Así es, si así fue

así es si así fue

La cruda realeza

Obra: Así es, si así fue. De los Trastámara a los Austrias. Autor: Juan Asperilla. Dirección: Laila Ripoll. Intérpretes: Verónica Forqué, Juan Fernández, Joaquín Notario, José Manuel Seda. Música: Marcos León, Rodrigo Muñoz. Lugar y fecha: escenario de La Cava de Olite. 01/08/2014. Público: lleno.

Decía Verónica Forqué en la entrevista que publicó recientemente este diario con motivo de la representación en Olite de Así es, si así fue que, a diferencia de Shakespeare, los dramaturgos clásicos españoles no han tomado a los reyes de nuestra historia como personajes de sus obras. Aclaraba luego que seguramente sería por miedo, por no atreverse a contar lo que sabían y pensaban de los poderosos. Y efectivamente, será por ese motivo, porque algunas referencias a los monarcas hispanos sí que aparecen en las obras de Lope y de Calderón, por ejemplo. Claro que, lejos de presentarlos con la profundidad psicológica del inglés, son retratos más bien laudatorios. Algo lógico si se trataba de obtener el favor real para vivir (o sobrevivir) y evitarse problemas (como los que tuvo Quevedo, aunque también antes había puesto su pluma al servicio de otras figuras; pero, en fin, este es otro tema). Prevalece la figura del rey como administrador de justicia y favorecedor del pueblo llano contra los abusos de los nobles. Cuando no la lisonja pura, como en El mejor mozo de España, en la que Lope ensalza la figura de Fernando el Católico.

Precisamente sus católicas majestades son el eje central del espectáculo Así es, si así fue. La obra se subtitula De los Trastámara a los Austrias, así que su recorrido histórico es un poco mayor, de Juan II de Castilla, padre de Isabel, hasta el primero de los Habsburgo, Carlos I. Pero los Reyes Católicos quedan como el gozne en torno al que se abre y se cierra ese enredo sucesorio. Decía también Forqué que la historia de España no tiene nada que envidiar a Juego de tronos. Y esto es bien cierto: complots, traiciones, crímenes familiares, validos todopoderosos que acaban en desgracia, amores ilegítimos y otros interesados; todo vale con tal de alcanzar y preservar el poder. Las crónicas de la época, como muchas de las informaciones de hoy, estaban hechas por encargo y según el interés de quien ostentaba la autoridad. Sin embargo, el firmante de esta obra, Juan Asperilla, ha sabido sumergirse en ellas con rigor y seleccionar las líneas adecuadas para ofrecer un retrato fiel a la realidad de esta realeza. Dentro de lo posible, claro: las referencias a Enrique IV fueron escritas por encargo de los Reyes Católicos, más interesados en desacreditar al predecesor de Isabel por intereses sucesorios que en la verdad histórica.

De todos modos, Asperilla no se ciñe solo a la historiografía regia (oficial o contraria a esta, como los escritos de Juana la Beltraneja o los de Bartolomé de las Casas), sino que combina esos textos con poemas de la época, tanto en su vertiente más culta como en la más popular, así como con canciones, romances y hasta dichos y refranes. El resultado es un fresco fidedigno de ese tiempo, que no se ciñe solo a los niveles altos de la sociedad, sino en el que también aparecen moriscos, judíos o indios de las Américas. Para esta puesta en escena, la compañía ha elegido un formato a medio camino entre la lectura dramatizada y el recital, algo que, sobre el papel, podría hacer temblar al más pintado, ante la perspectiva de un montaje de casi dos horas. Pero lo cierto es que la dirección de Laila Ripoll y el buen hacer de los actores convierten la experiencia en algo muy dinámico y sensorial. El libreto queda prácticamente relegado y cobra absoluto protagonismo la interpretación, con momentos auténticamente emocionantes, como cuando Verónica Forqué encarna a la Beltraneja. También el humor se hace presente, como en el pasaje en el que Juan Fernández y Joaquín Notario acuerdan el casamiento de sus hijos respectivos. Me gustó menos la breve caricatura que hace este último de Enrique IV, buscando una risa fácil; me pareció casi de chiste de mariquitas de Arévalo. Único pero que le pongo a un trabajo actoral soberbio, por parte de unos actores de calidad contrastada. Que además, también saben cantar. La música, ejecutada por Marcos León y Rodrigo Muñoz con una combinación de instrumentos antiguos y actuales, tiene una presencia tan importante como la palabra. Contribuye no solo a hacer más atractivo el montaje, sino también a darle continuidad, haciendo fluir como un todo un espectáculo compuesto por materiales muy diversos.

Foto: Mikel Saiz
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