Se sale

THEHOLE

The hole

Obra: The Hole. Creación: Paco León, Yllana y Letsgo. Dirección artística: Yllana. Textos: Secun de la Rosa y Paco León. Intérpretes: Quequé, Marta Torres, Nacho Sánchez, Donet Collazo, Julio Bellido, Arantxa Fernández, Mónica Riba, Adrián García, Bruno Gulo, Alex Forriols, Toni Vallés, Dúo Flash y Abdulaeva Dilorm Dilya. Lugar y fecha: Tetro Gayarre, 2-13/07/14. Público: rozando el lleno (en la función del 2)

Los Sanfermines son para salir. Por las mañanas, por las tardes, por la noche, según el gusto (y las posibilidades) de cada cual.¿Entrar al teatro? Si nunca hay nada que merezca la pena.  Bueno, el año pasado el Gayarre se la jugó con La Cubana. Una apuesta de riesgo con casi una veintena de funciones que salió estupendamente. ¿Motivos? Una compañía conocida, un humor festivo y para todos los públicos, y, especialmente, un espectáculo de calidad que el boca a oreja contribuyó a consagrar como una alternativa de ocio para las tardes de la Fiesta. Este año, la sala pamplonesa redobla el envite con una propuesta en parte distinta, pero igualmente atractiva y que a buen seguro se verá beneficiada por el precedente del año pasado.

La calidad se le presupone. The hole se ha mantenido con éxito durante dos temporadas en la cartelera madrileña; la buena acogida ha motivado una secuela del espectáculo; y el montaje original sale ahora de gira con la intención confesa de “poner patas arriba” las ciudades por donde pasa. Casi literal: basta echar un ojo a la fachada del Gayarre estos días. Su campaña de promoción tiene un punto provocador que ha funcionado a completa satisfacción de sus productores. Esto será, no obstante, materia para la sociología. A mí me interesa más el eslogan que acompaña a sus anuncios: “Hay que estar en el agujero para salir del agujero”. Un lema ambiguo, adecuado para tiempos duros como estos; también con un matiz canalla, si se mira desde otro punto de vista. Como el pensamiento de un vividor que echase la vista atrás.

Esa es la ética de The hole: el punto frívolo, atrevido, de celebración de la vida hasta el último trago. La estética es la de un género que también ha habitado el agujero de la decadencia durante bastantes años y al que ahora iniciativas como esta y otras, como la de El Plata en Zaragoza, tratan de devolver el brillo perdido: el cabaret. Bueno, cabarets hay muchos y variados. The hole prescinde de recreaciones historicistas, bucea en el espíritu del género y crea un cabaret para este tiempo, aunando números musicales, momentos de circo, humor desvergonzado y, por supuesto, ciertas dosis de erotismo.

La cosa funciona muy bien. La presencia de Yllana en la creación del espectáculo es una garantía. Poca gente como ellos trabaja el humor entendido como espectáculo, la comicidad de cada detalle y, especialmente, el ritmo del conjunto. The hole está concebido para que no decaiga ni durante el descanso. Cada pieza deja paso a la siguiente sin tiempos muertos. Todo se sucede de forma natural, con el apoyo de la continuidad marcada por el Maestro de Ceremonias, Quequé en este montaje. Sus intervenciones, firmadas por un solvente escritor de comedia como Secun de la Rosa, son descaradas y divertidas. ¿Dónde está el límite entre el descaro y la vulgaridad? Pues seguramente donde uno quiera ponerlo. A mí me resultaron cómicamente irreprochables. Quequé centra la atención del espectáculo, pero habrá que destacar también las canciones a capela de Los Mayordomos: un repertorio popular y resultón, soberbiamente interpretado. En los números de circo, tal vez haya una sobrepresencia de los números aéreos, aunque sí que es cierto que resultan espectaculares en este recinto y que estaban soberbiamente ejecutados. Los de Las Supernenas fueron extraordinarios, así como el de Donet Collazo. El Pony Loco le inyecta el punto de locura y provocación a su parte. Y Abdulaeva Dilorom, presentada como una oronda Marilyn de Botero, hace que el suyo resulte especial. Tal vez no tan lucidas resultaron las acrobacias en suelo del Dúo Flash. En cualquier caso, todo el conjunto funciona como un mecanismo de relojería. En Sanfermines, esto se sale.

Fotografía: http://www.theholeshow.com/web/
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El diccionario

eldiccionario

El oxímoron

Obra: El diccionario. Autor: Manuel Calzada Pérez. Dirección: José Carlos Plaza. Intérpretes: Vicky Peña, Helio Pedregal, Lander Iglesias. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 25/07/2013. Público: dos tercios de entrada.

Un oxímoron es, según el Diccionario de Uso de María Moliner, una “figura retórica que consiste en la unión de dos palabras de significado opuesto; por ejemplo ‘dulce derrota’ o ‘soledad sonora’”. Se menciona esta definición durante la representación de El diccionario, la obra sobre la filóloga y lexicógrafa escrita por Manuel Calzada. Su texto parte de lo que es, en cierto modo, un oxímoron vital: una diccionarista (Diccionarista: persona que hace diccionarios.) que pierde progresivamente el lenguaje debido a una enfermedad cerebral. Como si hubiera volcado todo su conocimiento de las palabras sobre el papel, dejando su cerebro vacío.

El diccionario está contenido entre dos escenas que forman una especie de signos de paréntesis de la narración. En la primera escena, María Moliner se dirige al público como si fueran los asistentes a un acto académico y procede a leer un discurso. En la escena final, un epílogo que actúa como contrapunto más pausado al clímax del deterioro mental y físico del personaje, se revela que el discurso está dirigido a los miembros de la Real Academia Española, que le negaron el acceso a la institución que “limpia, fija y da esplendor”. Moliner les lee su definición de la palabra “libertad”: “Facultad del hombre para elegir su propia línea de conducta, de la que, por tanto, es responsable”. Ella escogió su entrega a la compilación y clasificación de las palabras como una tarea existencial, arrostrando las consecuencias que eso tuvo en su vida, especialmente en su matrimonio. ¿Para qué? Bueno, la obra nos muestra que hacer un diccionario es más que recoger palabras. El lenguaje define la realidad. “Como bien saben los poderosos”, nos recuerda el personaje. También se dice en la obra que tiene su matiz decir sacerdote en vez de cura; en vez de fascistas, nacionales; y llamar a Franco “el Generalísimo”. Fijar el significado de las palabras es un acto de rebeldía contra la falsedad, el único acto posible para una represaliada como la Moliner.

La familia, la represión franquista, la lucha contra la enfermedad, y, sobre todo, la  obsesión de la protagonista por terminar su diccionario conforman los pilares sobre los que Manuel Calzada construye su texto. No es un biopic y, sin embargo, creo que nadie diría que falta algo sustancial de la vida de la lingüista. Calzada muestra la esencia, a veces con leves apuntes, con trazos sintéticos, pero con precisión de diccionarista: la vida (de María Moliner) era esto. La dirección de José Carlos Plaza acrisola las palabras vertidas sobre el papel para conseguir espléndido teatro, de una notable intensidad en la mayor parte de las escenas, tal vez con algún leve descenso de voltaje dramático hacia el final. Hay momentos magníficos: en general, todo ese duelo que mantiene la protagonista con el neurólogo responsable de su tratamiento, y, especialmente, cuando el examen médico de este último se confunde en la cabeza de ella con el interrogatorio que sufrió en las purgas franquistas. O la escena que muestra a la Moliner en el momento álgido de su decadencia mental, capaz de conmover al más pintado.

Por supuesto, una tremenda parte del mérito de la función hay que atribuírselo a su actriz principal, una Vicky Peña que demuestra estar en estado de gracia interpretativo. Su María Moliner transmite un abanico de matices: serenidad, ironía, obstinación, temor, y muchos más, hasta llegar al desvalimiento más absoluto. Aunque Peña se lleva la mayor parte de la atención, tampoco es justo no subrayar la excelente labor de Helio Pedregal, en el papel del médico, y la de Lander Iglesias, encarnando al marido de la lexicógrafa.

Fotografía: Ros Ribas.

Espacio vital (Lebensraum)

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Sin palabras

Obra: Espacio vital (Lebensraum). Dirección: Jakop Ahlbom. Música: Alamo Race Track. Intérpretes: Yannick Grewendiger, Reinier Schimmel,Silke Hundertmark, Leonard Lucieer, Ralph Mulder. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 23/10/2013. Público: media sala.

El Teatro Gayarre ofrece una de esas contadas ocasiones de ver en Pamplona a una compañía internacional y esto es algo que no hay que dejar pasar, aunque sea un todavía cálido miércoles de octubre. Lebensraum (Espacio vital) es una creación del autor, actor y director Jakop Ahlbom inspirada, según afirma, en las comedias clásicas de cine mudo. Cita a Buster Keaton como influencia principal. Con ese modelo, construye una historia tan divertida como extraña, de un surrealismo onírico, sobre dos hombres que viven juntos en paz y armonía hasta que introducen en el hogar a una autómata femenina. Lo que en principio debería servir para organizar mejor ese espacio vital, acabará desembocando en el caos, la enemistad y la ruptura. Bueno, y como efecto colateral, también en el amor.

Todo el juego de teatro físico con el que se construye la obra, con el recurso al preceptivo slapstick, recuerdan efectivamente al cine de Keaton y de otros grandes maestros de la comedia sin palabras. Supongo que por ese robot femenino que actúa de catalizador del desastre, me viene a la cabeza otra referencia del cine mudo: Metrópolis, la obra maestra de Lang. Seguramente también por ese mencionado tono de irrealismo que preside la historia y que me parece más cercano al expresionismo de Lang que a los geniales divertimentos del cine de humor. También me acuerdo de Coppelia, el hermoso ballet sobre una muñeca que cobra vida. Y de una cosa más: Lebensraum era también el término que se empleó como excusa política para justificar el expansionismo alemán durante finales del XIX y la primera mitad del XX. Supongo que esto no tendrá nada que ver, pero me acojo al método de la asociación libre de ideas, que también es muy del surrealismo.

En fin, referencias más o menos alucinadas aparte, Lebensraum es un espectáculo con una personalidad especial; todo un universo concentrado en una sala de aire vintage, en la que las cosas no son lo que parecen o son más de lo que aparentan a simple vista: camas se transforman en pianos, paredes que se traspasan, o ventanas que devuelven al mismo lugar del que salen, como si ese cosmos estuviera conectado por agujeros de gusano en bucle. En este Espacio vital, la vida tiene otra textura.

Contribuye también a ese ambiente de mundo soñado la banda sonora que, como en toda película de cine mudo, interpretan en directo Ralph Mulder y Leonard Lucieer. No están fuera del espacio, como el clásico hombre del piano, sino que se integran en él; se mimetizan con él, más bien, con esos trajes idénticos al dibujo del papel de las paredes. Están, pero no están. Ceden todo el protagonismo a los actores, que dan una verdadera lección de precisión y de portento físico en la ejecución de todos los gags con los que se construye el montaje. Algo de dejar al espectador mudo y con la boca abierta. Y por encima de todo, la visión de Ahlbom integrando música, movimiento y humor en un todo coherente. Un espectáculo magnífico.

 

El nombre de la rosa

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Todo por un libro

Obra: El nombre de la rosa. Autor: Umberto Eco. Adaptación: José Antonio Vitoria y Garbi Losada. Dirección: Garbi Losada. Intérpretes: Karra Elejalde, Juan José Ballesta, Pedro Antonio Penco, David Gutiérrez, Cipri Lodosa, Jorge Mazo, Koldo Losada, José María Asín, Miguel Munárriz, Javier Leoni, César Novalgos, Inma Pedrosa. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 18/10/2013. Público: lleno.

Hace ya más de treinta años que Umberto Eco publicó El nombre de la rosa. No hace falta recordar la popularidad que cosechó el semiólogo y filósofo turinés con su primera novela. Un éxito que acrecentó notabilísimamente la versión cinematográfica dirigida poco después por Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Sean Connery. A diferencia de lo que ha podido suceder con otros libros publicados por aquellas fechas, la fama de la historia compuesta por Eco se ha mantenido intacta a lo largo de estas tres décadas. Por eso, una adaptación teatral de El nombre de la rosa me parece, más allá de otras consideraciones, un buen punto de partida para atraer al público a las salas y garantizarse (si tal cosa fuera posible) un buen resultado comercial.

Así que todo empezó por un libro. En la historia de Eco, todo se hace también por un libro: un manuscrito misterioso por el que se muere y se mata. En esta versión realizada en coproducción por varias compañías (Ados Teatroa, Al Revés Producciones, Tres Tristes Tigres y La Nave Producciones: una experiencia modélica), también hay un libro que preside el espacio escénico como un signo ominoso. Las páginas de ese libro que conforma la esencia de la escenografía se abren, se pliegan, se segmentan para sugerir los diferentes lugares de esa abadía “cuyo nombre sería más prudente y piadoso omitir”. Es un concepto interesante: los muros del edificio convertidos en papel; un papel que encierra a todos los personajes, como una prisión sin salida posible, sin huida de la cadena de crímenes, pero también como el propio volumen que contiene su historia.  Técnicamente, también es una solución visualmente atractiva. No obstante, me pasa algo paradójico: tanto cambio de escenografía, en lugar de añadir dinamismo a la escena, me parece que le resta continuidad a la historia. Entiendo que momentos como las escenas finales en la laberíntica biblioteca piden una escenografía móvil, y casi proteica, si pudiera ser. Pero también me parece que hay otros momentos en los que tanto cambio me resulta superfluo.

Supongo que parte del problema está en mirar más a la versión cinematográfica que al escrito original. No hablo ya de sobreescribir la adaptación sobre el guion de cine, como en un palimpsesto del que este, y no el libro de Eco, fuera el texto primigenio. El problema, creo, está en esa división de la historia en escenas breves y aisladas. Una forma de presentar la trama casi natural en cine, pero que en teatro me plantea más problemas. Entiendo que es difícil hacerlo de otro modo, y no le resto mérito a los intentos de la dirección de Garbi Losada por hilvanar las acciones mediante la música, la luz y el movimiento de los actores, pero aún me parece que la trama no termina de correr como debiera.

Lo que sí merece el mayor de los elogios es la labor interpretativa. No tanto, quizá, la del dúo protagonista. A Juan José Ballesta lo vi cumplidor, pero todavía algo envarado ante su primer desafío teatral. Y en Karra Elejalde percibí un intento de dar a su Guillermo de Baskerville un aire de escéptica astucia, de distancia socarrona a veces, pero que no me termina de funcionar, como si hubiera un desapego de un personaje que termina por parecerme poco matizado. Donde sí disfruté fue en la labor de los secundarios; de todos sin excepción, desde el Jorge de Burgos de Cipri Lodosa, pasando por el Salvatore de Koldo Losada, y llegando al Ubertino da Casale de José María Asín, y perdón por no citar al resto. No me voy a extender sobre cada uno de ellos. Me parece que a todos se les da la personalidad adecuada, con un puntillo de exageración en algún momento, quizá, pero que cuadra muy bien a unos personajes de peculiar naturaleza.

Fotografía: Pentación Espectáculos

Emilia

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¿Amor con amor se paga?

Obra: Emilia. Autor y director: Claudio Tolcachir. Intérpretes: Gloria Muñoz, Alfonso Lara, David Castillo, Malena Alterio, Daniel Grao. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 12/10/2013. Público: tres cuartos de entrada.

A Claudio Tolcachir le ha salido con Emilia un melodrama casi puro, sin los ramalazos de comedia que marcaban gran parte del tono de sus obras anteriores. Comedia bárbara en La omisión de la familia Coleman; más amable y sentimental en El viento en un violín. Recuerdo también alguna concesión al humor en Tercer cuerpo. No la hallo, sin embargo, en esta cuarta obra del autor argentino. El quinteto de personajes que integran la historia son figuras dolientes, incluso aunque traten de disimularlo con una desmedida expresividad, como Walter (Alfonso Lara); con un anhelo de ausencia, como Carolina (Malena Alterio); o tras la máscara de la serenidad, como la propia Emilia.

Emilia fue la niñera de Walter. Ambos se reencuentran por casualidad muchos años después, cuando Walter y su familia están en plena mudanza. Emilia es la encarnación del amor incondicional: alguien a quien se pagaba con dinero por cuidar a un niño y que, más allá de sus obligaciones contractuales, termina por querer a su pupilo como la más devota de las madres. Pero no es la única relación de amor que encontramos en la obra. Todos los personajes se aman o se dejan de amar. Emilia se convierte así en una pequeña sinfonía de palabras sobre el amor y, especialmente, sobre cómo se retribuye (o no) el amor que se entrega. Lo primero que me provoca una reflexión sobre la obra es un cierto sentimiento de injusticia: no importa cuánto se invierta en el amor por otro; nada garantiza que se vaya a recuperar lo invertido. Y, sin embargo, es inevitable amar. Y es un prodigio hacerlo como lo hace Emilia: generosamente, sin esperar nada a cambio.

Esta es mi reflexión tras ver la obra. Supongo que cada cual tendrá la suya. Espero que la tenga, porque Emilia me parece una obra para reflexionar. Tal vez esa sea su mayor virtud, pero también el mayor de sus defectos. Veo Emilia como un puzzle en el que solo el final nos da una indicación de cómo es el retrato que debe servir de referencia para colocar las piezas. Con la resolución, todo (o casi) cobra un sentido. Se levanta uno de la butaca con la satisfacción de pensar: “Bueno, pues ahora entiendo esto y lo otro”, y eso está bien. El problema es el largo rato en el que uno ha estado sin entender. Emilia tiene una larga preparación y una resolución rápida. Me resulta algo descompensada. Especialmente porque, durante esa extensa parte de la obra en la que se van presentando los personajes y se ponen los pilares del drama, la acción es más bien escasa y las situaciones, banales. De acuerdo, tal vez solo en apariencia, hasta que se desvelen las claves que les dan sentido, pero la horita de rascarse la cabeza y mirar un poco inquieto el reloj no me la devuelve nadie.

Por supuesto, echo de menos a los magníficos actores de Timbre 4, la compañía argentina con la que hasta ahora habíamos visto los montajes de Tolcachir. He leído que el propio autor y director decía que con el reparto de actores españoles con el que ha montado esta versión, los personajes habían adquirido rasgos distintos, lo que hace lamentar todavía más no poder ver el montaje de Buenos Aires. Me gustaría, especialmente, comparar el personaje de Walter (aquí, Alfonso Lara), por ver otras posibilidades de expresar esa tensión, ese estado de efusividad permanente con el que se le caracteriza. Eso sí, no creo que la Emilia del montaje argentino sea superior (aunque seguro que será igual de buena) que la que construye aquí Gloria Muñoz, natural y contenida, irradiando compasión como una encarnación de la Piedad. Bien también Malena Alterio, aunque el aire de alejamiento al que le obliga su personaje no deja mucho espacio para el lucimiento. Más difícil lo tenía el joven David Castillo con un personaje complicado y creo que lo resuelve con nota. Daniel Grao completa el reparto y, aunque su personaje resulta más episódico (un par de intervenciones casi en off y una escena de la que es protagonista solo a medias), no desentona del buen nivel general.

Fotografía: Producciones Teatrales Contemporáneas

Los hijos de Kennedy

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Cinco rostros del desencanto

Obra: Los hijos de Kennedy. Autor: Robert Patrick. Dirección: José María Pou. Intérpretes: Emma Suárez, Fernando Cayo, Ariadna Gil, Maribel Verdú y Álex García. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 4 y 5/10/2013. Público: lleno.

Es la falta de ideales la que llena los bares. Al menos, el bar en el que transcurre la acción de Los hijos de Kennedy. Robert Patrick escribió la obra a mediados de los 70. Son los años del Watergate, de las postrimerías de la Guerra de Vietnam… Hitos que marcan el fin de la inocencia, de la ilusión por lograr un estado de cosas distinto: un estado mental que Patrick  identifica con la era de Kennedy. Todo se truncó un 22 de noviembre de 1963 en la plaza Dealey de Dallas. Una década después, los herederos de esa época recogen la amarga cosecha de desencanto.

Cinco personajes en un bar cuentan su historia. Sus historias: Los hijos de Kennedy se presenta como un cruce de soliloquios. No podemos saber si realmente comparten tiempo ni espacio. Solo sabemos que comparten desilusión. Hablan a un interlocutor invisible, no entre ellos. José María Pou ha querido en determinados momentos enriquecer la puesta en escena con unas sutiles pinceladas de interacción, pero lo cierto es que cada personaje lanza su discurso al aire: the answer and the questions are blowin’ in the wind. Un bar es el lugar universal donde contar, donde contarse, historias. A conocidos o a desconocidos, tanto da. En esta obra, se constituye como un espacio simbólico, y los personajes como arquetipos de la decepción. A ratos, más bien como estereotipos, me temo.

Tenemos un actor gay especializado (porque no le queda otro remedio) en producciones ínfimas (Fernando Cayo); una aspirante a reemplazar a Marilyn Monroe que termina su carrera (o, más bien, la empieza) prostituyéndose (Maribel Verdú); una activista que ha pasado por todas las luchas callejeras sin obtener más resultado que los golpes de la policía y un novio yonki (Ariadna Gil); un soldado de la Guerra de Vietnam enloquecido por el horror (Álex García); y una joven secretaria que añora los tiempos de Kennedy (Emma Suárez). Es un muestrario variado, pero le veo varios problemas. El primero, que encuentro que el interés de los personajes está algo descompensado. Me cautiva la historia de Sparger, el actor de medio pelo que encarna Fernando Cayo, y sigo con razonable curiosidad las vicisitudes del personaje de Ariadna Gil. Pero me resultan algo superficiales y un pelín tópicos los relatos del soldado y de la aspirante a Marilyn. Y al personaje de Wanda, la nostálgica mujer de clase media a la que da vida Emma Suárez, no le veo más función que la de ubicar temáticamente la acción y ofrecer una especie de contrapunto al resto de los monólogos.

He leído que Pou asistió al estreno en España en 1977. Es curioso: aquí, en esos años, todo parecía posible. La obra podía tomarse más bien un vaticinio ominoso del desencanto que nos esperaba y que no ha hecho sino crecer desde la década siguiente. Podría parecer que este es un buen momento para recuperarla. Sin embargo, no consigo ver nuestra realidad en los personajes de Patrick. Y este es el segundo de los problemas: que esos hijos de Kennedy son para mí como un primo segundo en América. Familiares, sí, pero lejanos.

Supongo que el interés en estos familiares estará precisamente en la familiaridad de los rostros que los encarnan. Desde luego, el elenco es de llamar la atención. Tras los nombres, no obstante, también acecha un cierto desencanto. La obra lleva todavía muy poco tiempo de rodaje, días apenas, y supongo que a eso pueden atribuirse algunos levísimos tropiezos con el papel y, sobre todo, ciertas interpretaciones que tiran a veces de cliché emocional, o esa es la sensación que me produjeron. Ya digo que alguno de los personajes no da tampoco para mucho más. Me gustaron, no obstante, la Rona de Ariadna Gil, contenida y con buenas dosis de verdad. Y también, y especialmente, el polo opuesto: el desaforado Sparger que compone Fernando Cayo, un pedazo de actor; se deja la mesura en el camerino, pero su visión del personaje lo reclama. Aún es pronto, estos hijos de Kennedy crecerán y se harán mayores, sin duda.

Para no perderse: “Emilia”, de Claudio Tolcachir, en el Gayarre

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Este sábado, 12 de octubre, nos visita Claudio Tolcachir. Y no es una manera de hablar: el actor, director y dramaturgo argentino protagonizará un encuentro con el público que asista a su última obra, “Emilia”, en el Teatro Gayarre. Un premio extra para una cita ineludible para cualquier aficionado al teatro. Hemos tenido ocasión de ver en esa sala las tres obras anteriores de Tolcachir (“La omisión de la familia Coleman”, “Tercer cuerpo” y “El viento en un violín”), además de su versión de “Todos eran mis hijos”, de Arthur Miller, y creo que habrán sido muy pocos los espectadores que no hayan quedado deslumbrados por la capacidad del autor para crear historias que provoquen una carga de emoción tan auténtica. Los personajes de Tolcachir están siempre al límite: al límite de la marginalidad, al límite de la normalidad, al límite del desarraigo. Sus historias se mueven también en el límite entre la tragedia y la comedia. Era inevitable reírse con las bárbaras ocurrencias de los protagonistas de “La omisión de la familia Coleman”, o con las descabelladas actuaciones de Darío, uno de los protagonistas de “El viento en un violín”. Reírse para un momento después sentirse incómodo al percatarse del drama que se esconde tras el delirio. Me autoplagio para recordar lo que conté al respecto de esta última obra:

“‘El viento en un violín’ es casi un canto a la fuerza redentora del amor. Del amor maternal (o paternal) como esperanza para aquellos que no tienen otra cosa, y no me refiero solo a bienes materiales: en la obra, tan pobre es Darío, el hijo único de una familia bien, como Lena o Celeste, la pareja pobre que detona el conflicto con su deseo de tener un hijo hacia el que transmitir el amor que siente la una por la otra; su deseo de ser una familia normal. Como en ‘La omisión de la familia Coleman’, el deseo de ser normal es ubicuo. Pero mientras que allí las declaraciones de normalidad sonaban como sarcasmos, en ‘El viento en un violín’ resuenan como gritos desesperados de socorro. En la presente obra, Tolcachir ha afinado su capacidad para conmover al espectador sin renunciar en ningún momento a hacerlo reír, y, sobre todo, a algo que aúna ambas cosas: a entretenerlo. El entretenimiento a través de contarle historias que le importen, historias emocionantes, en las que se pueda ver el alma humana como el fondo de un río cristalino. Cuentos de verdad, en suma. Algo al alcance de muy poquitos.”

En “Emilia”, Tolcachir nos traslada de nuevo a un terreno conocido: el de las relaciones familiares como campo abonado para que germinen y afloren los conflictos más profundos. No trae, como en otras ocasiones, a los actores de su compañía, Timbre 4, pero he leído buenos elogios sobre el reparto con el que se está representando la obra en España, encabezado por Malena Alterio, Gloria Muñoz y Alfonso Lara. Por todo esto, yo no me perdería esta función por nada del mundo.

A por churros

a por churros

De churros e intimidades

Obra: A por churros. Autora: Ventura Ruiz. Dirección: Ana Maestrojuán. Intérpretes: Josu Castillo, Ventura Ruiz, Bea Roche, Ángel García. Lugar y fecha: Teatro Gayarre. 20/09/13.

A por churros fue la obra ganadora de la segunda convocatoria del Certamen de Textos Teatrales sobre las Fiestas de San Fermín, organizado por el Teatro Gayarre. Una obra breve, como exigía la convocatoria, apenas media hora. Una duración que da más para media docena de churros antes que para la docena completa. Con doble de azúcar, eso sí, que la obra apuesta por la comedia desaforada, como suele ser tradicional en los textos de este concurso.

Tradición también es, casi tanto como el txupinazo, la huida de la barahúnda festiva por parte de un número creciente de pamploneses hacia destinos vacacionales más tranquilos. La obra arranca con el regreso de  una pareja de estos desertores. Estamos en las primeras horas de la mañana del día 15. Vestidos veraniegos, bermudas, nevera y sombrilla. Útiles que ya han cumplido su función y hay que almacenar hasta la próxima, como se guarda de año en año la ropa blanca. La hija adolescente no ha seguido a sus padres hasta el refugio mediterráneo. Ha preferido quedarse a vivir la fiesta a tope. Muy a tope, según atestiguan los gemidos en off que proceden de un lateral y que escuchamos antes de que los  progenitores hagan su entrada.

Con este punto de partida, el texto de Ventura Ruiz se inclina hacia un tono de vodevil, con sus entradas y salidas, bien calculadas para que los personajes no se encuentren y pueda sostenerse el equívoco hasta el final: si la niña no está en casa, es porque habrá salido a por churros para desayunar, deduce una madre confiada. Y en medio de todo, un padre que descubre el embrollo, pero trata de lanzar un salvavidas a su hija y al despreocupado caradura que esta se ha ligado. El del padre es un personaje al que se intenta vestir tímidamente en clave de clown. Lo notamos más al principio, con su torpe manejo de las sillas, la sombrilla y el resto de los utensilios playeros, que maneja con esa torpeza humorística a lo Pepe Viyuela. Es algo pasajero, me temo, y el resto de la función su papel es más estático, cuando seguramente su posición central debería obligarle a ser más activo. Creo que la obra podría ganar si este personaje contribuyera a generar coartadas o a ocultar a los personajes, en lugar de observar pasivo como todo se resuelve por pura chiripa.

La obra se beneficia de la labor de un cuarteto de actores que defiende el texto con convicción y con el dinamismo y la entrega que la propuesta requiere. También contribuye el formato elegido, ese teatro de cercanías, con un público reducido, pero situado dentro de la misma escena, que provoca que nos sintamos casi como voyeurs de la intimidad de esta familia. Es como estar en el salón de su casa, esperando también a que nos traigan los churros para compartir su desayuno.

Mitad y mitad

El reparto

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Obra: Mitad y mitad. Dirección: Pep Anton Gómez. Autores: Jordi Sánchez y Pep Anton Gómez. Intérpretes: Fernando Tejero y Pepón Nieto. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 14/09/2013. Público: lleno (en la función de las 19.30)

Madre no hay más que una. Y en algunos casos, es demasiado. Eso, al menos, es lo que deben de pensar Carlos y Juan, los protagonistas de Mitad y mitad, comedia negra, negrísima, escrita a cuatro manos por Pep Anton Gómez y Jordi Sánchez, e interpretada por los archiconocidos, por televisivos, Fernando Tejero y Pepón Nieto. Carlos y Juan son dos hermanos (medio hermanos, en realidad: solo de madre) que están esperando a que la dadora de sus días, ya medio muerta, pase a estarlo por completo. ¿Las razones? Para Carlos (Pepón Nieto), el bien más preciado de los hombres: la libertad. Sometido desde niño a la dictadura del cuidado permanente de una madre posesiva, la desaparición de esta le permitiría realizar su sueño preciado: largarse a Lanzarote. La razón de Juan (Fernando Tejero) también hay que buscarla en el bien más preciado de la humanidad: el dinero, que viene a ser la expresión tangible de la libertad. Supuestamente, la madre atesora en una libreta bancaria una pequeña fortuna, aparte de la vivienda, y ambos capitales pasarían a manos de los protagonistas cuando la vieja se decida a diñarla.

Con este punto de partida, el primer motor de Mitad y mitad es el reparto. El de la herencia, se entiende. Un móvil que proporciona la excusa perfecta para que ambos hermanos exhiban lo mejor (o lo peor) de sus dispares temperamentos: el pusilánime Carlos se enfrenta siempre con las de perder a un Juan que muestra consumadas artes de trilero. El descaro de este último en escatimar a su hermano fracciones cada vez mayores de su parte de la herencia proporciona los mejores momentos de la comedia. El mérito está en unos diálogos brillantes, bien escritos, con gracia. Y también, en el buen criterio en la elección de otro reparto: el de los actores. Tejero y Nieto revalidan en el teatro una vis comica que ya habían demostrado en otros medios. Convierten en creíbles unos personajes que, sobre el papel, podrían resultar un puntillo estereotipados por lo marcado de sus personalidades opuestas. Y sobre todo, sacan petróleo de unos diálogos, ya lo hemos dicho, de buena calidad humorística. Les dan el tono preciso, colocan bien las réplicas, al ritmo adecuado. Únicamente, se les podría reprochar alguna leve falta de atención a las reacciones del público para demorar alguna contestación cuando en el patio de butacas no se han acallado todavía las risas.

Así que el éxito de Mitad y mitad radica mitad en su buena escritura, mitad en la adecuada labor de los actores. De todos modos, señalaría algún detalle que hace que la suma de estas mitades no dé un todo completo. En primer lugar, y por seguir con las fracciones, tal vez sería cuestionable la división de la pieza en dos partes. Me parece que sería mejor podar alguna redundancia, reducir la duración y tratar de mantener el ritmo que se alcanza hacia el final del primer acto. Después de ese punto álgido, la segunda mitad retoma la acción más cadenciosamente y pasan unos minutos hasta que se recupera la velocidad de crucero. Tal vez sea porque se introduce un leve giro en la acción al que no se termina de exprimir todo el jugo que puede contener. De todos modos, Mitad y mitad resulta en su conjunto una comedia muy divertida, bien llevada y, especialmente gracias a sus actores, con momentos gloriosos.

Una más y nos vamos

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El pub de la comedia

Obra: Una más y nos vamos. Autores: Carolina Noriega, Mauro Muñiz de Urquiza. Dirección: Manuel Gancedo. Intérpretes: José Luis Gil y Mauro Muñiz de Urquiza. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 01/09/2013. Público: dos tercios de la sala.

El actor y monologuista Mauro Muñiz de Urquiza (o Don Mauro) firma el texto de Una más y nos vamos, comedia que coprotagoniza con una conocidísima cara de las series televisivas de producción española: José Luis Gil. Vaya por delante que me parece una muestra de ambición saltar del terreno conocido de los monólogos al infinitamente más complicado mundo de la creación dramática. Denota afán de superación y una saludable inquietud por explorar todos los rincones del fenómeno teatral, amén de una actitud nada acomodaticia. Pero también me parece que, bajo la estructura dialogada y el esquema de conflicto sobre los que se arma Una más y nos vamos, se transparenta bastante la querencia a los códigos de la stand-up comedy.

Una más y nos vamos es una comedia de tipos opuestos que se hacen amigos. Lo que en cine se llama una buddy movie, una película de colegas, que mejor funciona cuanto más opuestos sean los protagonistas. Aquí lo son bastante. Poco en común tienen Charlie, el descarado dueño de un bar de copas, y Humberto, un notario mojigato que cae en el pub del primero vestido de mozorro, como se dice por estos lares, buscando pan para torrijas. A partir de ese encuentro delirante, la primera parte de la obra se centra en mostrar las personalidades de ambos personajes y en poner las bases para justificar su amistad. Algo necesario, pero que seguramente tendría que haberse resuelto con bastante mayor celeridad para entrar en la verdadera sustancia de la pieza, que se presenta pasada casi una hora de espectáculo: los intentos de Charlie por tener un hijo con su mujer son infructuosos, y aquí es donde Humberto podría aportar su granito de arena, por así decir. Una idea que daría para construir una comedia plausible si el foco se hubiera puesto antes sobre ella. Casi sin pensar, acuden a la imaginación situaciones que podrían dar juego: en los intentos de uno por convencer al otro, en la planificación de los preparativos, en la rivalidad por un supuesto derecho de paternidad, en las dispares ideas que cada uno pueda tener sobre la criatura… Todas estas cosas más o menos se rozan, pero, en mi opinión, este es el material que debería sustentar la trama. Cuando se pone sobre las tablas, queda poco tiempo para desarrollar una historia.

Una más y nos vamos se estructura como una obra de escenas. Sus diálogos son ágiles, pero circulares. No progresan. Bueno, si se trata de despertar la risa en un sector del público, supongo que resultan eficaces, aunque creo que a veces se abusa de recursos facilones, cargando las tintas en la exageración de las interpretaciones. José Luis Gil es un actorazo de comedia, pero está aquí por debajo de lo que puede dar. Cierto es que Mauro Muñiz de Urquiza está cumplidor en el papel de camarero sinvergüenza, pero buena gente, que se ha creado. En cualquier caso, muchas escenas me suenan más como monólogos a dos voces que a verdaderas conversaciones dramáticas. Creo que hay una pretensión por buscar la comicidad más en los gags verbales o en recursos ajenos a la trama, como los superfluos vídeos entre las escenas, que en el desarrollo de la acción y el ritmo de la obra termina por resentirse.