El pleito de Areúsa o Gallina vieja hace buen caldo

el pleito de areusa

Sopa de letras

Obra: El pleito de Areúsa o Gallina vieja hace buen caldo. Autor: L..e .. V.ga. Compañía: La Nave. Dirección: Miguel Munárriz. Intérpretes: Ricardo Romanos, Marta Juániz, Virginia Cervera, Ángel García. Lugar y fecha: Escenario de La Cava, Festival de Olite. 21/07/14. Público: dos tercios de entrada.

La compañía navarra La Nave presenta en el Festival de Teatro Clásico de Olite El pleito de Areúsa, subtitulada Gallina vieja hace buen caldo. Un título de resonancias clásicas que, sin embargo, no consta en ningún catálogo de literatura áurea. ¿La razón? Bueno, la han explicado los miembros de La Nave en la promoción del espectáculo, y figura también en el programa de mano: el texto es un hallazgo, un inédito encontrado en un desván de una casa de pueblo. Faltan, según nos dicen las primeras hojas y también las últimas. No obstante, en la primera página conservada, como si hubiera previsto esta pérdida, el autor consignó su nombre para mantener su memoria en el futuro. Sin embargo, el cruel destino ha querido jugarle una broma y arrebatarle la gloria o, al menos, hacer que la atribución de esta sea dudosa. Faltan letras: según La Nave, en el manuscrito, del nombre solo puede leerse “L..e .. V.ga”.

La obra comienza precisamente con uno de los actores (Ricardo Romanos) que se presenta como el jubilado profesor de literatura que halló los folios que han dado origen a la pieza. La explicación forma, por tanto, parte del propio espectáculo y su utilización fuera de este no es más que un pequeño y sugerente desbordamiento de la ficción, que se derrama de la olla donde se ha cocido este artilugio dramático para caer sobre el mantel de la realidad y mezclarse con su tejido. El texto de El pleito de Areúsa, sin principio ni final (casi sin planteamiento ni desenlace, todo nudo), queda enmarcado por el prólogo y el epílogo del personaje del profesor; un poco como una obra dentro de otra, o, más bien, como dos niveles de ficción dentro del mismo montaje.

La Areúsa del título es una referencia reconocible a otro libro, La Celestina. Una obra cuya filiación también ha sido objeto de controversia. Hoy parece establecido que su autor fue Fernando de Rojas, pero en su primera edición no constaba nombre alguno, y en la segunda, el propio De Rojas jugaba la carta de la ambigüedad, afirmando haber completado una historia que halló empezada. El recurso de compañía navarra acerca del autor  de su montaje resulta un deliberado reflejo paródico de La Celestina. Como lo es el conjunto de la pieza, por la que desfilan diversos personajes del clásico. Y curiosamente, a través de la parodia se llega también a una cierta lección moral, aunque distinta de la de su modelo. La obra redime a las prostitutas Areúsa y Elicia, mientras que representantes de la buena sociedad son presentados como venales y mentirosos.

El texto revela, por tanto, el saber literario de su progenitor, tanto por el juego de ambigüedades en la autoría como por el buen estilo en el que está escrito el libreto. Me pasa, no obstante que, si faltan letras en el autor, me sobran algunas en el texto. O por mejor decir, me faltan acciones. El planteamiento (el juicio a Areúsa y Elicia por el robo de unas gallinas, con el consiguiente desfile de testigos) es algo estático y daría más para un bocado rápido, un entremés, antes que para una pieza de noventa minutos. No hay mucha intriga, además, una vez que, tras el primer testimonio, queda claro que las dos meretrices son por entero inocentes.

Si la gallina vieja hace buen caldo, el perro viejo, que me perdone la expresión, de Miguel Munárriz ha de ingeniárselas para hacer buena sopa con estas letras. Donde el texto pierda fuelle, le aplica ritmo en las réplicas y dinamismo en la puesta en escena. Con criterio, con oficio de hombre de teatro. Tiene, además, pinches de categoría: Ricardo Romanos compone un buen alcalde y juez del pleito (aunque su justificación para mantener el libreto en escena suene endeble); Marta Juániz y Virginia Cervera son actrices más que solventes; y Ángel García hace gala de versatilidad en sus múltiples papeles. Creo, no obstante, que en la dirección de actores a veces se carga en exceso las tintas en busca de una comicidad que no siempre ofrece lo escrito. Creo que para el futuro habría que modular y matizar más unas interpretaciones un punto sobrecargadas.

Foto: Iban Aguinaga
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El pobre de mí, Tío Vania

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Vania en la plaza del Castillo

Obra: El pobre de mí, Tío Vania. Autor: Antón Chéjov. Compañía: Atikus. Director: Ángel Sagüés. Intérpretes: Ramón Marco, Izaskun Mujika, Virginia Cervera, Sergio de Andrés, Javier Ibáñez, Asun Abad, Nanna Sánchez. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 31/05/2013.

¿Tío Vania y los Sanfermines? Bueno, Chéjov subtituló esta obra como Escenas de una vida provinciana, lo que nos cuadra bastante bien. Claro que quizá no en Sanfermines, precisamente. O tal vez sí: la versión que presenta Atikus de la obra del dramaturgo ruso lleva por título El pobre de mí, Tío Vania, amalgamando en esa corta línea el omnipresente sentimiento de autocompasión que arrastra el personaje con ese momento tan familiar en el que la fiesta, la expansión, el momento en el que todo era posible, toca a su fin y se recoge, languideciendo como una enana blanca. Aclaremos: lo de los Sanfermines es solo un apunte, una leve sugerencia que acerca a los personajes desde el campo ruso hasta nuestra geografía más cercana; una estratagema sencilla para recordarnos que son nuestros vecinos emocionales, que sus problemas son también los nuestros. Y bueno, si en Sanfermines suenan Sonia y Selena, aquí salen Sonia y Yelena, que mira, pues también.

Esta versión bebe también de la revisión que le hicieron Mamet/Malle al clásico de Chéjov en Vania en la calle 42. Como en esta última, la pieza de Atikus comienza con los actores entrando al teatro por la puerta del patio de butacas, vestidos de calle (en esta ocasión, de blanco, con pañuelo rojo al cuello), preparados para realizar un ensayo, un pase completo, dicen, del Tío Vania. Sobre el escenario, poca cosa: cuatro sillas y dos pequeñas plataformas elevadas sobre las que se sitúan algunas escenas. Limitando los márgenes del escenario, dos cintas que parecen confluir hacia un punto de fuga en la pared del foro. A cada acto, el propio director del montaje, Ángel Sagüés, va trasladando esas cintas hacia el centro del escenario, estrechándolo, como se acortan los días en otoño, como se les va acortando la vida y las oportunidades de vivir de otra manera.

Hay ideas interesantes en esta versión de Tío Vania, como esa sencilla alegoría del escenario menguante, o como el uso de imágenes de vídeo para mostrar otros espacios de la finca que nos quedan fuera del escenario. Interesantes, sí, aunque no sé si terminan de funcionar del todo: la escena en la que Vania dispara al profesor Serebriakov tiene un punto de artificioso; una pena, teniendo en cuenta que viene de un clímax como es la discusión de Serebriakov con Vania, seguramente el momento más intenso del montaje, un duelo bien llevado por Javier Ibáñez y Ramón Marco, respectivamente.

En ese momento hay, efectivamente, un buen voltaje dramático en la escena. Con todo, en otras partes de la obra me pareció que el ritmo se había contagiado del cadencioso sonsonete del Pobre de mí. Chéjov es lo que tiene: que parece que no pasa nada, pero, por debajo de palabras convencionales, fluyen emociones torrenciales. Encuentro en esta versión demasiados tiempos muertos. No sé, no pido Veronese, pero sí algo que le haga recobrar el pulso, latir con más sentimiento. Imagino que irá ganando con el tiempo, como también lo harán las interpretaciones. Disfruté de Javier Ibáñez, que se adueña de la escena en cada intervención. Hace crecer las interpretaciones que se miden con él. Vi bien a Ramón Marco y su Vania a medio camino entre el clown triste y el cascarrabias, aunque creo que su personaje todavía tiene que ganar cuerpo. También me gustaron la Sonia de Izaskun Mujika y algunas intervenciones de Virginia Cervera. Bueno, y la música interpretada por Josetxo Goia-Aribe y el violonchelo de Eva Niño.