echávarri, Elsa Preciado, Pablo Lisarri, Ángel Hervás, Yolanda García, Cristina Lisarri, Javier Hernández, Ander Osés, Paola López, Carlos García, Judith López, Bárbara Zabalegui, Lucía Echávarri y Natalia Lisarri. Músicos: Iñaki Ainzua, Pantxo Cairo, Iker Txasko, Egoitz Zabalegui. Lugar y fecha: Escenario de La Cava de Olite. 29/07/14. Público: rozando el lleno.

Kilkarrak guarda en su baúl más de tres décadas de existencia, lo que lo convierte en uno de los grupos de teatro aficionado más longevos de nuestra comunidad. Quien ha dirigido el montaje que han presentado en el Festival de Olite, el actor y balarín Ion Barbarin, dio sus primeros pasos sobre las tablas en su seno. En el programa de mano, Barbarin hace una declaración de agradecimiento hacia la compañía que le alumbró como intérprete y le enseñó el amor por el teatro. Cuando comenzó a colaborar con el grupo estellés estaba, dice, en su preadolescencia (la mía vivía yo cuando el primer montaje de Kilkarrak; mejor no entrar a comprobar fechas). Y ya se sabe, los amores en esa edad son más intensos y difíciles de olvidar.

Amor, teatro y un punto de efervescencia adolescente contiene la obra de la que toca hablar: El sueño de una noche de verano, la archiconocida historia de Shakespeare. No por sabido el argumento resulta menos entretenido encontrarse de nuevo con los amoríos de Hermia, Lisandro, Helena y Demetrio, y perderse con ellos por el bosque de Atenas. Y ser cómplices de los embrollos causados por Puck, el duende travieso e irresponsable como un púber desenfrenado. El díscolo Puck, aunque obediente a la autoridad de Oberón, es quien desbarata los lazos que unen a los jóvenes amantes para anudarlos en un enredo no previsto. Aunque, finalmente, será también su magia la responsable de unirlos de modo que el asunto quede a satisfacción de todos y se alcance un desenlace feliz. Bueno, tal vez pueda interpretarse que está forzando un poco la voluntad de los enamorados, pero se trata de un engaño honesto. Como también lo es el propio teatro.

Los personajes comienzan y terminan su obra rompiendo la cuarta pared para mezclarse con el público, como si, de algún modo, también el engaño teatral quisiera participar de la realidad. Mientras, en la escena final, sobre el escenario, la troupe dirigida por Membrilla representa la fábula de Píramo y Tisbe. Engaño dentro del engaño que muestra una verdad: la de las cuitas de los actores para preparar sus montajes. Kilkarrak ha pretendido con esta ampliación de los límites de la escena convertir su espectáculo en algo dinámico y atractivo, a tono con el texto representado. Resulta una buena carta de presentación y una sugerente despedida, aunque en el arranque peligraran mis cervicales de tanto mirar a un punto y a otro de la grada. Se percibe la mano de Barbarin en esa huida permanente del estatismo. Intuyo que en parte por su formación como bailarín, todas las escenas tienen por detrás un cuidado trabajo de movimiento, algo que reclaman a gritos las intervenciones de Puck o la pelea entre Lisandro y Demetrio. Barbarin se lo proporciona y lo extiende al resto de la función. La propia compañía define el concepto de teatro de su director como “plástico”. Y le va bien. Yo al menos lo interpreto por el lado de la búsqueda estética. Hay un bonito trabajo de vestuario, fresco y colorido, adecuado para una obra ligera como esta. Y también contribuye al resultado final la música folk de Klof. Todo esto hace que el montaje tenga un envoltorio resultón y atractivo. A la música le puedo poner el pero, eso sí, de que no siempre ayuda al desarrollo de la acción. A esto también acompaña que las transiciones podrían ser más fluidas, y algunas réplicas y parlamentos, un pelín más veloces para procurar un mejor ritmo.

El trabajo de los actores es bueno. Como corresponde a un grupo con tan larga trayectoria, sus componentes demuestran tener oficio. Destacaría al cuarteto protagonista, especialmente a su parte femenina, Elsa Preciado (Hermia) y Yolanda García (Helena); la entrega demostrada por Lucía Echávarri en su encarnación de Puck; y el resultado conseguido con el sexteto de artesanos que ofrece la representación de Píramo y Tisbe.

Foto: Ricardo Galdeano
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El mono sabio

elmonosabio

Quiero ser como tú

Obra: El mono sabio. Texto: Franz Kafka. Dirección: Ángel Sagüés. Intérprete: Ion Barbarin. Lugar y fecha: ENT, 21, 23 y 24/02/2013. Público: media sala (en la función del 24).

En “El mono sabio”, adaptación de “Informe para una academia”, Ion Barbarin se enfrenta a un reto que antes que él han asumido grandes actores; gente como Vitorio Gassman o José Luis Gómez (dos veces), por ejemplo; o como el propio Ángel Sagüés, director de este montaje, que se enfrentó al texto de Kafka como actor hace treinta años. Un intérprete ha de encontrar, en efecto, aspectos muy estimulantes en un personaje cuya doble naturaleza, animal y humana, plantea también una exigencia doble: resultar convincente como mono y como persona. Quiere decirse que hay un importante trabajo del cuerpo para adaptarlo a la morfología del movimiento simiesco, sin descuidar por otro lado la parte verbal de la interpretación, que también tiene su aquel: el texto es una adaptación de un breve relato para un solo actor, que esconde tras su forma discursiva oscuras cavilaciones filosóficas que el actor debe ir sembrando en las entendederas del respetable.

El mono que mono-loga (imposible resistirse al tontorrón juego de palabras) lo hace ante unos académicos interesados en su capacidad para imitar la voz y el comportamiento humanos. El protagonista, Pedro el Rojo, nombre que él mismo detesta, se niega a recordar su pasado como mono y centra su relato en su captura en la selva, su traslado a Europa y en su determinación de asemejarse a los humanos con el fin de evitar los barrotes del zoológico. Aunque las palabras de Pedro el Rojo son de autoafirmación y de conformidad con el destino elegido, puede rastrearse un lamento implícito por la libertad perdida y por la ausencia de una igualdad que los hombres no le reconocen. Hay una apariencia de aceptación en esa convocatoria para comparecer ante los doctos miembros de una academia, pero conocemos por las palabras del protagonista que su destino ha sido (y será por siempre) el music hall: resignarse a convertirse en una atracción de feria para conservar al menos un simulacro de libertad. La versión de Barbarin/Sagüés ni siquiera mantiene la piedad de ese disimulo: no nos muestra al simio compareciendo en un foro del saber; no nos dice dónde nos situamos, pero las dos plataformas circenses que, junto con una escalera, conforman la escenografía, nos transportan al mundo del espectáculo, esa jaula de oro a la que los hombres condenan a los que son como los monos. Tal vez nos recuerde también que actores, teatreros y titiriteros varios quedan asimismo relegados a un espacio secundario por los académicos de la ortodoxia.

La reubicación del texto de Kafka en un espacio más apropiado para las varietés que para el magisterio permite a Ion Barbarin jugar con el público y alternar la parte textual con otras fases más activas, incluyendo canciones como ese Quiero ser como tú que el orangután Rey Louie popularizó en El libro de la selva, y que parece escrita ex profeso para este texto. El espectáculo gana así en ligereza y en cercanía, y lo hace más apropiado para una versión de calle, pero me dio la sensación de que contribuye a fragmentar el discurso y hacerlo un poco deslavazado.

A lo que no puede ponérsele ningún pero es al trabajazo de Ion Barbarin en el apartado físico. La recreación de la postura y los movimientos del mono, seguramente la parte más atractiva de la puesta en escena, me resultó más que convincente. Sencilla en apariencia, sin subrayados y sin necesidad de perderse en piruetas o en monerías, pero minuciosa y honesta. Un trabajo de ida y vuelta del animal al hombre y viceversa, en el que ambos se miran a los ojos para decirse: Quiero ser como tú.