El gran teatro del mundo

el gran teatro del mundo

‘Reality world’

Obra: El gran teatro del mundo. Compañía: Puntido Teatro. Autor: Calderón de la Barca. Versión y adaptación: Puntido Teatro. Dirección: Javier Salvo. Intérpretes: Maite Hernández, Xabier Flamarique, Xanti López, Arantza Capón, Nelya Oroz, Marga Arregui, Sebas Esquíroz, Javier Salvo, Irati Lizarazu. Lugar y fecha: Escenario de La Cava de Olite, 30/07/14. Público: rozando el lleno.

El gran teatro del mundo es una de las obras más citadas de su autor, Pedro Calderón de la Barca. Pese a que su contenido religioso es muy propio de la época en la que se concibió y no resulta tan atemporal como La vida es sueño, por ejemplo, se ha seguido representando en nuestros días, tanto dentro de celebraciones religiosas (lo que sería su hábitat natural, por decirlo de algún modo), como en teatros convencionales. Menos quizá en este ámbito, aunque, curiosamente, el año pasado dos producciones (una, del Teatro Español, y la otra, de la CNTC y Uroc Teatro) recuperaron simultáneamente el texto calderoniano. Cada una se lo trajo a su terreno, en el fondo y en la forma. La primera, dirigida por Carlos Saura, era una revisión casi pirandelliana, con actores ensayando el texto de Calderón. Y la segunda, convertía el auto sacramental en un musical destinado al público familiar. Un estupendo espectáculo que pudo verse en la pasada edición del Festival de Olite, por cierto (y en Navidades, en el Gayarre).

La compañía tafallesa Puntido Teatro recoge el testigo para enfrentarse a este texto y presentarlo en el escenario de La Cava olitense. Leo por ahí que la idea de utilizar el teatro para simbolizar la existencia humana no es un concepto original de Calderón, y que es antigua como el teatro mismo. Una de las primeras referencias está en uno de los diálogos de Platón. En su intento por actualizar la trama, Puntido pasa de Platón al plató: si Calderón construyó su obra sobre la alegoría del teatro, el grupo de Tafalla nos demuestra que el sistema de premios y castigos según el obrar humano tiene también algo de reality show. Como si detrás de la mirada constante de la divinidad que encierra el leitmotiv de “obra bien, que Dios es Dios” pudiera estar también el ojo vigilante del Gran Hermano. A fin de cuentas, un reality  no es sino un microcosmos humano; un pequeño espacio en el que se reúnen artificialmente determinados arquetipos, obligados a desempeñar sus respectivos papeles. Eso sí, ya no sé si el dueño de sus destinos sería el Autor, como en la obra, o las audiencias.

En su intento de trazar un paralelismo pleno con El gran teatro del mundo, Puntido pone al día a los personajes del original y les busca su correspondiente reflejo en nuestro ahora. Así, el Autor es la regidora del programa; el Mundo, el presentador; el Rey, un político; la Discreción es una joven colaboradora de un comedor social; la Hermosura, una aspirante a actriz; el Rico, una empresaria; y el Labrador, el Pobre y el Niño, pues más o menos sin cambios, que de eso siempre ha habido. Puede que haya piezas en esta propuesta que no me terminen de encajar: más que un ganador del concurso, en la obra de Calderón termina por haber un único castigado. Seguramente, la moral de nuestros días no absolvería tan fácilmente a otros personajes y pediría más expulsiones, por otra parte. En cualquier caso, hechas estas salvedades, lo cierto es que la propuesta de Puntido funciona muy aceptablemente y resulta mucho más fiel al texto de lo que pudiera pensarse por su planteamiento (quizá hasta demasiado: puestos a subvertir, tal vez hasta me replantearía ese final).

Hay alguna otra cosilla que me incomoda. Aunque los personajes están bien dibujados como arquetipos y no como caricaturas, tal como pide el texto, me altera un tanto esa querencia a buscar la comicidad fácil con el personaje del Rey. La grada celebra sus salidas, pero a mí más bien me saca de la obra. Al contrario que el personaje del Labrador, que, con ese hablar, podría ofrecer parecido peligro, pero cuya interpretación está muy bien medida. Las interpretaciones son correctas; el montaje está bien cuidado en sus aspectos más formales; la música acompaña bien la acción y engarza las transiciones. Tal vez el final quedó algo más confuso en ese intento no del todo logrado de suscitar la complicidad del respetable. Algo muy complicado que hay que medir con cuidado. Bueno, es un riesgo. Como todo el concepto del espectáculo, y eso, también como en un concurso, merece indudablemente su premio.

Foto: Atxu Ayerra
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El sueño de una noche de verano

el sueño de una noche de verano

Engaños honestos

Obra: El sueño de una noche de verano. Autor: William Shakespeare. Compañía: Kilkarrak. Dirección: Ion Barbarin. Intérpretes: Raúl Urriza, Rakel Sampedro, Pedro Echávarri, Elsa Preciado, Pablo Lisarri, Ángel Hervás, Yolanda García, Cristina Lisarri, Javier Hernández, Ander Osés, Paola López, Carlos García, Judith López, Bárbara Zabalegui, Lucía Echávarri y Natalia Lisarri. Músicos: Iñaki Ainzua, Pantxo Cairo, Iker Txasko, Egoitz Zabalegui. Lugar y fecha: Escenario de La Cava de Olite. 29/07/14. Público: rozando el lleno.

Kilkarrak guarda en su baúl más de tres décadas de existencia, lo que lo convierte en uno de los grupos de teatro aficionado más longevos de nuestra comunidad. Quien ha dirigido el montaje que han presentado en el Festival de Olite, el actor y balarín Ion Barbarin, dio sus primeros pasos sobre las tablas en su seno. En el programa de mano, Barbarin hace una declaración de agradecimiento hacia la compañía que le alumbró como intérprete y le enseñó el amor por el teatro. Cuando comenzó a colaborar con el grupo estellés estaba, dice, en su preadolescencia (la mía vivía yo cuando el primer montaje de Kilkarrak; mejor no entrar a comprobar fechas). Y ya se sabe, los amores en esa edad son más intensos y difíciles de olvidar.

Amor, teatro y un punto de efervescencia adolescente contiene la obra de la que toca hablar: El sueño de una noche de verano, la archiconocida historia de Shakespeare. No por sabido el argumento resulta menos entretenido encontrarse de nuevo con los amoríos de Hermia, Lisandro, Helena y Demetrio, y perderse con ellos por el bosque de Atenas. Y ser cómplices de los embrollos causados por Puck, el duende travieso e irresponsable como un púber desenfrenado. El díscolo Puck, aunque obediente a la autoridad de Oberón, es quien desbarata los lazos que unen a los jóvenes amantes para anudarlos en un enredo no previsto. Aunque, finalmente, será también su magia la responsable de unirlos de modo que el asunto quede a satisfacción de todos y se alcance un desenlace feliz. Bueno, tal vez pueda interpretarse que está forzando un poco la voluntad de los enamorados, pero se trata de un engaño honesto. Como también lo es el propio teatro.

Los personajes comienzan y terminan su obra rompiendo la cuarta pared para mezclarse con el público, como si, de algún modo, también el engaño teatral quisiera participar de la realidad. Mientras, en la escena final, sobre el escenario, la troupe dirigida por Membrilla representa la fábula de Píramo y Tisbe. Engaño dentro del engaño que muestra una verdad: la de las cuitas de los actores para preparar sus montajes. Kilkarrak ha pretendido con esta ampliación de los límites de la escena convertir su espectáculo en algo dinámico y atractivo, a tono con el texto representado. Resulta una buena carta de presentación y una sugerente despedida, aunque en el arranque peligraran mis cervicales de tanto mirar a un punto y a otro de la grada. Se percibe la mano de Barbarin en esa huida permanente del estatismo. Intuyo que en parte por su formación como bailarín, todas las escenas tienen por detrás un cuidado trabajo de movimiento, algo que reclaman a gritos las intervenciones de Puck o la pelea entre Lisandro y Demetrio. Barbarin se lo proporciona y lo extiende al resto de la función. La propia compañía define el concepto de teatro de su director como “plástico”. Y le va bien. Yo al menos lo interpreto por el lado de la búsqueda estética. Hay un bonito trabajo de vestuario, fresco y colorido, adecuado para una obra ligera como esta. Y también contribuye al resultado final la música folk de Klof. Todo esto hace que el montaje tenga un envoltorio resultón y atractivo. A la música le puedo poner el pero, eso sí, de que no siempre ayuda al desarrollo de la acción. A esto también acompaña que las transiciones podrían ser más fluidas, y algunas réplicas y parlamentos, un pelín más veloces para procurar un mejor ritmo.

El trabajo de los actores es bueno. Como corresponde a un grupo con tan larga trayectoria, sus componentes demuestran tener oficio. Destacaría al cuarteto protagonista, especialmente a su parte femenina, Elsa Preciado (Hermia) y Yolanda García (Helena); la entrega demostrada por Lucía Echávarri en su encarnación de Puck; y el resultado conseguido con el sexteto de artesanos que ofrece la representación de Píramo y Tisbe.

Foto: Ricardo Galdeano

Dinero negro

dinero negro

El dinero no da la velocidad

Obra: Dinero negro. Autor: Ray Cooney. Compañía: Almadía Teatro. Dirección: Óscar Orzaiz. Intérpretes: Javier Chocarro, Raquel Aldaz, Jeser Zalba, Carol Vázquez, Ramón Satrústegui, Manolo Almagro, Julio Alonso. Lugar y fecha: Sala de Cámara de Baluarte, 2/06/2013. Público: dos tercios de la sala.

Almadía Teatro abre el Ciclo de Teatro Amateur que organiza Baluarte, y lo hace con una comedia de Ray Cooney. Un autor con el que repiten, después de que les fuera bien en su último montaje: Taxi (o Sálvese quien pueda, como también es conocida), probablemente la obra más conocida del autor británico. En Dinero negro, la pieza que presentan ahora, vuelven a ese universo de equívocos y de giros argumentales de pirueta y doble tirabuzón, casi siempre un tanto traídos por los pelos, pero que dejan la trama en un estado de agitación constante para mantener al espectador en vilo. Algo así como seguir pedaleando para evitar caerse de la bicicleta.

En Dinero negro, un humilde empleado de banca recibe el mejor regalo de cumpleaños de su vida: alguien sufre una confusión de maletas, se lleva la del bancario y le deja otra con seis millones de euros en su interior. Nuestro hombre siente que eso es una oportunidad que no puede desaprovechar, así que, al llegar a casa, encarga dos pasajes de avión y llama a un taxi para que le lleven al aeropuerto con su esposa, dispuesto a comenzar una nueva vida. Ya despachará a sus cuñados, invitados a cenar, con cualquier excusa. Claro que tendrá que lidiar con ellos, con un inspector de la brigada de estupefacientes, con otro de la de homicidios, con un terco taxista, y con la permanente amenaza de que los dueños del maletín aparezcan para llevarse lo que es suyo.

Dinero negro es pura farsa, un juego constante de entradas y salidas de personajes, de enredos y de equívocos, de personajes estereotipados de ideas fijas y de planes que se tuercen y hay que recomponer. Un terreno para el que hacen falta neumáticos rápidos, moverse mucho y no pensar demasiado: no es reflexión lo que se pretende, sino sorpresa. La dirección de Óscar Orzaiz ha buscado imprimirle a esta obra lo que necesita primariamente: velocidad. Y eso, desde luego, lo ha conseguido. Deprisa, va; lo que hace que funcionen las réplicas y las buenas situaciones de tensión que contiene la obra, como el cambio de maletines del final.

En cualquier caso, me viene a la memoria un anuncio de hace unos años, casualmente de neumáticos, cuyo eslogan hablaba de los problemas de tener potencia sin control. Potencia tenemos. Creo que algunos momentos ganarían con control: explorando algunas situaciones para sacarles más jugo, dándoles más matices a las interpretaciones (dentro de lo que permitan los personajes), modulando un tanto las reacciones y, especialmente, el volumen de la voz. Cuestiones que creo que enriquecerían el montaje a base de trabajo continuado, pero es que lo de enriquecerse con un maletín con seis millones solo pasa en las comedias.

Divinas palabras

divinas palabras

El arte de teletransportarse

Obra: Divinas palabras. Autor: Ramón María del Valle-Inclán. Compañía: Teatro el Bardo. Dirección: Paco Ocaña. Intérpretes: Pablo Asiáin, Javier Chocarro, Noemí Alcalá, Imelda Casanova, Fernando Eugui, Elena Uriz, Carmen Nadal, Txuma García, Inma Gutiérrez, Itziar Andradas, Javier Briansó, Manolo Almagro, Paco Ocaña, Iñaki Esparza, Ana Zabalza, Urko Ocaña, Amaia García. Lugar y fecha: Casa de cultura de Villava, 22 y 24/03/13. Público: lleno (en la función del 24).

La compañía de teatro amateur El Bardo parece haberle cogido el gusto a los dramas rurales. Después de Bodas de Sangre, nos trae ahora su versión de Divinas palabras. De la Andalucía profunda, a la Galicia negra: un auténtico viaje espacial y mental (no tanto temporal: apenas una docena de años separan la edición de ambas obras). En la suya, Valle nos traslada a un mundo lleno de tipos peculiares, de charlatanes que recorren las ferias y caminos adivinando porvenires; de bárbaros que se ganan los cuartos exhibiendo a un enano deforme como si fuera algo sobrenatural; de mujeres que van a los bosques a conjurar demonios; o de villanos ignorantes que agachan las orejas ante el hechizo de los latines. Ante todo este abanico de superchería, el teatro es capaz de ofrecer magia de la buena, de la de verdad. Porque pocas artes como el teatro poseen la prodigiosa capacidad del teletransporte, de llevar al espectador de un sitio a otro sin que lo sienta, y mostrarle allí no sucesos extraordinarios, sino la vida misma, que es algo todavía más portentoso.

Cierto es que, para que funcione la magia teatral, hay que ser muy minucioso en la preparación del mecanismo con el fin de que el espectador no detecte el truco. Y no me refiero a la abundancia de medios. Al revés: funcionan mejor las soluciones simples e imaginativas que, por simpatía, estimulen también la imaginación del público. Por el contrario, lo que resulta un lastre para el vuelo de esa imaginación es solucionar las transiciones entre escenas con oscuros que encubran el traslado de utilería. Matizo: puede ser plausible en una obra de tres actos, pero, en una pieza que consta de veinte cuadros, cercena cualquier sensación de continuidad. En lugar de un viaje por teleportación psíquica, es como meter nuestra atención en un autobús de los que para por los pueblos.

Este me parece el principal problema de una versión que, a mi parecer, mejoraría considerablemente repensando el modo de ejecutar esos cambios de escena. Entiendo que no se trata de un empeño fácil. De hecho, esa dificultad ha alimentado mucho tiempo la falacia de que el teatro de Valle era irrepresentable. Por lo demás, este montaje de la compañía de teatro El Bardo cuenta con unas interpretaciones trabajadas con mimo, de mérito en algunos casos. Hay también un buen sentido en la composición de las escenas, que mantienen su ritmo interno y resultan visualmente dinámicas. Y un trabajo de vestuario en el que se aprecia que se ha invertido dedicación. Razones diversas, en suma, para alcanzar un resultado apreciable.

Foto: Eduardo Buxens (de la página web de la compañía).